- Dir.: Chantal Akerman
- 1976
- 85 min.
Hemos aprendido que el tedio de “Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles” tiene como función representar la vida de una ama de casa. No tengo demasiado claro qué función cumple aquí. La película es muy aburrida. Las cartas de su madre son bastante desoladoras. No sabemos qué vida lleva la protagonista en Nueva York. Pero todos los planos son de zonas liminares. Puedo entender que de esta forma se desmitifica la imagen deslumbrante que Estados Unidos, y Nueva York, en particular tuviera en Europa. Esos colores apagados, esas personas con aspecto de tedio… Pero uno no siente que la película muestre el día a día en Nueva York. No vemos vida doméstica, no vemos tareas que hace la gente. Solo lugares más o menos ajetreados.
Mención especial para el larguísimo plano de un coche que parece recorrerse a lo largo Manhattan. Este trayecto se realiza en una pequeña calle. Es una escena muy silenciosa. Además aquí la voz en off está ausente mucho rato. En un visionado doméstico cuesta horrores no caer en brazos de Morfeo. Es un plano curioso porque, en general, los coches significan ruido. De hecho muy habitualmente se leen cartas y la voz de la madre es totalmente eclipsada por el ruido del tráfico. Por supuesto viendo la película subtitulada, el recurso se vuelve obscenamente evidente. No es el espectador el que decide rendirse y no esforzarse en escuchar a la madre.
Hay alguna cosa a la que nos podemos agarrar. Como la desesperación de esa madre que insiste una y otra vez en que les escriba más a menudo, que cuenta los días que lleva su hija sin escribirles. Los textos también incluyen dolores crónicos de esa familia: que las ventas en la tienda se complican, que tienen enfermedades. Su hija se pierde todo eso mientras desde su casa le envían recurrentemente dinero. Puedo entender el ejercicio melancólico que resulta ver la actitud sacrificada de una madre mirada desde fuera de una rutina en la que esa actitud materna nunca es suficientemente agradecida.
Con las epístolas siempre ocurre algo interesante: cuando se recogen las cartas siempre son unidereccionales. Es decir, la decisión de la directora de solo incluir las cartas de su madre y no sus respuestas tiene un efecto sentimental: al no tener el tono con el que ella responde, nuestra mente lo rellena basándose en esa necesidad que expresa su madre. Aunque sea muy efectivo, la realidad es que es la forma natural de recoger las cartas. No es que Chantal Akerman haya decidido excluir las respuestas: es que es la forma natural en la que te enfrentas al material.
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