- Dir.: Jim Sharman
- 1975
- 100 min.
Cumbre del mamarracheo. Con momentos en los que notamos claramente su origen teatral. Como ocurre con “Mamma mía! La película (2008)”. Por ejemplo el ascensor. Lo reconocemos como un recurso común para hacer grandes apariciones en un escenario. La persecución del profesor a su criatura, quizás el momento más vergonzante de la película.
La forma en la que están hilados los números muchas veces es patosa. El número del rock’n roll motero aparece sin que nadie lo haya llamado y cuando después ese personaje reaparece como parte del hilo argumental a mí se me había olvidado. De igual forma, cuando nuestro protagonista hace una emotiva despedida a mí me importa bastante poco. Además que como número musical no creo que brille particularmente.
Tim Curry por supuesto crea un icono del travestismo. Claro que es potente su primera aparición. Esos andares, ese maquillaje, ese corsé, esa voz viril. La forma en la que mira a cámara, cómo seduce al público. Todo ello creo que aguanta muy bien. En cuanto a su forma de hipersexualidad creo que hoy ha envejecido regular. Es una película de 1975 y puedo entender su provocación en la épica. Visto hoy parece algo que más bien haría reír sonrojada a una señora mayor.
Pero para mí quien mejor queda ante la cámara es Richard O’Brien. Me encanta la sonrisilla sardónica que tiene siempre. Con ojos pequeños y profundos. Esas ojeras enormes. Me encanta su forma de mantenerse en segundo plano, con una pluma sutil luciendo su calavérica sonrisa. No en balde se hace hasta tres veces referencia al cuadro “Gótico estadounidense”. Será él quien nos conduzca al primer gran número de la película: “Time Warp”. La música tiene muchísima fuerza. El baile de este jorobado grácil como no correspondería a tan grave condición de espalda es indeleble. Hay unos coros agudísimos en ese but it’s the pelvic thust que por primera vez nos trasladan el tono arrebatador de lo que vendrá.
Por lo demás creo que se otorga demasiado peso a una trama que no acaba de interesarme. Sí, me divierte que el protagonista se acueste con los dos prometidos. Me gusta mucho la canción “Touch-A, Touch-A, Touch Me”. Es cierto que el juego se basa en una virginidad de Susan Sarandon que hoy parece algo inocente. En la piscina se evoca una especie de entrega a la carnalidad común que no creo que funcione particularmente bien. El momento en el que se revela el castillo como una nave espacial recuerdo que me sacó por completo de la película en mi primer visionado. En este segundo, con una predisposición a aceptar todo el dislate que tuviera que ofrecer, me ha decepcionado. Creí que asumiría más mamarracheo y más desquicie como si estuviéramos ante la serie B estadounidense de los años 50 a la que tanto se apela.
Y es que el tema inicial está cargado de melancolía. Como si quisiera que recordáramos los cines nocturnos de películas con argumentos terribles. Me resulta emocionante esa ristra de nombres propios de estrellas de una época lejana. Bien, es cierto que en esta película tenemos referencias a “El doctor Frankestein (1931)”, a castillos y alienígenas. Pero no termino de ver ese amor por un cine tan naíf. Quizás es por la distancia que me separa de aquel género, pero el único momento en el que siento un homenaje que funciona y que no desprecia la grandilocuencia del original es cuando cae la torre de la RKO con el sonido de las avionetas recordando “King Kong (1933)”.
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