- Dir.: Harmony Korine
- 1997
- 89 min.
Resulta incómoda. Quizás las imágenes más crudas sean las de maltrato animal. Pero realmente esa tortura no se nos presenta ante la cámara. Podemos distanciarnos de lo que vemos. El cadáver de un gato colgado de una pata y con los ojos sacados de sus cuencas se percibe fácilmente como un intento de escándalo. De buscar lo tétrico. Pero no se nos ha puesto ante nosotros la crueldad. Sí me resulta tremendamente incómodo ver cómo esos niños se drogan con pegamento. Conocemos los antecedentes de Harmony Korine y su falta de escrúpulos. A mí no me cabía duda de que esos niños estaban drogados.
Está claro que lo que se busca es mostrar la parte más sucia de la sociedad estadounidense. Como todo está mostrado con cotidianidad uno podría tener la tentación de obviar intencionalidad en la mirada de la cámara. Pero desde las primeras imágenes hay una búsqueda por lo incómodo. No le basta con que un chico, helado de frío y con orejas de conejo rosas fume a una edad muy temprana. La cámara se asegura de mostrar el cigarrillo y el pecho pelón del chico.
Por lo sucio de la imágenes, por lo soez de muchos de sus personajes es fácil acordarse de “Pink Flamingos (1972)”. Me resulta desgarrador ver los niños que viven en casas atestadas de basura, de desorden, ropa por todas partes y, en el peor de los casos, bichos que salen de detrás de los cuadros. La propia arquitectura estadounidense, la pobreza en sus construcciones facilita percibir todo aquello como algo precario. Cuando un niño con las piernas llenas de picaduras juega a mover los cuadros, de detrás del retrato familiar salen muchos bichos asquerosos. Esto desemboca en la terrible imagen del niño tratando de matar a los bichos con el retrato de su familia.
Hay una escena terrible en la que unos adultos beben y terminan jugando a romper las sillas. Ellos son desagradables está claro, pero lo que me resulta desolador es cómo está toda la habitación sucia, con manchas de tomate por las paredes. Es repugnante. También es asquerosa la escena en la que el niño protagonista (siempre tan desagradable de mirar) se baña en un agua marrón. Realmente la madre de este niño es de las personas más tiernas de ese vecindario. Come unos espaguetis con un aspecto repugante mientras su madre le lava el pelo y deja caer la espuma sobre la comida. Él engulle una chocolatina que se le había caído a semejante ciénaga y cuando aún no ha terminado de tragar vuelve a meterse los espaguetis en la boca.
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