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viernes, 3 de julio de 2026

HANNA

Dir.: Joe Wright
2011
111 min.

No deja de ser una trama del típico pasado que viene a descalabrar la vida que el protagonista ha conseguido granjearse. Pero la película tiene una construcción estética que la hacen muy atrayente. Para empezar nos cuentan relativamente poco del origen real de Hanna. Sí que hay una escena concreta en la que se relata la explicación básica. Pero tampoco se ahonda en ello. El padre de Hanna y la antagonista sabemos que tienen una relación de años. Tampoco se nos describirá. El hecho de que se emita esta clase de explicaciones permite que nos quedemos siempre con nuestra protagonista, sin marcharnos a escuchar digresiones que poco nos importan.

Diría que sólo hay una escena analéptica en toda la película, la de la muerte de la madre de Hanna. Esto nos permitirá ver en acción a Cate Blanchett. No es que tenga ningún momento de actuación estelar. Para empezar tiene una cara que difícilmente puede mostrar expresividad. Esto ayuda a componer un personaje gélido. El caso es que aunque la actriz no sea lo determinante para el poderío de su personaje sí que me gusta ver la escena de ella acercándose a ese coche en llamas y ya sin víctimas dentro.

En fin, que la película no se despega de Hanna y da lugar a multitud de imágenes sorprendentes que realmente son lo que hace que esta película tenga algún valor. Hay un cuidado especial en las localizaciones, en la iluminación, en la banda sonora. No hay grandísimas peleas. Se prefiere más bien permitir a Hanna realizar acrobacias imposibles. Dejar que crezca su imagen de persona sobrenatural antes que dedicar largos minutos a acrobacias medidas. Que suba a un bloque de pisos por la fachada sabe Dios cómo. Que sea capaz de aparecer sobre unos contenedores portuarios segundos después de verle abajo.

Los planos en los que alguien se mueve de un lado a otro, por lo general anodinos en otras películas del género, quizás enfocados en el rostro del héroe de acción de turno, aquí siempre tendrán detalles interesantes. Aunque sean simplemente edificios residenciales berlineses totalmente machacados. Me acuerdo también de ese hombre, probablemente sintecho, en silla de ruedas que canta. La cabeza de Hanna saliendo directamente del suelo del desierto la primera vez que roza la libertad… Hay muchas imágenes que necesitan una contemplación nada habitual en el género. El ritmo del montaje no es que sea poético, tampoco nos encandilemos con cuatro imágenes que han quedado en nuestro cerebro. Pero me gusta por ejemplo ese duelo entre las dos mujeres ante las enormes fauces de un lobo. Más onírico será ese ciervo que se aparece antes del último asalto.

El parque de atracciones abandonado la verdad es que está utilizado con bastante detalle. No se recrea nunca en un ambiente tétrico que es el tópico de estos lugares. Se buscan las imágenes concretas que puedan resultar estimulantes. Desde ese primer paneo lateral en el que vemos dinosaurios, elefantes y otros animales ya desmembrados. Qué bonito el plano de los patines en forma de cisne, ordenadamente elegantes. Tampoco se cae en el tópico de usar maquinaria antigua para crear trampas mortales.

¡Qué bonita esa primera entrada a la casa de los cuentos que tanto le ha leído su padre! Ese juego de luces. Ese personaje que le enseña su casa. Un acento alemán forzadísimo. Casi nos recuerda al personaje pelirrojo de “Holy Motors (2012)”. Más totalizante serán las luces de colores bajo un fondo rojo que nos mostrarán la muerte mussoliniana de este afable personaje. Muy interesante también ese juego de luces parpadeantes por unos conductos, quizás de ventilación, de estética casi brutalista. Luces blanquísimas para un escenario de color gris como el hormigón.

Cuando entramos en el nudo de la historia tenemos un par de momentos en los que se presenta la divertida paradoja según la cual Hanna sabe de todo porque su padre la ha instruido, pero sin embargo es la primera vez que ve casi todo. Alguna vez será cómico, pero desde luego no es por lo que más brilla la película. Así que me gusta la ligereza con la que se despacharán estas escenas. El momento del beso con el chico. Es gracioso, no mucho y por si la escena no funciona, no se la aguanta más de lo necesario.


viernes, 6 de septiembre de 2024

PRIMOS

Dir.: Daniel Sánchez Arévalo
2011
97 min.

Naíf, es cierto. Pero con unos diálogos muy bien escritos. La mayoría de personajes muy bien interpretados. Un guión con el típico punto de inflexión vital al reencontrarse con los recuerdos de cuando eran jóvenes. Pero se evitan los conflictos. No hay nada problematizado. Si el tipo aparece después de años sin dar señales de vida ella accede sin problema a retomar una relación carnal. Todo fluye. Ellos no tienen planes ingenuos que por su propia torpeza queden desbaratados.

Los tres primos parecen nacidos para esos papeles. Cuando vemos a Adrián Lastra, el tuerto con traumas de la Guerra de Irak no podemos evitar acordarnos de la persona drogadísima en “Un funeral de muerte (2007)”. Aunque solo sea por ese correr maníaco vestido con una chaqueta de frac. Pero lo cierto es que tanto la construcción del personaje como la interpretación son una maravilla. No nos reímos de él por estar desequilibrado. Es una persona que lo está pasando mal y este sufrimiento no es el motivo de burla. Sí hay escarnio hacia las frases que dice, pero creo que se le trata con mucho cariño. Me resulta muy emocionante cuando ese personaje apocado se ve en un video de hace diez años en el que se mueve con total desparpajo en un escenario en las fiestas del pueblo (—¡Pareces otro! —Es que era otro.)

Me gustan mucho también las frases cortadas y los derrumbes instantáneos de Quim Gutierrez. Creo que es un rasgo del personaje que no está exagerado, que no se abuse de ello, interpretado soberbiamente. Cómico pero sin que sea una tontería. Sí: el punto de presentación del personaje da un poco de rabia porque por culpa de su inmadurez hace que toda su familia, invitada a su truncada boda, tenga que tragarse un discurso quejicoso. Pero no es la tónica general de este personaje. Es responsable dentro de su indecisión.

La pareja que hacen Antonio de la Torre y Clara Lago es quizás lo que peor funciona de la película. Es una situación que me parece recrudecida artificialmente. Aparte de eso quizás sean los actores donde se percibe mayor diferencia a nivel interpretativo. No sé exactamente por qué, pero el alcohólico me funciona cada vez menos conforme avanza la película. El rasgo suyo de responder correcto cada vez me lo creo menos. Me parece que si bien cuando le vemos tirarse por primera vez al mar es muy cómico (—¿Dónde vives? —En el mar.), cada vez se usa este recurso de manera más gratuita. Casi como si se confiara en su repetición para hacer todo el trabajo.

Adherido a estos personajes está Raúl Arévalo. Quizás sea de los pocos personajes que puede caernos mal. De los primos, es el único que tiene intenciones dudosas. Claro, no puede nunca ser el blanco de los juicios morales de los espectadores porque está la terribilísimamente malvada Toña, quien tortura psicológicamente a su paciente. En cualquier caso aunque Raúl Arévalo nos resulte simpático durante casi toda la película la escena en el prostíbulo se convierte en alguien extremadamente casposo.

Inma Cuesta es una gozada verla en la pantalla. Está siempre guapísima. Se la ilumina para que así la veamos. Es un personaje de infinito cariño. Su rostro siempre recibe luces cálidas, luz blanda. Insisto, realiza muchas acciones gracias a que no se problematiza nada de lo que ocurre. Pero es de una finura la frase con la que se despide de su pretendiente: Las cosas que dije que no sentía no las sentía de verdad porque no me ha dado tiempo a sentirlas.


viernes, 16 de abril de 2021

MEDIANOCHE EN PARÍS

Dir.: Woody Allen
2011
96 min.

Argumentalmente es la más original de estas películas últimas de Woody Allen. A pesar de eso se mantiene en las mismas temáticas de siempre. Quizás en este caso se expliciten más las relaciones que se consideran deseables. En este caso el encargado de representar el intelectual atormentado es Owen Wilson. Lo hace bien, vemos el sempiterno personaje de Woody Allen, pero el actor tiene suficiente personalidad como para que no parezca una caricatura.

En esta ocasión tratamos el tema de que todo tiempo pasado fue mejor. No sólo eso, además está el no tan falaz aforismo de que todo tiempo europeo es mejor que cualquiera estadounidense. Woody Allen se enamora de los años 20 parisinos y los parisinos de aquella época se enamoran de finales del Siglo XIX y ésos del Renacimiento… Se efectúan viajes en el tiempo que de momento ya es algo inesperado en las películas de Allen. Esto es algo que resuena en cierta manera con los viajes entre clásicos del cine de “Rifkin's Festival”.

La presentación del argumento conlleva este juego en el que el protagonista se asombra por un hecho sobrenatural. Esto nos da un par de secuencias donde tiene que asumir lo que esta viviendo y nos produce muchísima pereza. Se da la curiosa situación de que alucina al enterarse de que está viajando a los años 20 parisinos pero después asume como normal que, dado que está con la intelectualidad de entonces, se pueda encontrar con Dalí o Buñuel.

Tenemos todos los elementos de las películas de Woody Allen de esta época: una ciudad a la que rendir culto, lluvia como sumun estético, un pedante que le roba a su chica, una chica cultísima que sustituye a su actual pareja… Con estas premisas la relación que mantuvo con su hijastra debió ser como dos cerebros teniendo sexo… Probablemente estas obras sean un refugio para él donde la burguesía puede vivir prácticamente de cultura. Vive a caballo entre Manhattan y Europa porque el dinero les permite vivir donde sea y visitar todos los restaurantes de la última ciudad de la que se hayan enamorado.

Quizás por cercanía el personaje de la cultura que más resalta es Dalí interpretado con bastante mesura por Adrien Brody. Resulta por lo menos curioso que para el póster se haya recurrido a la noche de Van Gogh. Es un poco cansino el doradísimo que inunda las escenas propias de edades de oro varias.


viernes, 19 de febrero de 2021

EL CABALLO DE TURÍN

Dir.: Béla Tarr
2011
146 min.

Es una película que lleva al límite de la paciencia al espectador. Me ha aburrido. Pero no tanto como sus dos horas y media podrían haberlo hecho. De hecho, la primera mitad de la película provoca más bien impaciencia por que ocurra algo. Según se acerca el final, observas abnegado que no va a ocurrir nada.

No me parece de recibo que la máxima tensión que aparezca en la película sea ver si una mujer se come una patata o no. Los momentos de la comida son muy desasosegantes, el hombre se abrasa intentando comer su patata lo más rápido posible y ella la come lentamente y nunca la termina. ¡Su única comida diaria es una patata y ni siquiera entera!

El primer plano del caballo tirando de la carreta con el viento nos da una música horriblemente disonante, nos da el viento y nos informa de que los planos largos serán una constante. Ahora vemos cómo una vida que parece el infierno y que no puede ir a peor, va consumiéndose. Pero para ello el espectador tiene que esperar mucho.

Es muy desasosegante el final y muy llamativos los cambios del silencio de la casa con respecto al estruendo del exterior. Casi es decepcionante que en el final no ocurra nada muy reseñable. Todo va enfocado a un apocalipsis que ha llegado a la casa también. Parece que tendrán un final trágico. Realmente esa tensión no se libera en ningún momento. Solo vuelve a haber una última comida con patatas sin cocer.