viernes, 14 de febrero de 2025

CARMEN

Dir.: Carlos Saura
1983
102 min.

El guión a veces cae en algunos tópicos ejecutados sin ninguna inventiva y sin que construyan una trama demasiado emocionante. La idea de que en la academia de baile se repitan las dinámicas de la obra que van a representar no es muy original, pero tampoco se presenta como tal. Además, algunas enemistades se exageran desproporcionadamente. La primera vez que vemos dos personajes repetir su papel en la realidad y en la ficción es en la escena de la tabacalera. Ahí la profesora se enfrenta a Carmen (obviemos la pueril coincidencia en el nombre del personaje y de la bailarina). Lo único que atisbamos de tensión entre ambas es que la profesora le azuza en los ensayos y que la mira con resquemor porque ella quería protagonizar la obra.

Pero las escenas de baile tienen suficiente fuerza como para salvar estos defectos. El duelo entre ambas mujeres, con ambos bandos enfrentándose, arma tanto jaleo de tacones y palmas, que la puñalada, que a posteriori es evidente que sólo podía ser actuada, y el silencio repentino que al subraya cargan la escena de tal energía que yo me dejo llevar por la narración y por momentos compro esta muerte. Lo que ya no me gusta tanto, y me hace repudiar ligeramente lo que antes me había encandilado es la explicitud con la muestra cómo se levanta la actriz apuñalada, como queriendo aclarar una incertidumbre que ningún espectador tenía. Ya se había hecho evidente al ver que el ensayo acababa; pero es que aún antes, al ver que el resto de integrantes de la obra seguían actuando, esa información ya había sido transmitida.

En cualquier caso. ¡Qué escena! Aparte de la algarabía de mujeres que mencionaba antes, la manera en la que irrumpen los hombres en escena es apabullante. En una formación simétrica. Con paso equino avanzando frente a la cámara, una composición espacial imposible en un escenario real. Con todo el silencio que reina en ese momento tiene enorme fuerza que el ritmo de sus pasos suene cuando levantan la rodilla y no cuando pisan el suelo. Precioso.

Me gusta cuando Antonio Gades está enseñando a su Carmen a andar con fuerza hacia el espejo. La cámara está frente al escenario. Detrás del guitarrista. Está sobre un traveling. De esta manera puede seguir la caída de Carmen al mismo ritmo que su cuerpo va contando los innumerables tiempos. Esos gritos en el estudio… Claro, no me gusta tanto cuando parecen olvidar la técnica para preguntarse qué le pasa… que por qué no se cree el personaje… Esos diálogos ya los he visto y en películas más melodramáticas donde tienen mejor acogida.

El duelo a garrotazos es otro gran momento. En él un trasunto del esposo expresidiario de Carmen muere a manos de Antonio. Esto está rodado de forma maravillosa porque la cámara permanece en el suelo mucho tiempo. Ambos bailarines se acercan y se alejan de la cámara cambiando totalmente su tamaño en el cuadro. Esto se acentúa por las sombras que proyectan en la pared, que replican el juego óptico. Otro momento en el que la silueta de Antonio tiene gran importancia es aquel en el que Carmen va al estudio por la noche. Él está bailando solo. La noche ha caído y la luz del estudio está encendida. Los pasos de Antonio se proyectan sobre las cortinas. Tendrán ambos una escena que me interesa regular, pero cuando acaba él se queda bailando solo. Como lo hace frente a un gran espejo, la cámara en una grúa consigue que la estancia parezca enorme. Casi como la célebre estancia blanca de “El verdugo”.


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