- Dir.: Kane Parsons
- 2026
- 110 min.
La primera secuencia en plan found footage funciona con mucha maestría. No sé cuánto durará, poco. El corto original “The Backrooms (Found Footage) (2022)” no llega a los 10 minutos. Uno de los puntos fuertes del espacio de oficinas abandonado es la cantidad de tabiques tras los cuales podemos encontrar cosas. De hecho siempre encontramos cosas, lo que pasa es que en la mayoría de casos son cosas anodinas. Una silla, una puerta, una ventana… En cada giro de cámara hay un potencial susto. Sin embargo en el mismo momento que la backroom se convierte en un lugar en el que los personajes se sienten cómodos, lo pueden explorar, ¡dibujan un mapa! Se pierde esa sensación.
Entonces se trata de explotar la otra característica de estos espacios: que hay una diferencia notoria, inexplicable con el mundo real. Nadie ha creado eso. Puertas demasiado escoradas, interruptores que no deberían estar, cables que se cuelan por debajo de la pared. El referente que me viene para esta extrañeza es la célebre y mucho más imaginativa “Los mundos de Coraline (2009)”. La extrañeza de dos sillas apiladas que resultan estar pegadas entre sí me genera algo de rechazo. No parece onírico, sino demasiado planeado. Por el contrario me gusta una cabeza, entiendo que de un maniquí, que vemos en un montón de ropa sucia. La cámara no se posa sobre ella, es discreta. Pone al espectador que la percibe en alerta pero no tiene ninguna implicación.
Rápidamente la película se queda sin ideas para seguir diseñando espacios que generen esa sensación. Se convierte casi en una casa del terror en la que está la sala del árbol de navidad (menos sugerente que el parque de atracciones abandonado de “Hanna (2001)”), la piscina, la ropa maloliente… Me parece que hay muy poca coherencia entre las salas que están hechas para que sucedan persecuciones y las otras en las que percibimos la estética hiperrefinada de A24. Esa sala por ejemplo, con cierta belleza, entiendo que casi buscando lo surrealista, en la que el mismo poste telefónico está repetido, cada vez más inclinado y hundido en el suelo.
La conversación entre el protagonista y su psicóloga atada a una silla acontece en una sala que podría recordarnos a las logias de “Twin Peaks”. Aquí se abraza mucho más la estética refinada más que generar una escena propiamente dicha. Los múltiples ojos en la cara de los personajes nos pueden recordar al gran despropósito de A24: “Todo a la vez en todas partes (2022)”. La conversación puede ser más o menos interesante. Obviamos la violencia que también gusta mucho al estudio, mencionemos “Men (2022)” como ejemplo. Como análisis psicológico del personaje no tengo queja, pero tampoco aprendemos nada de ahí porque nos lo ventilamos rápidamente. Es cierto que hablar de cómo el cerebro transmuta los recuerdos en un mundo en el que existe “Carretera perdida (1997)” siempre te deja en evidencia. Sí logra hacer este momento de terror en el que los personajes que considerábamos inertes empiezan a moverse de forma desquiciada.
El careo entre el protagonista y el monstruo la verdad es que me interesa poco. Sí tiene la reminiscencia a “Saturno devorando a su hijo” de Goya. Pero me parece que ese enfrentamiento en el que el autor no consigue que sus propios traumas se atemperen lo hemos visto demasiadas veces: “Babadook (2014)”, “Un monstruo viene a verme (2016)”… y otros monstruos propios de los finales de A24.
La película en general es exigente porque la tensión se mantiene siempre que estemos rodeados de esas paredes amarillas. Decir siempre es exagerar, porque también se pone en plan película de aventuras y esa última persecución en la que por fin se deja atrás al monstruo tiene más de película de aventuras o de terror canónica. En cualquier caso, abraza sin fisuras las convenciones del cine de terror más asustador y palomitero que conozcamos. “Inland Empire (2006)” no te relaja nunca. No existe la zona segura y la zona de sustos. Resulta casi infantil cómo en esta película se cambia el sonido, se abandona el zumbido de los neones cuando se quiere cambiar el tono de la escena. Este zumbido nos tiene que llevar a pensar en David Lynch y su gusto por la electricidad.
Reconoceré con cierta rabia, porque es asumir que la fórmula de A24 funciona, que el plano del protagonista al final de un pasillo absurdamente estrecho, con unas paredes en un ángulo incomprensible, con unas sillas que incomodan un paso sin sentido es una imagen muy potente para el espíritu de la película. Espíritu que, insisto, tiene poco que ver con el corto original.
Una palabra sobre el final. Me produce rechazo esa mitología de Estado paranoico estadounidense. Es un final fácil en tanto que no tiene por qué dar un cierre a nada. Queda todo ambiguo. Con la sensación desoladora del final de “Bugonia (2025)”. Definitivo para los personajes, pero evitando un susto final que les haga perder estilización.
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