- Dir.: Florián Rey
- 1930
- 58 min.
La ejecución es notable. Cuando rápidamente entra el honor como motor del argumento, me invade la pereza. Hay cosas que me gustan al respecto, como que el mayor defensor de este valor sea un hombre tan anciano y ciego. Me gusta en general la estética de este hombre. Tan oscuro; con capa y sombrero. Me resulta gracioso que los intertítulos justifiquen esta fijación por el honor con su espíritu castellano. De hecho el apellido que tanto busca conservar es: de Castilla.
El tratamiento del honor es patriarcal sin matices. Carmen Viance es la responsable de todo el honor familiar. De hecho cuando el abuelo desconfía de la clase de vida que su nuera pueda llevar en la gran ciudad (es divertido que esta metrópoli sea Segovia) lejos de su encarcelado esposo, rapta a su nieto para preservar su nombre. La película no explica cómo este hombre es capaz de cuidar al niño.
Resulta muy interesante el concepto de honra tan familiar. Cuando Pedro Larrañaga mete en su casa a la madre de su hijo, lo hace para que su padre piense que su honor ha sido conservado. A ella le prohíbe interactuar con su hijo. Ella carga con una pésima reputación en la ciudad. Su presencia en la casa se convierte en la comidilla. El único beneficiado de que ella esté ahí es su padre, que muere a gusto creyendo que el nombre de la familia está salvado.
Siempre me parece interesante ver en el cine los pueblos de esta época. En particular en la escena del éxodo por culpa de las tormentas que arruinan las cosechas hay mujeres rurales que parecen tener muchos más años de lo que la esperanza de vida nos haría esperar.
Aunque no hay nada particularmente nuevo creo que todo está grabado de manera muy correcta. Supongo que prescindiendo de la voz las actuaciones no nos parecen impostadas, o no más impostadas que lo que los códigos del cine mudo harían anticipar. Me ha gustado ver el plano de la sombra de la mano del marido oscureciendo la cara de su esposa. Casi tópico para estos años, pero nunca lo había visto en España.
El final es más amable de lo que la narrativa española acostumbra. Aunque no es emotivo. Ella, demente, canta nanas a una cuna vacía. Lo bonito del momento es que el padre tolera que su hijo vaya a abrazar a su madre. Pero este abrazo nunca se consuma.
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