- Dir.: Mariano Ozores
- 1964
- 100 min.
Una muy buena ejecución de la películas de terror nuclear. Con esa atmósfera de las películas de serie B estadounidenses en las que la humanidad está por desaparecer. Cómo los humanos se comportan en sus últimos momentos de vida, cuando la sociedad ya no importa. Recordemos esos coches volcados en llamas mientras la ciudad está totalmente militarizada, con camiones que la abandonan. La ejecución es muy buena, como digo, pero además plantea algunas reflexiones interesantes.
Se nos muestra un grupo de personas que a costa de una muerte segura, se quedan en una ciudad que va a ser arrasada por un misil nuclear en un par de horas. Lo primero interesante que se nos enseña es que quien tiene intereses en estar solo, escondido de todos los demás, solo lo puede hacer por motivos innobles. Así los personajes seleccionados son un borracho, un fugitivo de la justicia, un ratero, un policía obsesionado con atraparlo, una pareja de adúlteros, unas cotillas deseosas de violar la privacidad ajena, un hombre cojo y huraño, un suicida pusilánime…
Visto con los ojos de hoy es muy llamativo que entre toda esa gente aparezcan los dos amantes. Hasta tal punto llega su vergüenza por lo que van a hacer que ella le pide al meterse en la cama que apague la luz. Uno se pregunta qué repercusión tendrá su acción dado que los dos van a morir dejando a sus respectivos matrimonios viudos. Pero en la época el sentido de la moral y de la culpa está tan desarrollado que no es posible plantearse este tipo de relatividades.
Esto se resume en la frase que dice el cura, un joven Fernando Rey. En un mundo donde las personas han perdido el miedo a Dios deben temer a otras personas. Ninguno de los que están ahí deciden encomendarse a Dios. Nadie quiere una última confesión. Sí hay una especie de momento religioso en el que todos quedan callados oyendo cómo cae el misil, pero no hay un discurso católico esperable de una película en época franquista. Ya no es Dios quien nos juzga, son nuestros vecinos. Y no es Dios quien nos traerá el Apocalipsis, sino las armas de destrucción masiva.
Todos los actores son muy buenos. La pareja de los hermanos Ozores es una gozada en pantalla. Qué simpático me cae Antonio Ozores, qué elegancia con su chaqueta, guantes y pañuelo blanco. Qué buen dúo forma con el recién conocido alcohólico José Luis Ozores. Una borrachera que, a pesar de no ser nada discreta no provoca hartazgo. Algo meritorio porque acumula muchos minutos en pantalla. Qué bien actúa y qué guapo, qué carisma el asesino fugitivo Carlos Estrada.
Cómo me ha gustado el anciano Enrique Vilches. Sin hacer un personaje senil. Es cierto que su problemática hoy no nos genera mucha empatía: es un hombre que se siente despreciado en su casa. Se pone a sí y a otros como excusa que no abandonará la ciudad sin su gato. Aquí la cámara hace un juego muy bonito en el que le seguimos por las calles vacías mientras gatos cruzan en plano por un tejado o un rincón. Es un momento muy bonito porque aún no sabemos bien qué está ocurriendo. Es una aparición casi mágica, con su andar lento y corto.
El final es sorprendentemente definitivo. Pero percibir que estaba ante una película que ha pasado por las manos censoras, no me permitían sentir que cualquier escenario fuera posible. Me parecía inconcebible que se nos expusiera a algo realmente valiente. Esos minutos anteriores al impacto me resultan un poco inaguantables porque daba por hecho que alguna salida hallarían y que probablemente me resultaría decepcionante. Supongo que este final se consigue simplemente diseñando a personajes que merecieran la muerte.
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