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viernes, 7 de noviembre de 2025

WEEKEND

Dir.: Jean-Luc Godard
1967
105 min.

Me ha fascinado. Tiene una última media hora en la que creo que la película se agota. Se acerca a imágenes que busquen el escándalo y creo que se convierte en algo poco interesante. Claramente hay un punto en el que empieza el declive: cuando un argelino y un congoleño recitan sendos discursos acerca de cómo la comunidad internacional trata los problemas de esos territorios derivados de los últimos estertores del colonialismo. Entiendo que estos asuntos en su día eran de gran actualidad. Puedo entender que colar mensajes de este estilo en una obra que se exhiba ante un gran público tiene un efecto subversivo. Creo que a día de hoy no funciona particularmente mal. Creo que las caras de aburridos de los personajes que encarnan la burguesía apelan inevitablemente al espectador tan despolitizado de la actualidad. Esta película tiene varias referencias al Estado de Israel y a su conflicto con Egipto que entiendo que durante años quizás pasaban inadvertidas en el espectador. Su efecto se ha visto revitalizado en 2025.

Creo, sin embargo que la película pierde el norte tras el asesinato a la mujer mayor. Haciéndose así depositarios de una pingüe herencia. Esta escena termina con un conejo despellejado que se cubrirá de la sangre de la anciana. La pareja, para hacer que la muerte parezca el resultado de un accidente simulan un accidente de tráfico. ¡Otro más! Lo llamativo de éste, que servirá de colofón para el tema de los accidentes de tráfico, el choque se produce contra una avioneta.

Aún habrá aquí cosas interesantes como el ruido incesante de la batería. Reconozcamos el mérito de la estética de estos individuos que hacen su guerrilla por el monte. Me gusta mucho y me reconcilio con Godard cuando una mujer canta una cancioncilla tras que una bala la ha herido de muerte. Cuando termina de cantar, los rótulos que reconocemos como propios de Godard nos avisan de que en el siguiente plano acontecerá un fallo de racord. En conclusión, no es que nada tenga sentido en esta parte. Es que vemos que no vamos a ningún lado y que todo se ha agotado. Viendo la película en una sala de cine es imposible ignorar el hecho de que a la intelectualidad urbana le sigue incomodando ver la matanza tradicional de animales de granja. En principio me generaría desdén tener que asistir a la cruel forma de desangrar un cerdo o al incómodo degüello de un pato, pero oyendo lo que ha oído en la sala, no puedo considerarlo un recurso (aunque fácil) trivial.

Pero cómo me gusta la atentísima mirada de la cámara a esa mujer que describe un relato erótico, no sabemos si soñado, si real, pero seguro febril. No queda claro el tipo de consentimiento que ella da a los hechos que narra. Quizás hoy en día el espectador no percibe sus palabras tan tórridas como sonaban en la década de su estreno. Pero la verdad es que el texto me gusta mucho. Es cuidado pero sin caer en la poesía. Es desvergonzado como tiende a ser el erotismo francés, pero sin ser descarado.

La parte central de la película es una especie de apocalipsis en el que toda la burguesía ha muerto en accidentes de tráfico. La verdad es que ver los campos franceses sembrados de coches destrozados, cuerpos con sangre falsa… Sobre todo me gusta por la solidez de la propuesta. Se llega a asumir de tal manera, que los personajes protagonistas pasan a ignorar este espectáculo. Sí, los pintan así como los cínicos que son; pero la cámara no se recrea en esa violencia. Veremos un piano en mitad de una granja que toca una sonata de Mozart mientras la cámara pone a prueba nuestra paciencia.

Y la escena que más me fascina es el larguísimo tráveling. Un falso plano secuencia, ya que se interrumpe para que la cámara pueda retroceder algunos kilómetros y poder rodar otro rollo más. El coche de los burgueses adelanta a una larga fila de coches atascados en una carretera general. El ruido de los cláxones es incesante, aturde. Aquí obviamente se trata de mostrar a este matrimonio de burgueses (y en particular al esposo) como alguien arrogante, que se cree con derecho a pasar por delante de todo el mundo. Me gusta también que se mezcle la monotonía de la mayoría de vehículos, casi todos los coches no tendrán nada reseñable, con algunos hallazgos sorprendentes. Así entre dos coches perfectamente esperables en cualquier película francesa encontramos un velero y unos tripulantes desplegando sus velas o dos individuos jugando al ajedrez en el asfalto.

Por supuesto es alucinante encontrarse a Jean-Pierre Léaud vestido como un militar francés y recitando no recuerdo qué texto político. El matrimonio de burgueses mientras le mandarán callar. No mucho más normal será su siguiente escena, cantando una canción francesa, “Allô, tu m’entends?”, en una cabina telefónica. Esto concluirá con una genial y graciosísima pelea por quién puede montar en su coche.

Tras la escena del atasco, en el primer accidente que presenciamos, un agricultor chocha con su tractor contra un coche cuyo conductor muere. Entonces la pareja del difunto, burguesa, empieza a abroncar al agricultor con un discurso que no por obviamente irónico deja de ser divertido. Aquí mientras se dicen soflamas bastante trilladas acerca de la lucha de clases vemos primeros planos de rostros obreros que posan ante la cámara.

Burgueses franceses andando por el campo tienen un referente inmediato: “El discreto encanto de la burguesía (1972)”. Como es posterior, no la podemos considerar una referencia. Sin embargo hay una apelación a Buñuel cuando un letrero dice, sin que llegue a relacionarse con nada: “El ángel exterminador”.


viernes, 17 de octubre de 2025

LA ZARPA

Dir.: Narciso Ibáñez Serrador
1967
45 min.

La puesta en escena es muy teatral, pero tiene algunas secuencias con recursos propiamente cinematográficos. La más llamativa es, claramente, aquella en la que se descubre un hombre ahorcado en una habitación. La cámara adopta un picado muy distinto al resto de los valores de plano que habíamos visto antes. En el cambio de plano se revelan los pies del cuerpo colgando y descubrimos que la cámara estaba posicionada en los ojos del muerto.

De alguna manera da la sensación de que todo lo de esta película lo hemos visto ya en otra parte, pero no resulta sencillo pensar en los ejemplos concretos. El recurso añejo tantas veces elogiado de sugerir en vez de mostrar en este caso tiene una justificación por los medios. Es decir: la imagen horripilante que se nos obliga a imaginar es la de un cuerpo con autonomía motora y cuya mitad superior ha quedado destrozada por aplastamiento. Por la limitación de producción es evidente que no vamos a ver nunca tan grotesca imagen. Así que como espectador, me coloca en una posición muy cómoda, sin ponerme en tensión por lo que pueda aparecer en pantalla.

En cuanto a las interpretaciones en general están muy bien. Quizás sea por lo poco naturalista de toda la película. La mayoría de los personajes tienen un tono más profundo de la vitalidad de Manuel Galiana, que interpreta a Ricardo, el hijo del anciano matrimonio. Es una voz juvenil, supongo que haciendo más terrible su muerte. Parece una voz casi propia de un actor de doblaje.

De alguna manera el interior de la casa, que tan obviamente se identifica como un plató, me permite aceptar que estén en Inglaterra. A la vez consigue gran fuerza para los planos del exterior de la casa. En particular me refiero al barro que atraviesa el muerto viviente y sobre el que yace al final la zarpa de mono.


viernes, 10 de octubre de 2025

FINAL FELIZ

Dir.: Oldrich Lipský
1967
69 min.

La premisa de la trama es curiosa. Vemos una historia de amor bastante clásica en la que todo transcurre hacia atrás. Lo único que se permite que vaya hacia delante son las frases de los personajes. Esto le permite crear diálogos en los que una frase parece responder a su propia réplica. A veces funciona mejor que otras. Pero como tampoco se puede sostener durante muchas frases no llega a ser cargante nunca.

El narrador tiene una posición muy interesante. Conoce menos que el público. Es decir, nos cuenta esa historia como si en esa dirección fuera el devenir natural de los hechos. Sin embargo la fisicidad del mundo sí le sorprende. Así, por ejemplo cuando asesina al amante de su mujer tirándolo por la ventana, lo que veremos en pantalla será cómo un cuerpo inerte sobre el empedrado se eleva hasta entrar por una ventana cuyo cristal se recompone. El narrador entonces se maravilla de que alguien pueda dar tan tremendo salto.

Empieza con un chiste que a nosotros nos resuena el monólogo de Gila: mis padres no estaban cuando yo nací. Esto lo dice porque el destino final del protagonista será morir en la guillotina. Entonces por lo que a él respecta, nace en ese momento. De igual forma no dice que mata a su esposa: la monta como si fuera el maniquí de Serrat. Se maravilla de que su hijo sea capaz de producir tantos litros de leche por la boca al día. Se lamenta del día que gana una gran apuesta deportiva. En ningún momento la película se vuelve particularmente graciosa, pero nunca está mal traída la confusión entre imagen y narración. Uno por supuesto no puede evitar comparar con Nolan y “Memento (2000)”. En la película checa la narración se rompe igual que lo hace en la de Nolan y sin poder escapar nunca del juego de la marcha atrás.

Visualmente quizás hay algunos momentos interesantes. Pero como hoy tenemos tantísima facilidad de ver grabaciones en reverso pocos son sorprendentes. Claro, muchas veces habla el narrador sin que el diálogo de la escena diga nada. De esa forma el espectador que no necesite subtítulos puede deleitarse con el juego visual. Creo que las imágenes más fascinantes son aquellas en las que los personajes comen. Supongo que los actores estarán instruídos para que la imagen quede lo más limpia posible. Es muy curioso cómo se recompone la comida en bocados tan grandes y fluídos.

Una problemática que no es evidente a priori es que el inicio de una trama de este estilo tiende a ser lo más anodino de estas historias. Sin embargo aquí el narrador consigue un efecto muy interesante. Es decir, los típicos encuentros más o menos fugaces que deberían hacer crecer nuestro interés por el porvenir de esa pareja en este caso sirven para que el narrador nos explique cómo poco a poco intenta verse cada vez menos con ella. También consigue con mucha naturalidad dar por muerto a un personaje solo porque es la primera vez (la última en este caso) que aparece en la película. Es decir, es como si el narrador no tuviera más información que la que vemos nosotros.


lunes, 22 de septiembre de 2025

PLAYTIME

Dir.: Jacques Tati
1967
123 min.

Segunda película que veo Jacques Tati. La anterior había sido “Mon Oncle”. Con respecto a esa, la mayor diferencia evidente es que no hay ese culto al personaje de Mr. Hullot. En esta ocasión todo es más un desarrollo de su estética y arte visual. La coreografía parece muy medida en toda la película.

Pero lo más evidente es la crítica a la sociedad moderna. Hay un detalle realmente triste y es que los únicos edificios que se ven en la película aparecen reflejados en vidrios. Nunca se les enfoca directamente. En esta ocasión no se hace tan cómico como en “Mon Oncle”. Solo hay que recordar el plano de la oficina, los cubículos son vistos con terror más que comedia. Aun así, siempre se puede hacer el chiste y se introduce al ejecutivo con sus zapatos de claqué.

La primera parte es la más relacionada con la modernidad. Y donde Mr. Hullot tiene más protagonismo. Pero aun así el personaje no está tan caracterizado. Pero se preserva su mirada inocente a un mundo que no comprende.

En la segunda parte tenemos una fiesta. He de decir que es una de las secuencias menos prudentes que he visto. Normalmente el cine suele ser comedido y la cámara te indica dónde está la acción. Aquí de repente tenemos muchos asuntos, con muchos personajes y muchas acciones a medias. Todo en un escenario reducido y con mucha gente en escena. Lo cierto es que normalmente el cine me suele parecer demasiado escaso en cuanto a descontrol, pero esta escena ha cumplido de sobra las expectativas. Los gags parecen completamente improvisados. Como meter a un borracho en una silla como si fuera una papelera, no creo que un guionista haya escrito eso, parece la genialidad de alguien que ya está en el set de rodaje.

Hay dos ausencias muy notables en esta película: los planos de puro recreo de “Mon Oncle” (como la mítica escena de las escaleras) y una música que acompañe al personaje. Igualmente, muy buena película.


viernes, 21 de junio de 2024

BARBARELLA

Dir.: Roger Vadim
1967
98 min.

Es divertida, estéticamente potente, imaginativa, casi siempre autoconsciente. Una maravilla. Su carta de presentación es muy potente: un estriptis en una pobre gravedad cero. El traje de astronauta del que ella se va desprendiendo también es bastante pobre. Pero la película ya tiene un cierto desafío al espectador: no se le muestra meramente un cuerpo apetecible. Los títulos de crédito revolotean por la pantalla. ¡Qué grandes eran los grafismos de los años 60! En su vuelo tratan de cubrir sin mucho empeño las partes pudendas de Jane Fonda.

El estriptis da paso a una conversación telefónica durante la cual la protagonista se mantendrá desnuda. Pero siempre de una manera juguetona, porque ella lo trata con cierta naturalidad y la cámara no busca centrarse en sus pechos ni la puesta en escena se obsesiona por taparlos. Sin duda estamos ante una película erótica. Pero sin esforzarse en crear escenas tórridas. Ello a pesar del poco pudor que manifiesta ella.

La escena en la que por fin se derrumba cualquier atisbo de pretensiones que pudiera tener la película es la escena que comparte con David Hemmings. Esta escena es hilarante. Parece que ambos actores estuvieran jugando. Es un no parar en un humor en tono paródico. Me resulta delicioso que permita a esta escena crecer tanto que cree sus propios chistes recurrentes. Ella asume con ligereza y humor su condición de objeto sexual. Él acaba de interrumpir la trama, por lo que se nos cuenta es un personaje importante en ese mundo y aún así se encargan de que no pueda albergar ni un ápice de solemnidad… Esta escena me vuelve loco y permea todas las intenciones de la película.

Una vez que hemos visto esto nos permitimos reírnos a gusto de los hilos que vemos cuando flota una nave, de la absurda explosión de los guardianes antagonistas, de las alas del ángel ciego… Todo ello que hasta entonces nos quedaba la duda acerca de cuán en serio habríamos de tomarlo acaba de ser profanado y podemos divertirnos. Precisamente cuando todos estos elementos descacharrantes se aglutinan en una demasiado larga escena épica a mí me aburre un poco. La escena típica en la que un antagonista quiere usurpar el poder… Todo ello me aburre porque son los mismos elementos cutres que ya he visto intentando construir una cierta épica.

Musicalmente sí funciona muy bien esta apoteosis… El componente sonoro de la película siempre es una maravilla. Delirante es la música cuando Duran Duran trata de matarla de placer con su órgano. El componente lisérgico está muy presente. Es muy potente la imagen de un ángel crucificado. De forma más evidente en las formas que las tintas dibujan suspendidas en el líquido. Pero una de las primeras imágenes sorprendentes que propone la película son unos conejos puntados de azul. Pocos segundos después tendremos el primer impacto en una renuncia a la verosimilitud cuando la protagonista empieza a ser devorada por unos muñecos con dientes metálicos. Unos dientes que cierran con gran estruendo.

Estos muñecos dan pistoletazo de salida a otra constante en la película: los cambios de ropa. Se buscan trajes que realcen la figura de nuestra protagonista y en particular que le moldeen sus pechos en forma de cono.

Hay un gusto en general por el plástico cuando se busca mostrar algo sofisticado tecnológicamente. Por ejemplo cuando vemos el laberinto es algo mucho más natural, más cenagoso. Incluso con telas de araña. El laberinto cuando se funde con el fondo y asciende hasta llegar al lugar donde habita la élite irremediablemente me ha recordado a los fondos el expresionismo alemán. Gusta el humo, las luces… Los colores…


viernes, 26 de febrero de 2021

PEPPERMINT FRAPPÉ

Dir.: Carlos Saura
1967
92 min.

Lo increíble de esta película es su década y su nacionalidad. Hay elementos que no nos esperamos en el cine español y hay una sexualidad, rabiosa, que no nos esperamos en la España franquista.

Julián, interpretado por José Luis López Vázquez, vive una sexualidad reprimida. Sus únicos objetos de deseo son las mujeres de revistas, que colecciona. Para él las mujeres deben seguir ese prototipo. Así cuando su enfermera le dice: pero sus piernas parecen perchas él contesta como debe ser. Cuando encuentra una mujer casquivana la admira y la desea como un enfermo. No es capaz de pensar en otra cosa. Se esfuerza entonces en convertir a su enfermera en la mujer que él desea.

Aquí se complica aún más el juego. Julián está convencido de que la mujer a la que desea ya la había visto hacía años en una tamborrada de Calanda. Esto es rotundamente falso. Él sólo es capaz de enamorarse de esa idealización de la mujer. Se ha enamorado de esa imagen y cada mujer que la encarne será su objeto de deseo. El tambor que truena con su agitación es el símbolo de su excitación.

La película está rozando la sexualidad continuamente. Julián enseña a su enfermera una máquina para hacer ejercicio que simula unos remos. Esta máquina está delante de un espejo. Su enfermera comienza a hacer el ejercicio. La cámara entonces empieza a evitar el espejo, haciendo que el espectador pueda imaginar lo que ese espejo reflejará debajo de su falda.

Por otro lado en la contienda que la película nos hace creer que existe entre Julián y Pablo para seducir a Elena hay un juego de meter un palo en un agujero de un muñeco. Pablo falla y Julián atina. La película nos convence de forma muy tramposa de que Julián va a terminar con Elena. De hecho la película ha cimentado esta idea haciendo que Elena y Pablo estén casados pero no por la Iglesia. De manera que sería un argumento que la censura habría permitido. De igual forma hay un momento de la noche en el que Julián no puede dormir y Pablo y Elena acaban de irse a la cama. A Julián le viene a la memoria el recuerdo de una niña con un saltador. Así el muelle de éste hace las veces del somier de la cama con los dos novios.

El personaje de Elena, por Chaplin, es una maravilla. Es una mujer cuyos únicos intereses son corretear, beber, bailar y los hombres. La música que suena mientras ella baila es una auténtica rareza en el cine Español. Es una maravilla su imagen con las gafas de lupa para poder maquillarse adecuadamente. Desde muy al principio de la película se la clasifica como demonio en la cruz de piedra de Cuenca. La forma en la que aparece con el tambor en el Puente de San Pablo, con la hoz a oscuras, a contraluz con los faros de un coche… Verla bailar de forma explosiva mientras Julián se mueve como un muñeco de gigantes y cabezudos. El liguero asomando por debajo de una sotana negra y corta…

Sonoramente es una delicia. Tiene multitud de recursos. El órgano psicodélico que suena mientras Julián revela las fotos en su estudio. La escena del estudio tiene un poco de todo. Luces rojas, negativos… esa idolatría a Elena. En esta línea tenemos también el diálogo entre Julián y Elena delante de un Zóbel, siluetados, en una sala negra. La habitación que él tiene en el antiguo balneario sigue una estética muy propia de su década. Asombra ver una escalera con una alfombra roja expresamente para asomarse por una ventana.

Julián es una maravilla de personaje. Un ser absolutamente enfermo, obsesivo, que no tiene una palabra para una mujer que no sea acerca de su físico. Que abiertamente quiere convertir a una mujer en lo que él espera conseguir. ¿Para quién te arreglas? Para la gente o para mí. Esos ojos que le pone a Elena, como si fuera un inocente, casi como los de Groucho.

En cuanto a Cuenca sorprende verla así. La ciudad baja con tejados hundidos. La subida al Parador sin asfaltar, con un trozo de muralla que hoy no se mantiene… Lo cierto es que tal dosis de modernidad no lo soporta la ciudad de ninguna manera, pero precisamente eso es lo que hace las imágenes de la hoz del Júcar tan poderosas. Aunque sea una ciudad tan poco moderna, sus edificios altos la hacen parecer imponente.


viernes, 21 de junio de 2019

DOS O TRES COSAS QUE YO SÉ DE ELLA

Dir.: Jean-Luc Godard
1967
95 min.

Los títulos de crédito ya anuncian una estética anticuada. No se va a perder durante toda la película pero no es tan acusada como en el cine de Almodóvar. Lo que más molesta de esta estética es la fotografía en exteriores, en general colores azulados pero los blancos muy quemados. Muy parecido a lo que ocurría en Tatí.

La peli tiene una temática muy temporal. La guerra de Vietnam y el capitalismo son sus dos principales focos de ataque. Esto es interesante porque no hay muchas películas que lleven el intelectualismo de Sartre y Herman Hesse a imágenes. Por supuesto no he visto ninguna antes que ataque la sociedad capitalista de esta forma. Además hay referencias al límite del lenguaje al estilo de Wittgenstein.

Hay una escena bastante larga en una cafetería donde conversa un escritor comunista con una estudiante que conoce su obra. Él se dedica desmitificarse y es divertido ver el aire de intelectualidad que ha tenido la filosofía siempre. Además aquí es más llamativo porque aún no nos parecía mal que un hombre adulto embelese tan descaradamente a una estudiante admiradora.

Lo cierto es que la fórmula es muy atractiva. Una historia de víctima del capitalismo contada en primera persona cuando hace falta, susurros de un narrador con imágenes sugerentes, testimonios de personajes a los que no volvemos a ver explicando su miseria… Las reflexiones filosóficas no están mal aunque un poco anticuadas también. Ahora no son esos asuntos los que nos preocupan.

La crítica que le hago es la de siempre: falta narrativa. Supongo que no hay otra forma de reflexionar si no es quitando las cosas que pasan pero para mí eso es imprescindible.

Formalmente hay cosas curiosas como los primeros planos que recortan barbilla o frente. Es llamativo que a pesar de que el zoom es mayor que los primerísimos planos de Lynch, no se produce ese sentimiento invasivo de las caras de él. Además cuando el narrador empieza a reflexionar quita cualquier otro sonido ambiental. Esto contrasta con los sonidos de una ciudad en obras. Hay planos que se repiten para mostrar que el lenguaje no puede expresar todo… Si no hubiera sido tan aburrida habría estado bastante bien.