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viernes, 12 de septiembre de 2025

THE BRUTALIST

Dir.: Brady Corbet
2024
215 min.

Hay bastante rato en el que la película me interesa poco. Me refiero a todo el tiempo en el que se trata de la vida de un hombre que tiene que rehacer su vida en Estados Unidos. No me interesa mucho la relación con su primo y tampoco me interesará mucho lo que le ocurra a su mujer cuando consiga salir de Europa. Es cierto que se percibe una preocupación de la película por incluir al personaje femenino; por esquivar la crítica típica de que solo se muestra al genio y se deja de lado a las mujer que le rodean en su vida.

Creo que los puntos en los que la película más brilla son todos ellos estéticos, sensoriales. Por ejemplo adoro todo el rato el fortísimo acento de Adrien Brody. Me encantan esas consonantes arrastradas. ¡Qué rabia dará cuando su mecenas diga que habla como un limpiabotas! Una secuencia que la película sabe lucirse muy bien es la del viaje a Carrara. Es una maravilla la música central de la película, con esas trompas apabullantes, resonando contra esos bloques lisos de mármol. Me encantan esos planos de colores desaturados (muy propios de A24, todo hay que decirlo) mostrando la trabajada ladera de la montaña blanca. El hombre desarrapado italiano camina por esas piedras como en una escena onírica. Me gusta cómo el eco permite disociar el sonido de las palabras de este hombre y la imagen. Me ha recordado a la escena de las catacumbas en “Te querré siempre”. Me encanta cuando las tres figuras se adentran en la cantera, como siluetas diminutas negras frente a ese fondo blanco veteado.

Hay una cosa que da un poco de lástima y es que percibamos que las creaciones del protagonista nunca se vean en su esplendor. Se dará más espacio a las máquinas de construcción pesada en las que deberá trabajar cuando sea expulsado por su primero. Por ejemplo la biblioteca con la que arranca todo, lo máximo que vemos de ella será cuando ambos primos cierren las puertas de la librería. Unas puertas que transforman de golpe la estancia completa ya que cubren todas las paredes. Ocurre parecido con el edificio que ocupará toda la película. Se nos llega a mostrar que hay bloques gigantes de hormigón que giran con gran ligereza. Pero parece que nunca se consigue que la imagen transmita esa potencia que la música busca. Me gustan algunos planos que me resultan abstractos. Casi me gusta más esa escena en la que se pelea con el otro aquitecto en los cimientos de la obra. Ahí sí se da una sensación de que hay recovecos. Por supuesto me gusta la sala que almacena agua, con esas columnas sorprendentemente livianas. Con respecto al punto central de la obra, la cruz que se ilumina en el altar creo que es mucho menos impactante de lo que se busca. Se nos ha anunciado que el arquitecto busca que haya un corazón de belleza en sus edificios. Es cierto que nunca lo habíamos visto hasta el cierre de esa escena. Pero lo cierto es que nos lo habíamos más o menos configurado en la cabeza. No tengo la percepción de ver por fin lo que tanto se nos había prometido. Sí está bien que lo siguiente que vemos sea la cruz cristiana invertida en el techo.

Por supuesto me gusta que lo primero que vemos de Estados Unidos sea la imagen de la Estatua de la Libertad dada la vuelta. Una imagen quizás facilona, pero no por ello menos gustosa. A estos extranjeros se les promete la libertad, pero tendrán que enfrentarse a muchísima xenofobia. En este punto la música de la película truena. En general música con todo lo apabullante que es nunca sonará del todo limpia. Nunca se la permite brillar del todo. Esto me gusta. Siempre tendrá algún ruido por ahí al fondo.

Cuando el mecenas saque a sus invitados al frío para mostrarles el descampado donde construirá su edificio me recuerda, mucho menos onírico, a ese paseo noctámbulo en “La dolce vita”. Me resulta inevitable cuando veo andamios a las órdenes de un megalómano no acordarme de las escenas finales de “Ocho y medio”.


viernes, 25 de abril de 2025

MEMORIAS DE UN CARACOL

Dir.: Adam Elliot
2024
94 min.

Tristísima. Si se me describiera el argumento probablemente cogería manía a la chica protagonista y narradora. Una persona apocada, que se recluye en una colección de toda clase de objetos con forma de caracol para recluirse en un mundo que le da miedo. Sin embargo no la vemos sufrir por su impotencia. Por muy vacía que nos parezca la vida que ella pretende vivir en su constante lectura y dedicada a la animación stop-motion, es lo que ella quiere. No percibimos esos deseos de ser alguien completamente distinto que normalmente caracterizan a personajes frustrantes. Tampoco nuestros protagonistas están envueltos en tragedias absurdas contra las que no pueden luchar. La decisión burocrática de separar ambos gemelos, cada uno en una punta del país podría tener este carácter incómodo, pero se despacha esta situación con un efectismo que nos impide reflexionar sobre ella y la lágrima aflora por primera vez.

Aunque se juega con tragedias muy radicales creo que tiene la habilidad de no hartarnos. Cuando vemos la recurrencia del alcoholismo del padre de los protagonistas nos tememos que este tema aparezca recurrentemente a lo largo de la trama. Al fin y al cabo era un drama que ya se había explorado en “Mary and Max (2009)”. A este hombre además se le planta una ludopatía y una tetraplegia. Pero por suerte se le mantiene como un personaje entrañable y que tampoco dura mucho como para que nos cansemos de sus miserias. Al gemelo menos apocado es al que se le da una vida más dura. Por supuesto ella no es que tenga una vida feliz, pero quien debe lidiar con un maltrato psicológico muy severo es un chico que se nos ha mostrado capaz de tener respuestas violentas ante la injusticia.

Esto con respecto a lo trágico, pero lo violento creo que hay un momento que sí que llega a sitios un poco sádicos. Me refiero al momento de la terapia de conversión para curar al chico su homosexualidad. Entiendo que el motivo para reflejarlo así sea para proporcionar una escena catártica, una venganza contra los extremismos religiosos. Aun así, como se nos ha prometido la muerte de ese chico resulta un poco obsceno ver tan en detalle esa electrocución.

Los personajes positivos son muy reconfortantes de ver en pantalla. Tras escribir esta frase me doy cuenta que sólo puedo hablar de Pinky, la ancianísima de vida trepidante y única amiga de Grace. Me gusta muchísimo la bondad de este personaje. Me gusta que le deje una enseñanza póstuma a nuestra protagonista. A pesar de ver con claridad que ella está tomando decisiones lamentables en su vida, como es su amiga la deja que actúe a su criterio.

El final de esta película es también muy bonito. No termina en un gran triunfo. Ninguno de los dos tenía sueños particularmente grandiosos y ninguno de los dos consigue un éxito abrumador. Consiguen un reencuentro que, por lo que se nos ha prometido en la narración, es milagroso. Pero ella llega a realizar su primer proyecto como cineasta de animación. Un proyecto que es paupérrimo, pero que es lo que ella quería hacer al fin y al cabo. Nos acordamos de esa humildad y entusiasmo con el que se enfrenta delante de su padre a esa tediosa tarea de mover un muñeco por encima de una mesa para ir tomando cada fotograma.

Con respecto al humor negro que ya veíamos en la anterior película aquí funciona muy bien. Me gusta la explicitud con la que se habla de sexo. Quizás en la anterior siempre que se entraba en estos temas por la edad de una y por la discapacidad del otro siempre parecía un poco incómodo que se hicieran según qué referencias. Aquí por ejemplo me ha hecho mucha gracia el momento en el que juntan a los dos caracoles en un tarro y todo el cristal se mancha de un fluido blanco.

La película en general es oscura, pero con una iluminación que suele marcar la fuente de luz permitiendo que todo tenga mucha textura, que percibamos mucho las sombras sobre el material de los muñecos. Las extremidades tienen mucha más plasticidad, pero en general percibimos las pieles muy duras. Por ejemplo la anciana a la que vemos morir en la primera escena tiene una piel que casi parece de madera. El juez que le regala a la chica una suerte de justicia vital parece más bien de cemento.


viernes, 31 de enero de 2025

LA GUITARRA FLAMENCA DE YERAI CORTÉS

Dir.: C. Tangana
2024
91 min.

Me ha gustado mucho. Me he reído con los diálogos de los gitanos. Me ha emocionado la historia de un personaje que conocemos por destellos. El flamenco está rodado con una fuerza arrolladora. Los elementos narrativos funcionan muy bien, pero las escenas musicales son soberbias.

La puesta en escena es imaginativa. Incluso cuando la escenografía corre más riesgo de desbarrar, como es el momento en el que Yerai le canta a su madre subida en un altar, el momento más simbólico, ahí la estética sigue siendo muy llamativa. Esos zapatos brillantes golpeando el suelo, arrastrando la arena, qué forma de llenar el espacio sonoro. Es cierto que la cámara en mano en esta escena se mueve un poco errática. En particular me refiero a ese paseo que hace desde el maravilloso órgano de tubos que tan bien amalgama la música hasta Yerai. Este plano busca posicionar la cámara frente a su madre para construir el clímax con el que concluye la escena. Un clímax en el que percibimos claramente la mano de Raül Refree. Como digo, en algunos de los paseos de la cámara sobre la arena roja, vemos que el objetivo, más que caótico, parece perdido. Quiere mostrar ese deambular de las mujeres cubiertas con tejidos blancos, pero el resultado es un mareo.

Todos los momentos musicales funcionan genial. Es bonito que Yerai, siendo el protagonista del documental, nunca despliegue un virtuosismo que se coma las actuaciones. Al contrario: solemos fijarnos mucho más en quien esté cantando o bailando. El baile y las palmas de “La Plaza Argel” es una absoluta gozada. A lo largo de la actuación la cámara cambia de altura, gira desde dentro del círculo que forman los gitanos palmeros. Es una sensación muy inmersiva. Es la primera escena en la que vemos a tantos gitanos juntos. La estética de muchos de ellos nos resulta muy ajena. Unas tripas, unas barbas, unos tatuajes… Esta es la puerta de entrada a esta sociedad y por el resto de la película nos quedamos encandilados de ellos. Creo que hay algo hábil en la película a la hora de elegir qué cosas del mundo gitano, no digo esconder, porque no creo que se esconda nada, pero sí se elige hacia dónde dirigir el foco. Por ejemplo hay una charla maravillosa en el patio de una casa en la que se habla de cómo reaccionó el mundo gitano al enterarse de que Yerai tenía una novia paya. Aquí se habla de lo tóxico que son los hombres gitanos. Por la gracia que tienen todos ellos al hablar, se puede sacar este turbio tema sin que perdamos el cariño por ellos. El esperpento máximo se alcanza en la canción “Los gitanos sonamos así”. Se recrea en un río seco una vida gitana antigua. Con un patriarca que parece salido del sketch más ofensivo de Juan Muñoz. Un mero figurante Israel Fernández. Un teclista berbenero a más no poder. Es una delicia.

Narrativamente se busca que la historia no esté en primer plano todo el rato. Vamos oyendo conversaciones acerca de Tania. Descubrimos que Tania es su novia paya. Después oímos algo de una infidelidad. De repente Tania cambia de color de pelo, lo que por un momento, nos puede confundir acerca de quién es esa persona. Pero a la vez se habla de Tania como alguien que ha muerto y cuya tumba va a visitar Yerai… Es todo muy confuso. Pero nunca es críptico. No se trata de ir recogiendo las piezas de un puzzle. Se nos desorienta con una conversación y en la siguiente escena se nos revela de qué se estaba hablando.

Hay que ser muy hábil para conseguir emocionarnos de esa manera simplemente poniendo la cámara delante del nicho de esa chica muerta con 24 años. Esto es un documental, no hay forma de que nos creamos las supersticiones que todo el mundo da por ciertas al rededor de la muerte de esta chica. Toda esa poesía de que murió por haber tenido que guardar un secreto… No podemos creernos todo eso y sin embargo cuando Yerai llora delante de la lápida, todo aquello de lo que habíamos renegado desde la butaca, surte efecto y la lágrima aflora.

Los testimonios de los dos padres son muy divertidos. Me gusta esa incontinencia verbal que tiene la madre. Lo efímero de sus eso no se puede decir, que se traicionan en cuanto Antón sostiene la mirada un segundo más. Me gusta esa narración del padre, la de la persecución policial en coche, que revela el final, a lo Shyamalan, que todo le ocurrió con 12 años. Me encanta cuando el padre le dice a su hijo: ¿tú de esto estás pillando algo? Me encanta ese hombre persiguiendo a C. Tangana, Poncho, para que grabe algo con su hijo. Me gustan sus subjuntivos imposibles.


viernes, 24 de enero de 2025

NOSFERATU

Dir.: Robert Eggers
2024
132 min.

Me resulta un poco bochornoso que Nosferatu se presente como una alegoría del deseo sexual de la protagonista femenina. El diálogo que tienen ellos dos en la habitación me resulta un poco insoportable. Por un lado porque se le da al vampiro una explicación con la que uno entendería que es algo dentro de ella lo que ha traído la peste al pueblo. En general es imposible cogerle nada de cariño a este monstruo. La forma que tiene de hablar es hostil todo el rato. No hay rastro de esos modales exquisitos que veíamos en las anteriores películas. Entiendo que la idea es confrontarlo con el marido pusilánime, Thomas. Se intenta representar un juego a tres en el que la seducción, la entrega voluntaria de la chica, conlleva la pérdida total de la hombría de su esposo. Este personaje está muy maltratado en la película. Recordemos el juego perverso en el que Willem Dafoe incita a Thomas a hacerse el machote solo para que Ellen pueda pasar la noche sola en casa y recibir a su amante.

Una de las pocas cosas interesantes que se pueden rescatar del juego erótico es la reflexión de que si asumimos que chuparle la sangre a Ellen es una entrega carnal, chuparle la sangre a Thomas no tiene por qué ser distinto. Esto implica que cuando Nosferatu muerda a Thomas veremos un plano en el que evidentemente le está sometiendo sexualmente. A pesar de que esta lectura de la historia sea novedosa, lamento que esté ahí al servicio de unos valores tan toscos.

La historia de Nosferatu es más bien tonta. Se puede adornar dándole las lecturas que se quiera, pero al final es una historia de un monstruo. Si nos gusta “Nosferatu (1922)” y “Nosferatu, el vampiro de la noche (1979)” es porque ambas proponen estéticas muy fuertes. Aquí me cuesta simpatizar con la película porque todo tiene un aura de un gótico kitsch. Estéticamente vale muy poco. Pero además la historia me la están contando con unos aires de trascendencia que no puedo con ellos. La forma de hablar de Nosferatu es terrible, parece una parodia de quien intenta dar mucho, mucho miedo. Me resulta bochornoso el encuentro con la carroza embrujada. Casi a nivel de Tim Burton. Y es de una soberbia feroz que se apele a las sombras que hicieron mítica la obra de Murnau. No contento con tratar de remedar uno de los planos más famosos de la historia del cine, considera las sombras como algo a lo que se recurrirá siempre que más o menos cuadre. Lo tenemos nada más empezar, ese plano terrible de la mano acechante sobre la ciudad (más que a “Nosferatu (1922)” parece apelar a “Fausto (1926)”) y el plano que más explícitamente dialoga con la de Murnau, aquel en el que se suben las escaleras. Un plano que aparece sin potencia alguna, como un guiño travieso en el exordio del clímax de la película.

Si tenemos que reconocerle una invención estética a la película es el hecho de que Nosferatu luzca bigote. No solo bigote sino unos pelos mal puestos en la calva. Al contrario que Herzog y Murnau, que disfrutaban de mostrarnos a su lívido vampiro, aquí se trata de esconderlo el mayor tiempo posible. Esto permite a Robert Eggers crear hábilmente un susto muy efectivo. Cuando Nosferatu se acerca a morder por primera vez a Thomas, el vampiro se aparece desde las sombras y aproximándose al haz de luz nocturna que entra por la ventana: es la primera vez que vamos a ver el diseño de este personaje. Nuestra atención a la pantalla es máxima, entonces vemos la imagen de Hellen con la cara ensangrentada. El diseño de Nosferatu es prácticamente el punto fuerte del personaje frente a cualquier otro vampiro, que aproveche la revelación, la máxima concentración del espectador para aumentar la efectividad del susto me parece por lo menos sagaz.

La bodega del barco es, tanto en Nosferatu como en “Drácula (1931)”, un momento importante para entender el poder de este monstruo. Es decir: cuando se baja a la bodega es porque sabemos que Nosferatu va a salir de su caja. En ese sentido es también un buen momento para darnos un susto. Pero me parece que lo que se obtiene es bastante torpe.

El momento de la muerte de Nosferatu es otro de los momentos clave en la película. La transición en cortinilla horizontal es uno de los momentos estelares de “Nosferatu (1922)”. Su sucesora nos deja esa imagen tan ferozmente cómica de Klaus Kinski tirado en el suelo con los ojos en blanco, como si fuera una cucaracha muerta. Aquí el parguelas entra en la habitación a punto de descubrir a su amante. El contraplano de esa uva pasa, con las piernas de alambre es de un ridículo espantoso. No tengo pegas en que esto ocurra, insisto en que la historia de Nosferatu es una chorrada. Hace 100 años podemos entender que se la tomara en serio, hoy de ninguna de las maneras. Lo grave es que la película no parece darse cuenta del dislate que está narrando y no cede ni un segundo en la solemnidad que pretende insuflar a esa muerte.

También me parece un pastiche cuanto rodea a Willem Dafoe. Lo que en “Nosferatu (1922)” se resolvía con un librito que lee Thomas, aquí lo tiene que decir de viva voz este médico esotérico. Convencionalmente entendemos que no es elegante que se nos explique la trama por escrito. Pero es un recurso que está tan denostado que podría reivindicarse como algo estilístico. ¡Podría haber colado como un guiño a la obra original! Pero un personaje que viene a contarnos lo que pasa… Eso es terrible. Reconozco que quizás soy más duro con él de lo que se merece porque es el responsable de convertir la película de vampiros en una película de posesiones. Podemos ver a Hellen retorcerse en la cama con una corporalidad que dista muy poco de “El exorcista (1973)”.

La muerte de las dos niñas tiene el hoy en día típico momento de mirada de la violencia como algo anodino. Podemos reconocer en la forma en la que Nosferatu arroja al suelo con total falta de respeto a sus víctimas la misma posición soberbia que tenía la cámara ante el desagradable final de “Men (2022)”. Que muera su madre nos deja una escena de necrofilia muy innecesaria, aquí sí, sin ninguna solemnidad. Por lo gratuito y lo grave de la acción me ha parecido divertida. Antes de esto hemos visto los tres ataúdes bajar de la carroza fúnebre. Aquí creo que hay un golpe de efecto muy bueno: la cámara empieza mostrando la carroza; con un paneo horizontal recorremos todo lo largo que es el ataúd de la mujer adulta. Al terminar esta caja vemos los dos cofres mucho más cortos y, supongo que para hacerlo más evidente, absurdamente altos.


viernes, 10 de enero de 2025

PARTHENOPE

Dir.: Paolo Sorrentino
2024
136 min.

Arranca con la belleza típica de las películas de Sorrentino. El primer plano de hecho es una imagen que me encanta: de la niebla acerćandose a la costa, una enorme y barroca carroza emerge flotando en una nave acompañada de un magnate gordo y presuntuoso. Lo cierto es que rápidamente la película se convierte en una pura adoración a su actriz principal: Celeste Dalla Porta. Es guapísima, es cierto. Las escenas en las que rebosa juventud luce un rostro, unos labios que generan un tipo de sensualidad como el de Sue en “La sustancia (2024)”. Por supuesto con una elegancia que aquella película no tenía.

Puedo entender que esta primera parte trate de mostrarnos lo bellísima que ella es en su juventud. Pero toda la mirada busca exprimir tanto la belleza y con tan poca sutilidad que la estética resultante es casi de anuncio. El uso de la cámara lenta a veces me resulta hasta bochornoso. Tampoco es lo más bonito que ella emerja de las aguas mediterráneas con el maquillaje impecable. Creo que en la parte final, cuando se debería recoger todo esto, tampoco se llega a sitios interesantes. De hecho me parece que la película se descalabra un poco. Me suena a un señor mayor diciendo a los jóvenes que aprovechen mientras puedan, que ya tendrán tiempo de convertirse en gente seria más adelante.

Todo lo que tiene que ver con la subtrama de convertirse en una actriz no me interesa demasiado. En particular el discurso que esa vieja gloria decadente ofrece delante de los habitantes de Nápoles. Puedo entender que para alguien de esa región escuchar esas palabras pueda servirle para generar una identidad, pero a mí es algo que narrativamente me da igual y en contenido me resulta demasiado ajeno. Además este negociado de convertirse en una diva tiene la rara escena de la ducha. Un momento en el que se genera un erotismo cuyo grado de ironía es difícil de calibrar: las siluetas de dos mujeres se dan un beso lésbico que tampoco entendemos del todo. Por el vapor de la ducha, por la belleza de la joven y por la promesa de la fealdad de la mayor podemos pensar de nuevo en el dúo de protagonistas de “La sustancia”.

Las fiestas sí me gustan bastante. Más la primera, que desencadenará el suicidio de su hermano, que la segunda, con el extraño encuentro con el cura. Me gusta mucho cómo ella se pasea por esos jardines llenos de gente rica, un jardín de las vanidades como el que se evocaba en “La gran belleza (2013)”, por transitividad la referencia es “La dolce vita (1960)”. Me encanta cómo las parejas de gente vestida con alta costura están casi tiradas por las esquinas. Esos abrazos que deambulan por esos mármoles. Hay algún momento hasta onírico casi: ese hombre joven trajeado, repeinado moviéndose por las estancias repitiendo: mamá, mamá, mamá… Hay un letargo en estas escenas que me recuerda a los pesados paseos de “El año pasado en Merienbad (1961)”.

Hay muchas cosas que se introducen sin saber muy bien a dónde vamos con ellas. Mi favorita es el tema del incesto. Me gusta que se sugiera una especie de amor platónico, que no va a ningún sitio. Se explica con poca profundidad. Se roza con la suficiente cercanía como para que no quepa lugar a dudas. Y encima se resuelve de forma trágica por lo que es ineludible.

En la segunda mitad se entretiene con el desagradable cura, deseoso por recibir las miradas de la gente cuando le piden un milagro a San Genaro en una escena que nos hace pensar en la iglesia de “Las noches de Cabiria (1957)”. Creo que lo peor de este juego sexual es que parece que Parthenope nunca actúa por deseo propio. Parece que los hombres se rinden a sus pies y que ella es casi una deidad que arbitrariamente decide a quién le concede su favor y a quién no. Un retrato totalmente despersonalizador. El escalabre total de la película llegará cuando aparezca el bebé amorfo. Aquí podemos ponernos a enumerar una ristra de monstruos con los que A24 acostumbra a cerrar sus películas.

El problema no solo es que la película se vaya de madre. Es que además las frases están todas escritas de una manera muy cargante. Se dice alguna vez que a Parthenope le gusta mucho tener siempre la respuesta precisa; como en las películas antiguas. Y es cierto que muchos diálogos parecen sacados de películas de los años 50. Lo entiendo como decisión estilística y me parece bien. Pero si la historia me la estás contando a través de ellos y no tiene un fuste propio, se me desmonta todo. Casi peor que el bebé me parece la despedida de ese novio de juventud. Es una despedida que se toma en serio a sí misma. Se da mucha importancia sin que todo sea lo suficientemente rimbombante como para poder verla con ojos irónicos.

Me gusta mucho la secuencia de la mafia. Es cierto que no soporto mucho el arranque porque nace de una conversación con un desconocido, al que ningún humano le dedicaría la más mínima atención. Es todo muy artificial. Pero cuando llegamos vemos unos bajos fondos con una serie de estampas que me encanta. Un paseo por esas calles sin apenas diálogos. Viendo las condiciones de vida de esas familias… Eso me gusta mucho. Me gusta incluso la sordidez con la que se graba la violación consentida necesaria para que dos familias de la mafia napolitana se unan. Hay un contacto visual entre las dos mujeres que, en cualquier otra película que tuviera una mirada menos masculina, resultaría reivindicativa; un canto a la sororidad. Tiene el mismo tono que ese roce de dedos en “Nunca, casi nunca, a veces, siempre (2020)”.

Musicalmente tampoco creo que esté particularmente acertada. Se usan mucho unas trompetas de notas sostenidas que parecen querer darle un ambiente etéreo a unas escenas cuyos textos no las permiten volar de ninguna de las maneras. Sí me gusta cuando suena ida de madre la canción italiana mientras Parthenope se enreda con su hermano y su amante. Pero cuando vuelva a aparecer esta canción casi al final de la película la banda sonora hace un fundido que parece salido del peor telefilme.


viernes, 3 de enero de 2025

TARDES DE SOLEDAD

Dir.: Albert Serra
2024
125 min.

La actividad del torero queda retratada con cierta rutina. Las escenas dentro de la furgoneta que le trasladan entre la plaza y el hotel podrían ser la clase de momentos que muestren lo anodino de un oficio. Sin embargo son escenas con verdadera tensión. Podemos notar que, por lo menos en la cabeza de Andrés Roca Rey, hay una actividad importante. Por el contrario en la plaza, quizás por tener las corridas con poca diferencia de tiempo, porque los planos son limitados, porque los elementos que aparecen en cuadro se reducen al toro y al torero; el hecho es que le vemos repetir los mismos movimientos. Los alardes de valentía y virilidad son siempre reconocibles.

Escuchamos continuamente las mismas voces. Cómo a cada pase el torero repite: toro. Cómo la cuadrilla insulta y llama de todo al animal. Hay un momento dado en el que dos toreros están mareando al animal; colocándolo al gusto del señorito para que pueda matarlo. La cámara no nos muestra aquí sus rostros. Lo que sí oímos, sin embargo, son los ruidos rudos y animales que los dos toreros emiten para llamar su atención. El cuestionamiento moral de la película evidente es el de la tortura animal, es claro. Sin embargo hay algunos momentos en los que el retrato que recibe esta gente es casi el de un señorito del mundo de la alta cultura, que ha bajado a la arena a extraer todo lo estético que le interesa.

Lo cual agradezco. Aparece muy poco, pero hay algún plano en el que se cuela el público. Toda la solemnidad que la película haya podido generar lo cierto es que se diluye al ver a esas personas. Lo más desagradable de ver sin duda es la muerte del toro, pero lo que tiene de espectáculo de masas tampoco es que deje a uno con una sensación placentera.

Los planos de la muerte del toro son crudos, sí. Pero es que además no llegan a mostrar una sublimación de esa imagen. El torero cuando entra a matar tiene unos ojos blancos, pero que en cualquier ficción estarían inyectados en sangre. Son ojos asesinos, su boca es salvaje. Es un personaje totalmente terrorífico. Ello además se ve favorecido por la fotografía rojísima que tan bellamente le sienta al amarillo de la arena. El resultado de este espadazo ni siquiera es una muerte rotunda. El animal, que lleva varios minutos con la lengua fuera, aún da unos pasos hasta que cae al suelo. Los ojos, la manera en la que las patas siguen rígidas… Todo ello es muy desagradable de ver. Ni siquiera cuando le dan la puntilla tenemos una imagen que podamos ver con poesía: es un sufrimiento que parece no tener fin. Este horror tiene como conclusión un trato de total desprecio hacia el animal que yace en la arena; sin que su cuerpo se haya relajado por completo. Unos caballos entran a la plaza y, como un procedimiento industrial, sacan al animal arrastrándolo por la plaza. Es una imagen desoladora.

Ver estas imágenes tan despiadadas de alguna manera nos anestesian. Así para cuando vemos otras estampas cruentas como el flujo de sangre cayendo por el lomo del más claro de los toros podemos apreciar la potencia estética de ese plano macabro.

Cuando en el cuadro no se cuela nada que esté fuera de la arena se genera un efecto bastante abstracto. El plano final en el que la música se vuelve etérea y Roca Rey cruza la plaza entera casi parece uno de los planos finales de “Solaris (1972)”. Casi lamento que llegue a verse la puerta por la que abandona el ruedo. Que oigamos al público aplaudir, silbar o gritar puede acompañar a las imágenes que vemos. Aunque tengan el mismo efecto que las risas enlatadas, sirven para marcar un ritmo a lo que vemos. Lo que resulta muy disruptivo es lo terrenal de los pasodobles. Toda la tensión que se está generando en la escena pareciera que la rompe alguien porque percibe que el público pudiera estar aburriéndose.

Supongo que la imagen que más ensalza la hombría del torero es aquella en la que queda de frente, entre los dos cuernos del animal. Al tener la sucesión de corridas no podemos obviar que los pasos cortos que realiza para llegar a esta posición son siempre los mismos. No quiero decir que para él sea una acción trivial y que se limite a efectuarla como un profesional. Creo que la actitud del torero es siempre de gran entrega y de mucho peso escénico. Pero como espectador seguro que le resta algo de heroísmo.

Si algo se repite es el peloteo de su cuadrilla. Entiendo que por un lado tendrán justificación técnica, en el sentido de que ese hombre necesitará una confianza ciega para reunir el valor de hacer lo que hace. Creo que sin embargo hay un elogio genuino. Hay una especie de veneración a la persona. Mientras que Roca Rey tiene un gran porte, una mirada atractiva y todo él es bello, el resto de miembros parecen sacados de una viñeta de Pedro Vera. Insisto en que creo que este es el motivo principal para que estemos oyendo todo el rato Ole tus huevos y demás adulaciones. Pero tampoco se nos puede escapar que son sus empleados. En el mundo del toreo hay algún tufo rancio de respeto a las jerarquías.

En el cine de Serra son habituales los planos que de repente dedican algunos minutos a mirar a un actor que no es el protagonista de la escena. Son típicas sus miradas perdidas. Sin sabe muy bien si estamos viendo a un personaje mostrar indiferencia hacia la acción principal, o si el actor no se sabe enfocado y, por tanto, puede relajarse. Ha sido muy sorprendente reconocer ese mismo tropo en los miembros de la cuadrilla. Tras informarle de que la plaza le está midiendo, dos banderilleros se quedan cerca del burladero, la cámara no sigue a Roca Rey mientras camina al encuentro del toro. Estos dos individuos miran con interés pero relajados. Se puede discutir si esta imagen puede tener algún mérito, pero desde luego no es nada común en una película.

En el toreo hay una especie de igualdad fingida entre víctima y verdugo. Obviamente no para todos es un deseo, pero que exista la posibilidad de una cogida fatal es lo que hace a ese espectáculo único. Sabiendo que es un documental y sabiendo que Roca Rey no ha salido en las esquelas del periódico no podemos esperar grandes sorpresas de la película.

Hay una escena que es una maravilla: aquella en la que se viste. Se puede ver y oír una tensión en las telas que me recordaban a las de Antonio Gades en “Bodas de sangre (1981)”. Cómo levantan a ese tío del suelo un palmo sólo para que entre en sus pantalones, cómo se debe usar una aguja para abrochar un recóndito botón. Esa elegancia tan histriónica del traje de luces se contrasta con unos blancos, unos ámbares y unos dorados terribles del Hotel Ritz de Madrid.


viernes, 6 de diciembre de 2024

FLOW

Dir.: Gints Zilbalodis
2024
83 min.

A no ser que se empatice con nuestro protagonista la película es una gozada. En caso contrario es un conjunto de penurias que tanto detesto. El tratamiento de los personajes se mantiene en una personificación algo leve. Sin duda no dotarles de lenguaje nos ayuda mucho a mantener una cierta distancia. Gracias a ello podemos soportar las relaciones de abuso interespecie que enfrentan a las aves zancudas o a los perros contra el gato protagonista. Es admirable que se consiga esta distancia a la vez que muestran habilidades tales como el manejo del timón de un barco. Hábilmente el guion se ocupa de que nunca enfrenten problemas que quedarían resueltos si tuvieran la precisión motora de un humano.

En cuanto al argumento me gusta que se nos plantee como objetivo unas altísimas columnas; casi celestiales. Tenemos claro que ahí queremos llegar, no sabemos muy bien por qué, pero tampoco es relevante. Estamos en un mundo asolado por las aguas, vayamos ahí. Se vuelve incluso un objetivo imperativo si pensamos en la querencia de los gatos a subir a sitios altos. Una vez que hemos llegado ahí y el ave patilarga ha ascendido a una suerte de plano trascendental a través de las auroras boreales nos quedamos sin una dirección a la que ir. Los pocos minutos desde aquí hasta que acabe, me pierden bastante. Incluso tenemos un momento en el que los animales deben trabajar en equipo para salvar a los perros y al capibara. Un conflicto que me parece fuera de la tónica de la película y que se resuelve con el único objetivo de pintar a los perros como una especie egoísta. Un retrato que me parece algo difícil de compartir porque lo que les hace olvidarse de sus compañeros de viaje es la persecución de un conejo, es decir algo puramente instintivo. Entiendo que la película busca con este acto de abandono caracterizar a los perros porque ya muchas veces antes se los ha pintado como personajes negativos; pero, insisto, recurrir a un impulso que el espectador percibe como inapelablemente irracional me parece muy desconcertante.

Obviando estos detalles que, sin duda, un público infantil pasa por alto fascinado por el despliegue visual, la película es una gozada. La cámara nunca para: siempre se mueve con muchísima fluidez. Aunque sea un tópico decirlo, los larguísimos planos pasan desapercibidos. Los contraplanos siempre aparecen con un giro de cámara. Esta suavidad al moverse dota a todas las escenas de gran calma. Incluso los momentos más violentos, en los que el ave queda con un ala malherida, no permiten que se tense la escena. El animal protagonista puede sentir miedo, como se espera de un gato, pero ni la música ni la cinemática se esfuerza en que los espectadores humanos sintamos el miedo visceral de un animal.

Nunca se explica en qué tipo de mundo estamos. Entendemos que en una etapa de nuestra Tierra postantrópica. Esa falta de descripción le permite desplegar una serie de recursos como le dé la gana. No diré que una ciudad sumergida sea algo original, pero se permite jugar con ello de forma muy libre. La imagen que sí parece más inédita es la de un enorme cetáceo con apéndices de aspecto mesozoico saltando majestuoso entre las ruinas de una ciudad renacentista inundada. Esta libertad en el diseño de escenario le permite evocar un pasado majestuoso que desapareció; con colosales esculturas de gatos y de personas. Igualmente es indócil la premisa; y tan pronto se inunda el mundo como se disipan las aguas para devolvernos a la normalidad.

La imagen que se reproduce en el plano del gato flotando entre peces de colores es ciertamente bella. Su creador lo sabe y se apela a ella un par de veces. Claramente el valor estético es el motivo principal para mostrar estos bancos de peces. Pero a nivel de guión resuelve un asunto que, en otras historias, podría ser una complicación cuya resolución no suele ser estimulante de ver: el problema de la manutención. Aquí nuestros protagonistas nunca pasan hambre porque siempre tienen peces disponibles para comer. A los peces se los asume como totalmente inhumanos y así la cadena trófica no pone en jaque la positividad del protagonista.

El nivel de la animación es brutal. Hay algún momento en el que la lengua del golden retriever es más bidimensional de lo que debería. Pero la textura del agua es perfecta. La cinemática es perfecta. El movimiento de la vegetación al paso de los animales es perfecto. Se renuncia a la textura de pelo que tanto asombraba en “Monstruos, S.A. (2001)”. Así no hay que enfrentarse al desafío de cuán mojado está el pelaje a cada momento.


domingo, 13 de octubre de 2024

LA SUSTANCIA

Dir.: Coralie Fargeat
2024
140 min.

Digámoslo desde el principio: lynchiana. No en el sentido onírico habitual. El tema del doppelganger con mujeres en un mundo de fama, brillos, luces cámaras y palmeras remite inevitablemente a “Mulholland Drive (2001)”. Teniendo a Lynch como referente es difícil ver el monstruo deforme final, con esa boca torcida y esa cabeza abultada sin pensar en “El hombre elefante (1980)”. Aquel personaje nos generaba una compasión infinita. El ser que aquí vemos, a pesar de pecar de vanidad, no deja de percibirse como algo sintiente y, por tanto, doliente. Que reciba ese escarnio, no solo del público que le llama monstruo, sino también y principalmente, de la película resulta incómodo. No se puede perpetrar ese derroche de sangre y vísceras sin una mirada enormemente sádica a lo Ari Aster o Lanthimos.

El desnudo en esta película es una apuesta muy radical. Se permite mostrar dos cuerpos de un atractivo deslumbrante en escenas totalmente desagradables. Antes de que veamos a Demi Moore degradarse hemos podido ver su cuerpo llamativo ante una cámara que mira despacio, explícitamente. Mostrando cómo los detalles que ella considera que la afean no desmerecen ese cuerpo cuidado por cirujanos. En ese baño tan iluminado es difícil realzar las marcas en su piel. Será mucho más sencillo lograrlo en los pasillos oscuros y llenos de sombras.

Por narrativa cuando veamos el cuerpo de Margaret Qualley el deslumbramiento será total. Se muestran unos pechos esplendorosos, unos labios y dentadura perfectos, un culo de forma cincelada (ciertamente se perciben las poses forzadas de la actriz para realzar esta parte de su cuerpo). Es decir: antes de que nos adentremos en escenas sórdidas se nos convence de que estamos ante un cuerpo de diosa. Hay algo un poco tramposo aquí porque de alguna manera se nos trata de convencer de que recorremos su cuerpo entero. Sin embargo se evita mostrar lo que pueda llegar a evocar tejido cavernoso. Es decir: nunca se mostrarán explícitamente los genitales. Por la postura de una mujer de pie podría pasar relativamente desapercibido este truco, pero donde resulta bastante evidente es cuando ella se está retorciendo de dolor en el suelo. La cámara se pone a su altura, el punto de vista se arrastra. Sin embargo cámara y actriz tendrán mucho cuidado de colocarse para que nunca se llegue a ver su entrepierna.

Es valiente también que cuando el monstruo se presenta ante el público, haya mujeres hermosas a su alrededor con potencial erótico, mostrando los pechos. Sin embargo cuando la película se vuelve enormemente desagradable, con ese despertar casi de crustáceo, ahí se evita la desnudez. Siempre que ambos cuerpos se han intercambiado, estaban desnudas. Cuando la película busca escandalizar la apuesta se vuelca enteramente en lo gore, la sangre y la sordidez. Un desmadre así nos puede remitir a “Sangre en los labios (2024)”. Evidentemente los estándares de belleza que se manejaban en aquella están en las antípodas de esta. Pero es que la monstruosidad de aquella giganta buscaba aumentar su gloria. Aquí la arbitrariedad persigue ahondar en su degeneración.

La degeneración de Demi Moore al inicio es muy desagradable más que por la deformidad corporal, por la forma en la que debe arrastrarse. Una vez que se nos ha convencido de que ha perdido el cuerpo funcional, cuando la narrativa lo necesita, se podrá mover con ademanes de criaturilla, pero con una muestra de fuerza del todo inesperada para alguien de esa edad. He de decir que yo me alegro. Es decir: se plantea esa corporalidad para mostrar lo degradada que está y después pasa a convertirse casi en un abuelito entrañable. En el momento que la vemos calva y vestida, en vez de parecer una mujer totalmente demacrada, parece casi un hombre anciano casi diríamos hasta de buen ver.

No deja de ser interesante que la persona que busca una versión mejorada de sí misma realmente lo único que puede odiar de sí misma sea la edad. Ella sigue siendo bella. A la vez gracias y a pesar de las operaciones estéticas. Hay un componente edadista evidente en esta decisión. De hecho cuando la matriz se empieza a corromper a lo “El retrato de Dorian Gray” realmente lo que le ocurre, por lo menos al inicio, es que envejece.

Desde el primer momento que se explica la dinámica del juego ya nos vemos venir que se van a romper las reglas. Esto por un lado me da pereza, pero también agradezco que se haga rápidamente para entrar en el conflicto. En este juego de Doctor Jekyll y Mr. Hyde es un poco inverosímil que la joven, por muy encantada de sí misma que esté, desprecie a quien le permite mantenerse con vida.

La adicción que adquiere la chica joven por las agujas, la podredumbre y purulencia que aparece en la espalda de la matriz no puede sino recordarnos al brazo que veíamos en “Requiem por un sueño (2000)”. Película que ya habíamos evocado cuando vimos a la señora mayor, que espera 7 días para tener su dosis de juventud, pasarlos sentada delante del sofá. Esto nos resulta lamentable porque desperdicia su vida. Se ve expulsada de la vida pública. Su fama la henchía de orgullo. Al arrebatarle esto vemos que su vida es totalmente vacía. A la chica joven esto le escandaliza por los mismos motivos que le escandaliza todo: por vanidad. Se plantea la idea, que nunca se confirma, que el dejarse ir de la sexagenaria tendrá repercusiones en el físico de la joven. Esto tan solo ocurre en un desagradable sueño de la joven, pero, hasta donde sabemos, no es cierto. Entiendo que la chica joven puede sufrir los remordimientos de la mayor, pero por la información que recibimos, no debería tener mayores consecuencias. No puedo evitar sorprenderme de que una mujer estadounidense considere particularmente insana la cocina francesa.

En cuestión de género la película tiene una mirada misándrica. El personaje del productor es repulsivo. Esa forma de comer gambas es grotesca. No se trata solo de que la película sea explícita: es que la mirada de la cámara es muy directa. Mismamente la forma de morder el cigarro, cómo se consume el tabaco a lo “Carretera perdida (1997)” con el sonido muy intensificado, incluso cuando por fin lo apaga contra el cenicero de cristal. No es que cada una de estas acciones sea desagradable: es que la cámara lo mira directamente, con total claridad. Aunque no hay hombres estrictamente positivos, la relación de Sue con ellos será de objeto deseado. Ella está espectacular con su traje de cuero negro, se siente atractiva ante el motero que sube a su casa. Pero incluso ante el repulsivo vecino de enfrente ella disfruta su cara de atontado. Diría que el único momento en el que ella muestra algún tipo de reparo a un par de ojos masculinos que la devoren será cuando esté perdiendo los dientes y tema por su vida.

Es mirada imperturbable de la cámara la tenemos también en la escena en la que Sue cose la espalda de la matriz. No es algo particularmente desagradable. Antes de esta operación hemos visto agujas mucho más grandes. Lo que resulta desafiante es la claridad diáfana con la que se ve. El plano se alarga, se muestra cómo la carne se abulta al albergar la aguja. Eso se puede ver muy claramente en las primeras películas de Cronenberg como “Vinieron de dentro de… (1975)”. Ahí es claro que no hay cuerpos abiertos, que nada está bajo la piel. Según va perfeccionándose técnicamente y vemos más aberraciones se consiguen efectos más parecidos a los de esta película o “Titane (2021)”.

Hay un guiño a “El resplandor (1980)”, en la moqueta del estudio de grabación, que tiene algo de arbitraria. Tampoco es el único caso. Las luces y las llamas cuando se produce la activación son discordantes con la estética del resto de la película sin que obedezcan a nada.

Me gusta sin embargo cómo se permite crear ese espacio etéreo tras la pared del baño. Un rincón oscuro que me remite al lugar lleno de negrura que aparecía en “Under the skin (2013)”. Me gusta también cómo se permite deformar la ducha cuando la mujer mayor está asimilando su desgracia. Ahí la cámara asciende y asciende mostrando cuatro paredes de azulejo prescindiendo de la mampara de cristal para formar un profundo pozo.


viernes, 4 de octubre de 2024

MEGALÓPOLIS

Dir.: Francis Ford Coppola
2024
138 min.

Es agotadora. Es un cúmulo de cosas. Eso da una sensación deslavazada. Pero además de eso tiene una estética muy fuerte estéticamente: unos colores dorados muy cansados y, quizás lo más fatigoso, el frenético montaje. Los cortes dentro de las escenas son rápidos, pero además hay escenas que se despachan con una duración arbitraria. Incluso en algún momento se rompe el eje de la cámara.

No hay un esfuerzo por hacer que las escenas por ordenador luzcan realistas. Hay una subida por un ascensor en la fachada de un edificio con un croma lamentable y con una iluminación terrorífica. Hay muchas escenas con luz de contra. Una iluminación que recuerda a la que tenían en “Barbie (2023)”. Ocurre que la película no es tan irreal como “Sin City (2005)”. No tiene esos filtros que amalgamen imagen real y por ordenador.

El paralelismo entre la Roma imperial y Estados Unidos es imposible de aceptar. Por ejemplo el discurso de la decadencia moral aparte de sonar manido, no parece que pronostique ninguna caída de ninguna época cuando el desenfreno que aquí se muestra remite a las orgías del Hollywood de hace más de un siglo que retrata “Babylon (2022)”. Establecer el vínculo entra ambas películas es muy inmediato aunque solo sea por los mismos colores dorados. Un poco en la misma línea de querer hacer películas epatantes podemos señalar las recientes entregas de Mad Max, especialmente “Mad Max: Furia en la carretera (2015)”.

El personaje de Adam Driver como utopista tecnológico nos puede recordar a Elon Musk. Su megalomanía es ciertamente difícil de percibir. Más que alguien con un proyecto gigantesco, parece una especie de mago. Alguien que ha accedido a una tecnología infinitamente superior. Esta idea está planteada con mucha inconcreción. Ha creado algo que para el tiempo, pero que controla el espacio… No hay Dios que lo entienda. Por ello digo que no parece tanto alguien que luche por conseguir sus objetivos. Nunca tenemos esa sensación de “Fitzcarraldo (1982)”.

En aquella película se enfrentaba violentamente la burla de alguien con grandes pulsiones de grandeza contra el hecho de que la producción cinematográfica de Herzog tenía que llevar a cabo los delirios de su protagonista para que se pudiera recrear ante la cámara. Pero esta película tiene tanto croma, es todo tan falso. Lo percibimos todo tan de plató, que esa grandeza no termina de epatar. Me refiero a la producción, porque la obra en sí misma sí tiene esta vocación de ir embalada y sin frenos. Una aceptación de cualquier idea o recurso que a Coppola se le haya ocurrido. Imagen partida, entiendo que con intención de ser proyectada en tres pantallas al estilo de Abel Gance en “Napoleón (1927)”. Pero, insisto, utilizada con una arbitrariedad pasmosa.

Del mismo modo que la famosa escena de Adam Driver hablando con una persona que se dirige a la pantalla. Obviamente en el pase al que yo asistí no hubo nadie leyendo ese texto. Pero si ese actor debe decir las palabras a las cuales contesta Adam Driver, es una propuesta formal radical al servicio de la nada más absoluta. El cuadro, sin sentido, se vuelve pequeño. Quizás solo sea para que podamos reconocer más fácilmente que algo raro está pasando ahí. La escena que tanto boato arrastra es ¡una rueda de prensa! Este es el hecho extraordinario para el que Coppola ha necesitado reinventar el lenguaje audiovisual.

Hay una ligera sensación de “Fellini, ocho y medio”. Se ha hecho traer un poco de todo. Una estética que puede recordar a “El gran Gatsby”, pero un futurismo que no nos deja nunca reconocer cuán lejano pretende ser. Por supuesto que vengan los romanos. No sólo la parte cortesana en la que hay traiciones, seducciones y asesinatos. Que vengan los romanos con sus carreras de cuádrigas. Antes he mencionado que la película tiene aspecto de plató. Las carreras de caballos son reales, pero hay algo tan artificial en lo que vemos que a pesar de percibir el gasto en la producción, ello no se traduce en las grandísimas imágenes de “Ben-Hur (1959)”.

En esta parte del circo será donde ocurran las locuras que más me interesan. Hay un elemento extrañísimo: unos payasos saltimbanquis. Es un delirio absoluto. Asistimos a este grupo de personas nosotros, pero bien pudiera ser que no fueran diegéticos. Nadie interactúa con ellos, no se recoge nunca este elemento que acontece sobre un croma obsceno. La película en este segmento no se decide a representar un circo: se decide a coinvertirse en uno. Es que toda esta locura desenfrenada después no tendrá elementos estéticos con que rimar cuando la acción se traslade a la calle, al mundo real.

Puede que el paralelismo se me haya ocurrido solo por el protagonista. Pero he pensado en “Annette (2021)”. Hay un gusto por explicitar la narración. Su chófer de repente es una voz en off... También hay una asunción de su propia espectacularidad cuando Adan Driver empieza a drogarse. Se abraza la pantomima. Desata un histrionismo que me resulta muy divertido de ver. Parece que Coppola quería reproducir lo que vio en “Doctor Extraño (2016)” o, con mejor reputación “Todo a la vez en todas partes (2022)”. Aquí el montaje endiablado sí está al servicio de la situación. Nunca será algo pesadillesco como “Climax (2018)”. Por no abandonar a Leos Carax, podemos señalar su despliegue de elementos deslabazados en “Holy Motors (2012)”. Pero aquella película no trataba de contarnos una trama tan intermitente como los enredos palaciegos de esta. Pero por ejemplo me ha gustado cómo se decide que las estatuas que representan los grandes mitos de la antigüedad de esa civilización cobren vida. Con unos efectos correctos, pero sin que sean apabullantes, se muestran agotados.

Ese diálogo con el pasado es una constante. El protagonista obsesionado con alguien de su pasado cuando tiene todas sus esperanzas puestas en el futuro no es una idea particularmente original y tampoco se la explota muy bien. Él tiene visiones del pasado de su exmujer. Digamos que es una relación con el pasado como la que podrían tener los protagonistas de “Interstellar (2014)” u “Origen (2010)”. Se remata con una especie de canto de esperanza en los niños nuevos que nacen. Este es el final de la película y es un momento muy torpe. No hay nada interesante en ese discurso y la imagen de todos los protagonistas en picado sobre un suelo transparente es feísima. Entiendo que se abandone la película con la sensación de que se ha asistido a un despropósito.

Mencionemos algún elemento más que me ha gustado. Cuando caen unas bombas, creo que procedentes de un satélite soviético, se proyecta sobre los edificios las sombras de los ciudadanos aterrorizados. Unas sombras gigantes e imposibles.

También me ha gustado una mención en un titular de periódico a Hitchcock. Bastante cogido con pinzas. En un momento en el que un personaje resulta que recopila recortes de prensa oportunamente para que se facilite la narración. Aquí de nuevo el problema: ¿qué clase de futuro es este en el que la gente aún compra periódicos? A Hitchcock lo volveremos a recordar cuando una figura femenina aparezca como cabeza giratoria, remitiendo a “Vértigo (1958)” o, por buscar un referente femenino, “Carretera perdida (1997)”.


viernes, 7 de junio de 2024

FURIOSA: DE LA SAGA MAD MAX

Dir.: George Miller
2024
148 min.

No soporto al personaje de Chris Hemsworth. Es un ser del todo imposible en el mundo de Mad Max. No me creo que alguien tan descerebrado, tan bobo, sobreviva de esa manera. Los personajes locos los tenemos siempre como carne de cañón, tocando una guitarra eléctrica que escupe fuego… El tipo encarna los típicos chistes ridículos que casi parecen sacados de Marvel. Odio verle en pantalla y más aún odio que se le dedique un final tan ostentoso. Es increíble que Furiosa, con toda su astucia y templanza le dedique tantos minutos a este pobre infeliz.

Y ahora me estoy quejando del final, pero durante el primer tramo de la película, en el que tanto hincapié se nos hace en la relación de estos dos personajes yo estoy tremendamente distanciado. La trama es la típica historia de venganza. Si además nos fijamos en la mirada oscura de Furiosa nos acordamos de Batman y si encima miramos al mandamás de la Ciudadela, hay que pensar en “El caballero oscuro: La leyenda renace (2012)”.

Entiendo que el antagonista representa su infantilismo con un osito de peluche. De hecho hay un juego en el que Furiosa lo tira al suelo, por su infancia perdida. Hacer algo así después de “Ciudadano Kane” es algo bochornoso. También es sonrojante la soberbia con la que Furiosa le exige a Hemsworth que le devuelva a su madre y su infancia.

Cuando nos estamos acercando al final una voz en off nos habla de una guerra. Una guerra que, por las imágenes fugaces que aparecen, promete ser trepidante. Todo esto se despacha en una elipsis, lo cual no sería grave si no fuera por la chorrada de escena final a la que se decide dedicar tantos y tan interminables minutos.

Me molestan un poco los guiños a “Mad Max: furia en la carretera”. Una de las virtudes de este mundo es la falta de compromiso con nadie. Ello le permitía desplegar un nuevo imaginario cada vez que arranca una película. Por el contrario aquí vemos repetidas ideas de la anterior película, a veces como meras menciones, sin explotar su potencia estética. En particular me refiero al soporte lleno de volantes al que acuden los guerreros blancos antes de entrar en batalla. Aparece en un rincón, como esperando a que el espectador lo perciba y se alegre de reconocerlo. Igualmente el espray plateado nunca tiene un plano tan potente como los que veíamos en la anterior entrega.

Diría que la mejor escena de la película es en la que el camión cargado de víveres se dirige a una de las fortalezas en el desierto. Esta escena podría pertenecer a la anterior película directamente. Hay otra escena impresionante y que sí es bastante única: cuando se adentran en la ciudadela de las armas, tomada por nuestro patético antagonista. En esta escena Furiosa protege al conductor del gran camión ejerciendo de francotiradora. Hay un momento en particular en el que hay dos lugares de conflicto en el plano manejados con gran virtuosismo.

La cámara en general hace unas virguerías impresionantes. Cuando se están protegiendo de los asaltantes desde el camión la cámara vuela con una libertad inaudita. Vemos cómo un pie acelera, se abre la puerta del camión, la cámara sale de la cabina, gira para mostrarnos qué está atacando al conductor y asciende para poder ver cómo ese ser que vuela con unas enclenques aspas choca contra la cisterna. Aquí se sugiere una imagen a la que no se permite desarrollarse en todo su esplendor. Este hombre que volaba y que ha quedado enredado, arrastra una larguísima cola. La vemos volar detrás de la cisterna, pero nunca se le permite brillar.

No recuerdo si en la primera película había tantas secuencias de disparos como en esta película. Siendo justos, no es que haya muchísimos disparos, pero cuando la acción se centra en ellos no creo que tenga nada demasiado original que mostrar. Las armas son anodinas, las muertes son anodinas, las peleas son predecibles…

Sobre todo en la primera secuencia los efectos digitales son feos con ganas. Hay alguna escena más en la que vemos cosas… raras. Tengo la imagen de un lanzallamas cuyo chorro de fuego me ha parecido muy poco convincente. No sé asegurar que esté hecho digitalmente.


viernes, 31 de mayo de 2024

SANGRE EN LOS LABIOS

Dir.: Rose Glass
2024
104 min.

Urge ilegalizar A24. Repite fórmula de violencia, humor negro y referencias. Todo bien mezclado, sin construir nunca nada. La sensación que me provoca es de gran distanciamiento. No sólo es que la película no se tome en serio a sí misma, lo cual es legítimo, es que todo parece un cúmulo de decisiones arbitrarias. La escena en la que la culturista termina convirtiéndose en un gigante a modo de deus ex machina choca con la idea que se había explotado en la que la ira era el desencadenante de sus problemas.

Por lo tanto la venganza contra los hombres nos remite a “Una joven prometedora (2020)”. La escena en la que regurgita a su interés romántico nos hace pensar en “Men (2022)”. Esa complicada relación padre hija y el tono en el que se trata la violencia se emparenta con “Beau tiene miedo (2023)”. Incluso las escenas hiperestetizadas que dejan de lado la gravísima trama principal nos hacen pensar a ratos en “Spring Breakers (2012)”. La desvergüenza con la que nos muestran las deformidades del cuerpo maltratado es algo que estamos hartos de ver en los últimos años. Por poner un ejemplo reciente: “Cuando acecha la maldad (2023)”. Los planos rojísimos en los que Kristen Stewart rememora los crímenes de su padre me han hecho pensar en “Mandy (2018)”.

Cuando abraza todos los clichés del cine escandalizador contemporáneo por lo menos nos libramos de los diálogos poco ocurrentes y las escenas torpes. Que las dos protagonistas resultan atractivas es innegable. La película se ha montado un escenario de maravilla poniendo a todos los demás personajes como seres despreciables. Bien porque se quedan inexplicablemente en una relación de maltrato, bien porque son maltratadores, por su mismo aspecto físico o por el desagradable aspecto de drogadicta que presenta la casi acosadora de Kristen Stewart.

Ambas actrices protagonistas deben celebrar su carisma, porque ninguna tiene una actuación estelar. La imperturbabilidad de Stewart no ha resultado sorpresiva. Más luce la interpretación de Ed Harris. Me gusta mucho cuando está toda la familia en el hospital y él descubre la relación entre su hija y su empleada.

La obsesión de la culturista debería resultarme estimulante. Sin embargo todo el asunto de la violencia era tan grave que creo que impedía prestarle atención a este otro aspecto. En vez de tratar con cuidado ese tema parece una excusa para justificar una dependencia de las sustancias que darán lugar al desquiciado final.

En varios momentos he visto elementos del cine de Lynch. Ocurre que ninguno de ellos era lo suficientemente explícito para convencerme de que la referencia fuera buscada. Pero haber visto varios de ellos me ha llevado al punto de irlos buscando. Hay una escena en la que las dos enamoradas hablan susurrando en la cama con luz azul. Cuando en “Mulholland Drive” se decía I’m in love with you aquí se dice I love you. La pistola se guarda en una caja azul que puede recordar a esta misma película. El concurso de culturismo tiene como telón de fondo una tela que me recuerda a “Terciopelo azul”. También me recuerda a esta película el momento voyeur en el que Kristen Stewart observa a su padre metida en un armario.