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viernes, 26 de junio de 2026

FRAUDE

Dir.: Orson Welles
1973
85 min.

Es conocido que el documental al final se revela como falso. Estaba preparado para este giro. Lo que yo tenía nada claro era cuánto de lo que vemos en pantalla sí que es real. El documental es tan irónico, tan descargado de realidad, posmoderno en cierto sentido. De alguna manera se trata todo el rato que no nos creamos que las imágenes que vemos son reales. Hay un gusto por un montaje descaradamente impostado. Se intercalan rapidísimos planos en los que un personaje reacciona a lo que otro está declarando a cámara. Declaraciones que evidentemente ocurrieron en otro tiempo y lugar. Yo he pasado muchos minutos convencido de que todos los testimonios eran actuados. Resulta fascinante descubrir que esa historia, explicada de forma tan caótica es real. Hay un momento dado en el que Orson Welles hace una recapitulación de los personajes presentados hasta el momento. No solo lo hace de forma confusa, sino que aprovecha este momento, que debería ser clarificador, para darle una vuelta de tuerca más a la historia.

El uso de la moviola nos hace recordar de forma inevitable en “Tren de sombras (1997)”. Realmente no se hacen apenas referencias al material físico cinematográfico. Hay un momento dado que, porque sí, se sale la cinta. Otro momento en el que se nos muestra el rebobinado para repetir una frase sin gran trascendencia. Como digo, parece que la película busca constantemente que le perdamos el respeto a los hechos que se nos relatan.

La actitud de Elmyr, el pintor húngaro es alucinante. Me encanta su acento. Su confianza, su ligero amaneramiento, su forma de pintar. ¡Cómo quema esos cuadros! Por supuesto al pensar que el documental era falso, este acto tenía poco de provocativo salvo por la obstinación en quemar obra. Saber que ese hombre realmente es capaz de hacer esas falsificaciones tan valiosas hacen que esos planos junto al fuego sean mucho más potentes.

¡Cómo le gusta el cine a Welles! Qué manera tiene de mirarnos. Qué ojos sabe poner. Qué forma de llenar todo el cuadro con su figura. Su ancho tronco, su negra vestimenta, su capa y sombrero… Siempre que haga un primer plano rellena todo el cuadro, tanto el margen inferior como el superior. Es un embaucador, lo dice desde el inicio. El único momento en el que parece que la película quiere que se la tome en serio es cuando decididamente lo que se cuenta es mentira. Cuando se relata la historia de Picasso, una chica y nuestro falsificador de cabecera.

Por un lado tenemos la prosa de Welles. Escrita con mucho cuidado y una poesía poco evidente. Qué manera de recitar. Qué cadencia, qué sentido del ritmo. Cómo sabe acompañarse de las imágenes para dar ritmo a lo que cuenta. Y lo que hace con el montaje al hablar de Picasso es una absoluta locura. Cómo a partir de unas pocas fotografías y unos pocos ojos sacados de su obra consigue hacer vivir a ese personaje. Es algo alucinante. Durante toda la película nos ha acostumbrado a un montaje tan frenético, casi como de Nouvelle Vague, que cuando tiene que servirse de él para que le funcione el artificio, a nosotros no nos choca.

Es muy interesante también el experimento que se hace al principio al mostrar a Oja Kodar. Un efecto Kuleshov rabiosamente ejecutado. Ese gesto del viejo distraído que se transforma en nuestra mente. Cómo se gira todo el mundo. Es una delicia.


viernes, 30 de octubre de 2020

EL PROCESO

Dir.: Orson Welles
1962
118 min.

La novela de Kafka genera un ambiente onírico, acumulativo y confuso muy único. Me alegra que la adaptación no haya normalizado ni un ápice cuanto transmite la novela. No se privan de nada. Anthony Perkins es una suerte de Kafka con mucho más atractivo. Los extrañísimos elementos de la narración se presentan como enviados por algún ser divino contra el cual no se puede uno revelar.

El señor K es tremendo en su habitación. El techo es bajo y él es alto. Las posiciones de la cámara de Welles son la última pata para el trípode que consigue mostrarle tremendo. Esto contrasta con lo pequeño que resulta ante las enormes entradas del órgano jurídico. Lo primero que vemos en su habitación es una puerta en una perspectiva imposible que la sitúa en el centro del plano. En un plano secuencia se empieza a llenar la habitación de inspectores. Es hipnótico el detective de mirada intensa a la nada y con preguntas tremendamente molestas. Hay que decir que en el libro queda claro que el señor K es inocente. Aquí hay un aire de misterio a su alrededor que no nos permite descartar que esté envuelto en algún tipo de conspiración.

El caso es que todo está traído a la pantalla de forma magnífica. La oficina llena de gente en escritorios. Trabajando sin levantar la mirada, con el estruendo de las máquinas de escribir tecleando. Los espacios abiertos gigantes que se recorren como si fuera perdido. Ese cuarto donde se castiga a los inspectores encargados de su caso. Esa azotina ocurre exactamente igual que en el libro. Entiendo que un visionado de alguien que no conozca el libro puede sentir que se ha perdido algo. Es maravilloso cómo salen unos alaridos de ese cuarto y cuando el señor K se asoma a ver qué está ocurriendo los torturados le muestran con orgullo el esparadrapo en el que se van a tapar la boca.

La casa del abogado interpretado por Orson Welles es otra maravilla. Como muchos otros escenarios está lleno de metal remachado, cristal… Todo es un ambiente muy industrial, recuerda en este sentido a la Filadelfia de “Cabeza Borradora”. El plano más parecido a esta película es este donde vamos a una mujer con una pierna mecánica arrastrar un pesadísimo baúl. Oímos de forma maquinal su pierna chirriar. También nos viene en mente el plano culmen de “El verdugo” por los enormes muros desnudos. Los planos de las escaleras de esta casa pueden evocar también las escaleras de Escher. La casa iluminada con velas que se derriten goteando por las paredes, los destellos de los rayos del exterior, unos rayos indisimuladamente artificiales.

El juego de seducción con la enfermera es muy loco por lo enfermizo. Seduciendo a los clientes para que se mantengan en el juego jurídico. El abogado gritando a sus clientes a pesar de que son conscientes que están en el fondo de la pirámide jurídica. Cuando el señor K busca a la mujer por toda la casa es precioso cómo aparece entre unos espejos. Con sólo sus ojos ya ha ganado a la cámara y al espectador. El elemento de las membranas interdigitales y ese retozar entre papeles del abogado.

Igualmente es muy loco el momento del pintor de juristas. Cómo su ventana da al órgano jurídico y cómo las niñas miran a través de los tablones de madera de su ridícula casa. Las paredes serán de madera, pero las escaleras que llevan hasta ahí son del metal modernista del resto de la película. Incluso se ve una iglesia, con su cura desde un púlpito, con columnas remachadas.

No recordaba la historia que se cuenta al principio de la película. Esto casi rima más con la novela de Kafka “El castillo” donde un hombre pretende entrar a una organización. Estas ilustraciones son impresionantes por lo mucho que se apoyan en las luces para perfilar a los dos personajes. La historia por supuesto gana fuerza con la poderosísima voz de Welles. Cuando después se menciona explícitamente en la trama se genera una especie de ruptura de la cuarta pared rarísima. El señor K delante de una pantalla blanca sentenciando que conoce esa historia y que sólo quiere deshacerse del proceso. Tremendo momento.


viernes, 18 de septiembre de 2020

SED DE MAL

Dir.: Orson Welles
1958
108 min.

La primera secuencia es suficiente para elevar esta película por su virtuosismo. Está muy, muy medido todo cuanto ocurre y ocurren muchas cosas. Cerquísima de la cámara unas manos dan cuerda a una bomba que mete en un coche. Durante toda la película veremos coches descapotables y muy alargados; este diseño rima con el estilo pinup de la protagonista femenina. Hay muchas formas de encender una bomba, hacerlo con un temporizador con su sonido analógico les da una potencia inigualable a los siguientes minutos.

La cámara entonces vuela. Vuela por encima de un edificio y avanza dejando atrás y siendo adelantada por el coche que sabemos que va a explotar. Se cruzan carros, guardias de tráfico detienen el coche y manejan el flujo de peatones… Sin que sepamos muy bien de dónde han salido ni cuánto tiempo llevan ahí nos fijamos en dos personas que están constantemente al lado del coche. Estos serán nuestros protagonistas pero aún no lo sabemos. Aquí hay un momento mágico. La cámara es lo suficientemente tramposa para que no sepamos dónde mirar. Cruzan la frontera de México a Estados Unidos y… Explota.

La explosión es desmesurada. El coche bota ya en llamas. El resplandor, el humo, el fuego, una fuente que sin mucha explicación está en llamas… La escena se llena de policías. Los coches aparecen siempre con planos a la altura de las ruedas levantando polvo. La última persona en llegar a esa escena el imponente Hank Quinlan. No es sólo el enorme tamaño de Orwell sus planos siempre están en un contrapicado cuya perspectiva le ayuda muchísimo.

La cámara hace muchas peripecias. La cámara se hace notar después de la peripecia. Por ejemplo hay un ascensor muy pequeño con puerta de reja donde apenas caben 3 policías. El momento es ciertamente claustrofóbico. Cuando abandonan el habitáculo la cámara los sigue. Es algo completamente innecesario. Esa cámara sólo se mueve para que seamos conscientes que, pese a la estrechez, había un operario de cámara en el ascensor.

Técnicamente llama mucho la atención. La nitidez de la imagen es asombrosa. Además hay gran contraste entre blancos y negros. Recuerda al estilo de “Sin City” aunque en aquella película es mucho más exagerado. El momento donde más se juega con las luces es el asesinato de Grandi, este mafioso mexicano con ojos saltones, yo diría que pintados, peluquín, bajito y gran barriga. En esa escena hay una luz con un parpadeo muy lento que entra por la ventana. Esta escena culmina con la esposa de Vargas despertándose ante la mirada del cuerpo inerte e hinchado de Grandi.

El único escenario donde las luces no son tan agresivas es el local de Tanya, quien lee el no futuro de Hank. Ahí la cantidad de grises es mucho mayor. Aunque no me despierte mucho interés en este escenario se consigue construir un pasado para Hank perecido a lo que se intenta con desastrosos resultados en “Chinatown”. En el resto de los escenarios las luces son muy duras y los personajes proyectan unas sombras muy largas y perfiladas. Hay una discusión entre Quinlan y Vargas en un amplio hall. Cada vez están más lejos de la cámara pero sus sombras siguen enormes.

La última escena es soberbia. Se descubre a Hank como un tramposo por haberse dejado su bastón en la escena del crimen que él ha cometido. No es una gran mente que ha cometido un fallo. No seríamos capaces de creernos que alguien como él cometa ese error. Es un ser malvado, borracho, sabiéndose acabado. Entonces Vargas le persigue escuchando por una radio lo que el micrófono que lleva su compañero le permite oír de Hank.

El ruido se ha trabajado mucho a lo largo de la película hasta llegar aquí. Hemos tenido la habitación llena de la música que intenta hacer enloquecer a la mujer de Vargas, peleas con gran estruendo… Aquí la escena es muy silenciosa. Hank en un delirio brillante trata de oír a Vargas a su alrededor. Oye el eco de su voz en la radio de Vargas. Oímos los sonidos abstractos que emite esa radio. La imagen es una maravilla. Cuando por fin mata a su compañero Vargas aparece detrás de él. Pasa al lado de Hank y éste le ignora por completo.

En esta escena se ha andado desde un pozo petrolífero signo del poder y grandeza a un río lleno de basura. Es ahí donde muere este policía corrupto.

Si algo se puede criticar es al mozo de noche del motel donde se hospeda la esposa de Vargas. Ese tipo no hay nadie que se lo crea. A pesar de ello hay algo en su forma de moverse hipnótico. Está interpretado por el protagonista de “El diablo sobre ruedas”.