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viernes, 6 de junio de 2025

LA MIRADA DEL SILENCIO

Dir.: Joshua Oppenheimer
2014
103 min.

La estética llega a sitios sorprendentes. La fotografía está muy cuidada. Podemos reconocer brillos incomodísimos en la tez de muchas de las personas que se ponen ante la cámara. La iluminación obviamente no es la idónea y aun así, consigue que las escenas sean agradables de ver. Igualmente tiene una gran habilidad para encontrar planos estáticos sorprendentes muy estilizados. Podemos distinguir el trabajo cromático al que se someten algunos de sus cielos. El plano que sirve de exordio para la conversación más tensa es muy potente visualmente. Primero hemos visto un cielo morado con pájaros de silueta muy definida cruzando el cuadro. El siguiente y último plano de situación tiene una división horizontal: en la parte superior se mantiene este cielo y se mantienen estas figuras voladoras. En la parte inferior una negrura permite que se adivine una casa con la luz que sale por las rendijas de sus tablones, haces de luz de visible aura.

Durante las conversaciones se aprecia una habilidad para el ritmo. El montaje y los silencios cargan de dignidad a Adi Rukun, quien conduce el diálogo. Realmente la película parece un regalo para él. Tiene interés cómo reacciona una persona que unos pocos años antes ha contado un relato con orgullo y sangre fría los actos más sádicos posibles. Tiene un componente morboso que se le permita hablar al verdugo, que se le deje el tiempo para que hinche su pecho y que después su entrevistador le arrincone para que no pueda evitar los juicios morales de lo que está contando. Eso es algo muy fuerte de ver, pero no deja de haber un tono revanchista.

Es admirable cómo mantiene la calma, pero podemos ver en sus palabras que las preguntas se formulan con rencor. Cómo no. Pero ello provoca que el asesino se ponga a la defensiva y el resultado es que escuchamos las mismas respuestas más o menos en todos ellos. Todos justifican sus acciones, lógicamente cuando se les dice que están ante el hermano de una de las víctimas ya no hay ese regocijo, pero o bien se evita la responsabilidad o bien se cambia el nivel de la conversación: se eleva a una visión política en vez de moral.

Los puntos de vista de las dos partes son irreconciliables en una conversación rápida y a traición. Los asesinos no han sido cuestionados nunca. Tienen su visión tan arraigada que sería un acto de humildad inesperado que le dieran la razón a quien viene a su casa a violentarlos. Sí, lógicamente da gusto ver a seres tan atroces sentirse incómodos, pero no tengo tan claro que eso sea constructivo para nada.

No recuerdo si en “The act of killing (2012)” se relataba el hecho de beber sangre. Muchas veces en esta película no sentimos todo el impacto que los recuerdos deberían producirnos porque son historias demasiado parecidas a las que oímos en el primer documental. Pero que alguien que obviamente tiene la cabeza ida por los brutales actos que realizó se jacte de no haber perdido la cabeza por haber bebido la sangre del cuello de sus víctimas es algo insólito.

Es también llamativo cómo evidentemente Joshua Oppenheimer labró una relación con los asesinos durante el primer rodaje. Ellos ven en él un rostro amigo. Así cuando empiezan a sentirse incómodos podemos ver cómo sus ojos buscan a Joshua, cómo le piden explicaciones. Cómo buscan un diálogo amable como fue el de su primera visita.

La imagen que se erige en su póster de las gafas de óptico tiene un momento muy concreto en el que se gana ser el icono de la película. Un verdugo de rostro chupado y orejas grandes las lleva durante mucho rato de su conversación. Se convierten en ese momento casi en el uniforme de los asesinos. De alguna manera nos aliena de ese rostro. Es imposible no sentir que la película pierde el respeto a estas personas. Por eso digo que toda la película parece un regalo para quien busca que alguien le pida perdón. No sólo el rodaje es una ocasión única para él; el producto final es irreverente con esas personas cuando nadie más en su entorno lo es.

Una frase que se repite varias veces es que todo aquello ya está cerrado. Que esto solo viene a reabrir heridas. Esta frase en España la tenemos muy oída. Se nos incendia un poco la sangre al oír cómo se exige que no se hable de lo que ocurrió por ser pasado y acto seguido, con toda la arrogancia de quien se sabe impune, se amenaza a Adi Rukun. El militar está deseoso de conocer cualquier mínimo dato de su identidad que le permita exterminar con el mismo salvajismo cualquier remanente que quede de comunismo. Es como si la limpieza no fuera política, sino de pureza de sangre.

Algo que se decía en el anterior documental y que aquí los asesinos repiten es que los comunistas no tenían religión. No es descabellado pensar que esto es cierto. Aquí Adi decide catalogar esta frase de propaganda. No me parece muy inteligente argumentativamente porque frente tal aseveración quien estuvo presente en los años 60 tiene las papeletas de ganar. Pero el tema de la propaganda nos deja una rase maravillosa. Uno de los mayores asesinos habla a cámara y dice que el exterminio comunista fue una cuestión internacional: deberían llevarnos a Estados Unidos. No digo en avión, pero nos conformamos con un crucero. Al fin y al cabo fueron ellos los que nos enseñaron a odiar a los comunistas.


viernes, 29 de marzo de 2024

THE ACT OF KILLING

Dir.: Joshua Oppenheimer
2012
117 min.

Es arrolladora. Un retrato de la maldad único. Alejado de cualquier otro problema moral antes planteado. La impunidad del mal la hemos visto por ejemplo en “El experimento (2001)”. Hemos visto múltiples historias sobre nazis en las que los verdugos deshumanizan por completo a sus víctimas. Pero la situación en esta película es de una complejidad increíble: mientras que ellos tienen remordimientos por sus acciones, la sociedad en la que viven glorifica su masacre.

La misma película tiene elementos que nos hacen incomodarnos. Quizás uno de los momentos más potentes sea aquel en el que el protagonista y verdugo: Anwar Congo interpreta a una de sus víctimas. Es tremendo porque el actor sufre realmente al hacer esta escena. Hemos oído muchas veces a lo largo de la película que los fantasmas de sus víctimas le atormentan por las noches. Sabemos que tiene remordimientos. Pero en este momento se derrumba y no puede completar la grabación. Sabemos que cada quien lleva sus traumas como puede y nos generamos en la cabeza las justificaciones necesarias para sobrellevar nuestras acciones.

A pesar de ello es de no dar crédito sus comentarios a esta escena. Explica al director que la humillación a la que se ve sometido le aterroriza. Hasta tal punto retuerce la realidad que dice: Me he sentido como se sentían mis víctimas. Esta frase tan desubicada revela hasta qué punto él se distanciaba de las personas que torturaba. Pensaba tan poco en lo que implicaban sus acciones, que considera comparable un rodaje y una ejecución real. El disparate es tal, que el propio director interviene para señalarle el sinsentido.

El sufrimiento de este hombre nos sitúa en un lugar muy incómodo. Al fin y al cabo estamos viendo a un hombre destruido. Pero es un hombre con un pasado tan terrible que nos resulta imposible empatizar con él. Vemos una dosis de realidad abrumadora, lo que hay delante de la cámara es sólo una muestra de un padecimiento que ya dura décadas. Pero es un padecimiento que él mismo se ha buscado. No se trata de una sociedad como la nazi en la que se deba cumplir un ideario, es una revolución que se ha impuesto en ese país y con la que él ha decidido colaborar.

Pero no es la única persona que sufre en la película. Hay una recreación de una matanza en la que se utiliza a una serie de extras. Cuando la cámara corta vemos a mujeres y niños realmente conmocionados por lo que acaba de ocurrir. Hay una niña que llora mientras uno de los asesinos le felicita por la toma que acaba de realizar. Ya antes de esto hemos visto llorar a niños cuando un hombre mayor interpreta a una víctima. Los asesinos, buscando la violencia que ellos han aprendido del cine de gánsteres, no escatiman en gritos y maltratos. Los nietos de este hombre se tiran al suelo a intentar ayudarle sensiblemente afectados.

El aspecto político es enormemente único. Saben que lo que hicieron está mal. Pero no existen leyes que les vayan a condenar. Las convenciones de derechos humanos las rechazan. Hay quien opina que es mejor no desvelar la Historia no por mantener pulcra su imagen, sino para que eso no provoque inestabilidad social. Desde una perspectiva española es imposible no pensar que esas opiniones se vierten tan solo tras haber transcurrido 40 años de los crímenes y aquí seguimos sin querer desvelar los muertos de hace 80. Como muestra de lo próximo que está el asunto, un miembro del equipo de rodaje relata cómo teniendo él 11 años tuvo que recoger con la ayuda de su madre el cuerpo de su padre la mañana siguiente de que lo obligaran a abandonar de su casa. Hubieron de enterrarlo sin que nadie les ayudara para no ser asociados con comunistas.

Un miembro del gobierno visita el rodaje y el tipo también mantiene una posición delicadísima. Por un lado quieren mostrarse fieros para evitar revueltas de tipo vengativo. Se llega a explicitar que no hay levantamientos comunistas porque les temen. Pero por otro lado no le gusta el resultado de la escena porque le parece que les muestra como gente cruel. La palabra cruel se repite muchas veces. Buscan hacer ver que son capaces de cometer los actos que niegan haber cometido.

El líder de las juventudes es un tremendamente despreciable. Aficionado al golf. Baboso con las mujeres que le rodean… Las juventudes se declaran colaborativas en todo tipo de actividades ilegales. En sus discursos asegura que los comunistas son una amenaza para la patria. No deja de ser llamativo que un ideario como ese no tenga ningún problema en abrazar las formas de ocio estadounidenses: bolos, golf o el letrero de McDonalds con el que abre la película. El cine estadounidense, de hecho, es algo casi personal para nuestros protagonistas. Aparte de que su violencia es la que asimilan como estética propia, la venta de entradas a estas películas era parte importante de su sustento. Así la represión comunista a este tipo de cine les afectaba directísimamente.

Son los protagonistas de la película los que deciden cómo ha de ser. Esto provoca un par de escenas de una estética terrible. La icónica imagen de unas mujeres bailando saliendo de la boca de un pez incluye a un hombre gordo travestido. Casi al estilo de Divine en las películas de John Waters. La idea de estos zumbados es que interprete a un personaje femenino, grotesco y cómico. Cómico porque protagoniza escenas en las que sufre violaciones por comunista. Esta fealdad no se limita a la película que planean. Uno de ellos muestra a cámara una colección de figuras de cristal que va comprando por sus viajes a lo largo del mundo. Unas figuras terriblemente horteras, brillantes… Feísimo.

Por tratarse de un régimen cimentado en el odio a los comunistas, tienen la libertad como concepto clave. Enarbolan la etiqueta de gánster porque etimológicamente en su idioma significa hombre libre. Por supuesto resulta muy grotesco escuchar este valor en la boca de un régimen represor. El punto más llamativo a este respecto es un plano en el que unos coches esperan en un paso a nivel mientras lo atraviesa un tren. Por megafonía escuchamos por qué los ciudadanos deben obedecer las leyes de tráfico.