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Dir.: Joshua Oppenheimer
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2014
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103 min.
La estética llega a sitios sorprendentes.
La fotografía está muy cuidada.
Podemos reconocer brillos incomodísimos en la tez de muchas de las personas que se ponen ante la cámara.
La iluminación obviamente no es la idónea y aun así, consigue que las escenas sean agradables de ver.
Igualmente tiene una gran habilidad para encontrar planos estáticos sorprendentes muy estilizados.
Podemos distinguir el trabajo cromático al que se someten algunos de sus cielos.
El plano que sirve de exordio para la conversación más tensa es muy potente visualmente.
Primero hemos visto un cielo morado con pájaros de silueta muy definida cruzando el cuadro.
El siguiente y último plano de situación tiene una división horizontal:
en la parte superior se mantiene este cielo y se mantienen estas figuras voladoras.
En la parte inferior una negrura permite que se adivine una casa con la luz que sale por las rendijas de sus tablones, haces de luz de visible aura.
Durante las conversaciones se aprecia una habilidad para el ritmo.
El montaje y los silencios cargan de dignidad a Adi Rukun, quien conduce el diálogo.
Realmente la película parece un regalo para él.
Tiene interés cómo reacciona una persona que unos pocos años antes ha contado un relato con orgullo y sangre fría los actos más sádicos posibles.
Tiene un componente morboso que se le permita hablar al verdugo, que se le deje el tiempo para que hinche su pecho y que después su entrevistador le arrincone para que no pueda evitar los juicios morales de lo que está contando.
Eso es algo muy fuerte de ver, pero no deja de haber un tono revanchista.
Es admirable cómo mantiene la calma, pero podemos ver en sus palabras que las preguntas se formulan con rencor.
Cómo no.
Pero ello provoca que el asesino se ponga a la defensiva y el resultado es que escuchamos las mismas respuestas más o menos en todos ellos.
Todos justifican sus acciones, lógicamente cuando se les dice que están ante el hermano de una de las víctimas ya no hay ese regocijo, pero o bien se evita la responsabilidad o bien se cambia el nivel de la conversación:
se eleva a una visión política en vez de moral.
Los puntos de vista de las dos partes son irreconciliables en una conversación rápida y a traición.
Los asesinos no han sido cuestionados nunca.
Tienen su visión tan arraigada que sería un acto de humildad inesperado que le dieran la razón a quien viene a su casa a violentarlos.
Sí, lógicamente da gusto ver a seres tan atroces sentirse incómodos, pero no tengo tan claro que eso sea constructivo para nada.
No recuerdo si en “The act of killing (2012)” se relataba el hecho de beber sangre.
Muchas veces en esta película no sentimos todo el impacto que los recuerdos deberían producirnos porque son historias demasiado parecidas a las que oímos en el primer documental.
Pero que alguien que obviamente tiene la cabeza ida por los brutales actos que realizó se jacte de no haber perdido la cabeza por haber bebido la sangre del cuello de sus víctimas es algo insólito.
Es también llamativo cómo evidentemente Joshua Oppenheimer labró una relación con los asesinos durante el primer rodaje.
Ellos ven en él un rostro amigo.
Así cuando empiezan a sentirse incómodos podemos ver cómo sus ojos buscan a Joshua, cómo le piden explicaciones.
Cómo buscan un diálogo amable como fue el de su primera visita.
La imagen que se erige en su póster de las gafas de óptico tiene un momento muy concreto en el que se gana ser el icono de la película.
Un verdugo de rostro chupado y orejas grandes las lleva durante mucho rato de su conversación.
Se convierten en ese momento casi en el uniforme de los asesinos.
De alguna manera nos aliena de ese rostro.
Es imposible no sentir que la película pierde el respeto a estas personas.
Por eso digo que toda la película parece un regalo para quien busca que alguien le pida perdón.
No sólo el rodaje es una ocasión única para él; el producto final es irreverente con esas personas cuando nadie más en su entorno lo es.
Una frase que se repite varias veces es que todo aquello ya está cerrado.
Que esto solo viene a reabrir heridas.
Esta frase en España la tenemos muy oída.
Se nos incendia un poco la sangre al oír cómo se exige que no se hable de lo que ocurrió por ser pasado y acto seguido, con toda la arrogancia de quien se sabe impune, se amenaza a Adi Rukun.
El militar está deseoso de conocer cualquier mínimo dato de su identidad que le permita exterminar con el mismo salvajismo cualquier remanente que quede de comunismo.
Es como si la limpieza no fuera política, sino de pureza de sangre.
Algo que se decía en el anterior documental y que aquí los asesinos repiten es que los comunistas no tenían religión.
No es descabellado pensar que esto es cierto.
Aquí Adi decide catalogar esta frase de propaganda.
No me parece muy inteligente argumentativamente porque frente tal aseveración quien estuvo presente en los años 60 tiene las papeletas de ganar.
Pero el tema de la propaganda nos deja una rase maravillosa.
Uno de los mayores asesinos habla a cámara y dice que el exterminio comunista fue una cuestión internacional:
deberían llevarnos a Estados Unidos.
No digo en avión, pero nos conformamos con un crucero.
Al fin y al cabo fueron ellos los que nos enseñaron a odiar a los comunistas.