- Dir.: Sylvain Chomet
- 2010
- 76 min.
Amarga a unos niveles incomprensibles. El guión lo firma Jacques Tati. La historia cumple el tópico del comediante que al final de su carrera quiere dar un vuelco hacia el drama y escribe historias llenas de desazón. Se nos habla del mundo del espectáculo de variedades, en declive. Cómo los artistas que fueron exitosos y aplaudidos en escenarios de todo el mundo tienen que reinventarse ante la indiferencia del público. Aunque esta sea la historia que se nos quiere contar, tampoco vemos que nuestro protagonista sea un gran mago que ahora, y solo ahora, pasa penurias para vivir de su arte. Por lo que a nosotros respecta siempre roza el fracaso a pesar de que sus trucos sean buenos.
En cualquier caso, para que Tatischeff pueda erigirse como el último en dejar de creer en la magia se nos muestra cómo hace un esfuerzo titánico para que una niña de un pueblo escocés crea en la magia. Lo que es terrible y nos lo hace pasar mal, es que Tatischeff se involucra en un único truco de magia: conseguir todos los caprichos materiales que tiene la niña. Cuesta mucho ver la película mientras hacemos el esfuerzo por no pensar que estamos ante una crítica al materialismo y la frivolidad femeninos. La edad imprecisa con la que esta niña termina la película hace muy improbable tanta ingenuidad. Sólo vemos a nuestro simpático protagonista pasarlo mal por una cruzada en la que se ha metido él solo.
La frase con la que cierra la trama, esa confesión extraña: Los magos no existen. Rezuma una desesperanza completamente absurda.
La caricatura de Tati está en general muy bien conseguida. Pero no se nos escapa que los elementos con los que cuenta fidedignamente para que la representación funcione son su rostro, sus posturas y su altura, en particular esos larguísimos pantalones. Es decir, el personaje claramente no es el señor Hulot. La comedia de la película no es la de Tati. No aparece por ninguna parte ese arte de mimo, ese juego con el entorno.
Sí me gusta ver alguno de los guiños a películas de Tati. Me gusta que se haga referencia al gag de la puerta de “Playtime (1967)”. El golpe con la manguera en el garaje de coches suena idéntico al de la fábrica de “Mi tío (1958)”. Sí es bonito, aunque tampoco se construye nada con eso, ver en pantalla el patio de “Mi tío (1958)”. Este guiño poco trabajado tiene el detalle, que sí me gusta, de estar proyectado en un cine llamado “Cameo”. Momento que se aprovecha para mostrar un póster de “Bienvenidos a Belleville (2003)”. Hay de hecho un chiste bastante gracioso cuando un taquillero rompetechesco pica la etiqueta de un abrigo creyendo que es la entrada. ¡Si es que la película tiene bastantes gags muy ocurrentes! Pero esta todo sumido en una desolación tal, hay una falta de amor por los personajes tan acusada, que nos cuesta involucrarnos en la comedia.
El estilo de todo el dibujo es lo que esperamos de este autor. Caras que miramos siempre con la sospecha de que pudieran ser un cameo. Caricaturas grotescas. Detalles en el entorno. Por algún motivo a veces la línea se vuelve sucia. Más exagerado que en el típico ejemplo de “Los aristogatos”. De hecho diría que hay figuras humanas que incluso se desenfocan. Hay algunos planos al final de la película en los que la cámara vuela. Estos planos están hechos claramente con ordenador, nos choca mucho el salto de estilo, no entendemos para qué se añaden. Hay de hecho uno en el que la rotura es total. El protagonista abandona a su conejo en un prado. El conejo sigue siendo de animación bidimensional y todo el paisaje es digital. Paisaje y animal se mueven en dimensiones absurdamente distintas cuando la cámara alza el vuelo.
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