- Dir.: Kane Parsons
- 2022
- 9 min.
Funciona genial. El propio inicio arranca con esa careta de mono mirando a cámara que es suficiente para generar una primera imagen inquietante. No se explica cómo se entra a la sala amarilla, no sabemos nada del monstruo, los espacios cumplen genial su función: una ranura para mirar, un pasillo amplio en el que poder sentirnos desangelados, un hueco estrecho para gatear.
Los cortes de cámara siempre están muy bien hechos. La velocidad a la que camina y, por tanto el ritmo de la cámara es muy preciso. ¡Qué bien esos momentos en los que nosotros detectamos que el protagonista ha sentido una presencia sólo por cómo se detiene la cámara! Por cómo se queda mirando una pared vacía.
Me parece que lo menos coherente con la ambientación general de la película es ese muro con unos dibujos que parecen sacados de la peor creepypasta. El corto es de 2022 y yo asocio ese tipo de estética al internet que pudo alumbrar a Slenderman y compañía. Que aparezcan signos de una mano humana en esas paredes remite a una lógica de videojuego más que a los famosos no espacios de Marc Augé.
El sonido del monstruo funciona genial. Al prescindir de banda sonora sólo puede usar las interferencias sobre la banda magnética de la cámara. Lo que emite ese ser es muy etéreo. No lo identificamos ni como monstruo animal ni como máquina. Me ha recordado mucho a las sonoridades del inicio abstracto de “El hombre elefante (1980)” de Lynch.
Hay que poner en valor que nos adentremos en una zona en la que podemos percibir claramente que el espacio que vemos está renderizado por ordenador. Sólo viendo las imágenes con apariencia analógica de las salas amarillas yo nunca habría dicho que lo que ahí se veía proviene de Blender.
Comparado con la película “Backrooms (2026)” el final que nos brinda esta nos deja boquiabiertos. Se nos permite un vistazo fugaz, que recuerda al paso del alienígena en “Señales (2002)”. Prepara al espectador en un momento de silencio para asumir que el monstruo es ineludible. Caemos por una rampa y volamos. Un plano liberador, concluyente, misterioso. Mucho más poético que los planos estilizadores con los que se remata el largometraje.
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