- Dir.: Gints Zilbalodis
- 2024
- 83 min.
A no ser que se empatice con nuestro protagonista la película es una gozada. En caso contrario es un conjunto de penurias que tanto detesto. El tratamiento de los personajes se mantiene en una personificación algo leve. Sin duda no dotarles de lenguaje nos ayuda mucho a mantener una cierta distancia. Gracias a ello podemos soportar las relaciones de abuso interespecie que enfrentan a las aves zancudas o a los perros contra el gato protagonista. Es admirable que se consiga esta distancia a la vez que muestran habilidades tales como el manejo del timón de un barco. Hábilmente el guion se ocupa de que nunca enfrenten problemas que quedarían resueltos si tuvieran la precisión motora de un humano.
En cuanto al argumento me gusta que se nos plantee como objetivo unas altísimas columnas; casi celestiales. Tenemos claro que ahí queremos llegar, no sabemos muy bien por qué, pero tampoco es relevante. Estamos en un mundo asolado por las aguas, vayamos ahí. Se vuelve incluso un objetivo imperativo si pensamos en la querencia de los gatos a subir a sitios altos. Una vez que hemos llegado ahí y el ave patilarga ha ascendido a una suerte de plano trascendental a través de las auroras boreales nos quedamos sin una dirección a la que ir. Los pocos minutos desde aquí hasta que acabe, me pierden bastante. Incluso tenemos un momento en el que los animales deben trabajar en equipo para salvar a los perros y al capibara. Un conflicto que me parece fuera de la tónica de la película y que se resuelve con el único objetivo de pintar a los perros como una especie egoísta. Un retrato que me parece algo difícil de compartir porque lo que les hace olvidarse de sus compañeros de viaje es la persecución de un conejo, es decir algo puramente instintivo. Entiendo que la película busca con este acto de abandono caracterizar a los perros porque ya muchas veces antes se los ha pintado como personajes negativos; pero, insisto, recurrir a un impulso que el espectador percibe como inapelablemente irracional me parece muy desconcertante.
Obviando estos detalles que, sin duda, un público infantil pasa por alto fascinado por el despliegue visual, la película es una gozada. La cámara nunca para: siempre se mueve con muchísima fluidez. Aunque sea un tópico decirlo, los larguísimos planos pasan desapercibidos. Los contraplanos siempre aparecen con un giro de cámara. Esta suavidad al moverse dota a todas las escenas de gran calma. Incluso los momentos más violentos, en los que el ave queda con un ala malherida, no permiten que se tense la escena. El animal protagonista puede sentir miedo, como se espera de un gato, pero ni la música ni la cinemática se esfuerza en que los espectadores humanos sintamos el miedo visceral de un animal.
Nunca se explica en qué tipo de mundo estamos. Entendemos que en una etapa de nuestra Tierra postantrópica. Esa falta de descripción le permite desplegar una serie de recursos como le dé la gana. No diré que una ciudad sumergida sea algo original, pero se permite jugar con ello de forma muy libre. La imagen que sí parece más inédita es la de un enorme cetáceo con apéndices de aspecto mesozoico saltando majestuoso entre las ruinas de una ciudad renacentista inundada. Esta libertad en el diseño de escenario le permite evocar un pasado majestuoso que desapareció; con colosales esculturas de gatos y de personas. Igualmente es indócil la premisa; y tan pronto se inunda el mundo como se disipan las aguas para devolvernos a la normalidad.
La imagen que se reproduce en el plano del gato flotando entre peces de colores es ciertamente bella. Su creador lo sabe y se apela a ella un par de veces. Claramente el valor estético es el motivo principal para mostrar estos bancos de peces. Pero a nivel de guión resuelve un asunto que, en otras historias, podría ser una complicación cuya resolución no suele ser estimulante de ver: el problema de la manutención. Aquí nuestros protagonistas nunca pasan hambre porque siempre tienen peces disponibles para comer. A los peces se los asume como totalmente inhumanos y así la cadena trófica no pone en jaque la positividad del protagonista.
El nivel de la animación es brutal. Hay algún momento en el que la lengua del golden retriever es más bidimensional de lo que debería. Pero la textura del agua es perfecta. La cinemática es perfecta. El movimiento de la vegetación al paso de los animales es perfecto. Se renuncia a la textura de pelo que tanto asombraba en “Monstruos, S.A. (2001)”. Así no hay que enfrentarse al desafío de cuán mojado está el pelaje a cada momento.
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