- Dir.: Toshio Matsumoto
- 1969
- 107 min.
Hay muchas cosas aquí que dejan una gran impronta. Quizás sus elementos lúdicos sean lo más apabullante. Esas escenas que nos pueden recordar al cine checo. Las peleas a cámara rápida nos recuerdan a “Las margaritas (1966)”. El lecho de muerte de la madame puede evocarnos “Ordet (1955)”. Algunas escenas casi oníricas nos hacen pensar en el celebérrimo cortejo fúnebre de “Fresas salvajes (1957)”. Además de esos rostros iluminados desde abajo, con una luz blanca, recuerdan a “La hora del lobo (1968)”. En particular hay una escena en la que un rostro que atosiga a una de las protagonistas se acerca lentamente a la cámara. El efecto es muy parecido a esos rostros inquietantes de David Lynch. En esta película no se explota con toda la fortaleza que consigue Lynch porque el rostro amenazante mira al personaje en vez de mirar a cámara. No podemos evitar acordarnos de Godard al introducir algún intertítulo que apele directamente al público. Y termino las referencias con la más obvia: “Psicosis (1960)” cuando el hombre muere descolgando la cortina de la bañera. Escena en mitad de la cual el director nos habla como si del propio Hitchcock se tratara.
Me gusta mucho la parte setentera en el sentido de la psicodelia. Esa fiesta de música envolvente, ruidosa. Esos bailes de dejarse ir. Ese gusto por los museos. Los planos veloces de los diferentes cuadros. Cómo graban la televisión buscando distorsiones en la imagen. Algo como la televisión que veíamos en “Las joyas de la Castafiore”. Me gusta cómo recitan textos de poetas, las protestas en la calle, me encanta que haya un tipo izquierdista que se hace llamar Guevara y que se pega en la barba postiza para asemejarse a un guerrillero.
En un plano brevísimo veremos una toma falsa en la que el actor estornuda y la barba se le despega. Me gusta siempre que la película es autoconsciente. Me gusta las entrevistas a las actrices de la película. Me resulta fascinante porque al igual que la película claramente busca visibilizar esta homosexualidad suigéneris, las preguntas del entrevistador suenan hostigantes. Apenas dejan tiempo para las respuestas. A pesar de ello las actrices se muestran sonrientes y realizadas.
En el aspecto erótico la verdad es que la película es una gozada. De qué manera la cámara goza con la misma textura de la carne, los dedos acariciando la piel. Cómo las piernas, los brazos, la nuca, la espalda se transformas en masas de color que dialogan entre sí. Por supuesto nunca se muestra una penetración. Ni siquiera un plano general del acto. Esto permite que la escena respire mucho, no hace falta hacer ejercicios de telas que censuren genitales. Me encanta la manera en la que erotiza el cuerpo de esas prostitutas. Creo que se construye un gran equilibrio: teniendo cierto pudor al mostrar el pecho plano y huesudo, de esa manera la película no lo considera un elemento anatómico baladí. Pero a la vez entiendo que los organismos de censura no lo consideran algo problemático, así que en las escenas de sexo puede permitirse enseñarlo lo que sea necesario. Alcanza así altas cotas de erotismo. Para mostrar hasta qué punto la censura del cuerpo es arbitraria, recordemos esa mujer de pechos no pequeños que baila en la fiesta hippie. La actriz busca tapar sus pechos con su largo pelo liso y oscuro. El baile hace imposible que se mantenga siempre tapado. Las fugaces visiones de su pecho son mucho más furtivas que las de los pechos sin desarrollar, pero aún así su capacidad erótica es nula.
Me gusta mucho que el cuerpo menudo y huesudo de los japoneses quede tan bien con el travestismo. A priori esas pestañas pintadas de nuestra protagonista podrían generar un elemento demasiado folclórico como para creerme su feminidad. Pero nada más lejos de la realidad. Esas barbillas perfiladas, los ojos rasgados… Las voces aflautadas.
Adoro también la manera en la que la película adelanta su final. El conflicto principal de nuestra protagonista tiene que ver con la relación de un padre al que nunca conoció. Lo único que conserva de él es una fotografía sin rostro, porque su madre la agujereó con un cigarrillo. Una imagen anélida. El desenlace será edípico. Mata a su madre y se acuesta con su padre. Queda mucho hasta que lleguemos a saber esto. Sin embargo en la entrevista que le corresponde a la actriz protagonista se nos adelantará esta información. Será más grave que eso: se menciona el tema del incesto sin que nosotros lo hayamos visto venir y sin que se materialice en nada. Ese recurso lo hemos visto en documentales. Que el documental no expone la información pero permite que casualmente se deslice este dato en la conversación de uno de los testificantes. Pienso, por ejemplo en la prematura muerte de la chica rubia en “Paris is burning (1990)”.
Me ha encantado el juguete de dos simpáticos personajes que caminan por la mesa que aparece en la analepsis de juventud.
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