viernes, 27 de diciembre de 2024

LA CAÍDA DE LA CASA USHER

Dir.: Jean Epstein
1928
63 min.

Está plagada de recursos. El montaje es endiablado. Tiene un nervio que recuerda al de Eisenstein. Pero a la vez nos presenta escenarios con una gran carga onírica. La cámara se pasea por esas estancias de forma fantasmal. Me recuerda al inicio de “El año pasado en Marienbad (1961)”. Esa cadencia pesada, conseguida con ayuda de una elegante cámara lenta. También las cortinas que cubren los muros del castillo evocan esa manera de pasar el tiempo que tanto le gusta retratar a Tarkovsky.

Es sorprendente lo poderosa que es la combinación de dos imágenes muy sencillas. En un plano las cortinas que he mencionado se mueven por un viento absurdo para una estancia interior. En el siguiente plano vemos cómo caen los libros de las estanterías. Si es por la caída que aparece en el título o por el viento, poco importa. Me recuerda a esa forma de caer que tienen los objetos a cámara lenta en “El espejo (1975)”.

Cuando retrata la obsesión del enloquecido pintor lo hace con muy pocos recursos. Por un lado su mujer que está perdiendo la vida a medida que su retrato se perfecciona. Por otro lado la cámara y su rostro se acercan. Su pincel se mueve más allá del objetivo. Es un mirar penetrante como el de el más famoso de los rostros de “El carnaval de las almas (1962)”. Sus rostros de delirio son maravillosos. Además de este, en el arrebato de la creación, tenemos otro mucho más contenido cuando está esperando que su esposa llegue de vuelta de la tumba. Se permite en otro momento vaciar por completo el cuadro. Él está en el centro en un plano medio. Todo lo demás es negrura. Como su piel no resalta lo suficiente se le hace vestir de blanco bajo la chaqueta para que contraste bien.

Con respecto a esta imagen, una dama de blanco que viene de noche evoca mucho el vestido de una novia. Ello a pesar de que no lo sea. Las telas blancas se alzan altísimas en la noche. Habrá que mencionar el plano en el fondo del río de “La noche del cazador (1955)”. Es tan evidente que no parece ni interesante acordarse de “La novia cadáver (2005)”. Pero gracias a la cámara lenta y sin abandonar a las novias también me ha recordado al icónico plano de “Melancolía (2011)”.

Es muy romántica en el sentido que exige Edgan Allan Poe. Reúne todos los elementos que podríamos esperar de este tipo de terror. Incluso cuando ya nos acercamos al final parece acordarse de que conviene incluir un gato. Tenemos un búho, una noche de tormenta, con todo lo que le gusta la electricidad y los rayos a esta estética. Ese cúmulo de velas al lado del cual muere la chica. Quizás no sea un elemento particularmente interesante, pero es algo con suficiente fuerza para llenar el plano mientras ella se desploma.

El haber introducido las velas en el momento de la muerte, sirve de excusa para generar esas imágenes tan curiosas con superposiciones cuando están transportando el féretro. Escena que me ha recordado al entierro de “Vampyr, la bruja vampiro (1932)”. Todo el transporte del cuerpo de ella es tremendamente fantasmal. Ya desde los primeros momentos, cuando él toma su cuerpo entre sus brazos. Deambula por la estancia. La cámara se mantiene fija en él. Salvando las distancias, el efecto es como el de los primerísimos planos de “Inland Empire (2006)”.

Por lo general me gusta cuando podemos ver el artificio de alguna modesta maqueta. En este caso el castillo me resulta imposible de comprender. Las primeras veces que lo vemos el castillo aparece de la forma tópica en la que podría aparecer cualquier castillo de Drácula. Aparece tras una niebla. Pero entiendo que la maqueta es tan pequeña, que no se distingue nada entre la bruma. Lo que es delirante son los planos finales, en la noche estrellada. Las luces que, entiendo, representan los astros parecen disponerse cubriendo el tronco de un árbol. Genuinamente no entiendo qué se quiere representar. Además de eso lo que funciona terriblemente mal es cada vez que caiga un cascote en llamas del castillo. Insisto en que la maqueta es diminuta por lo que la caída de cada trozo es a una velocidad que rompe cualquier verosimilitud del plano.

Existe un plano también muy complicado de entender. No sé si es culpa del blanco y negro, de la iluminación o de la pobreza de la imagen. Cuando entran a la cripta en la que depositarán el ataúd ésta está ubicada en un bosque. Bajan una escalera como corresponde al género del terror romántico (y, siendo justos, también es habitual en las criptas). La estancia a la que llegan, lejos de tener grandes muros de piedra desnudos y telarañas, es un plano que no alcanzo a comprender. Casi parece un escenario típico de viajes al centro de la tierra. Como con motivos vegetales…


viernes, 20 de diciembre de 2024

HONOR DE CAVALLERIA

Dir.: Albert Serra
2006
110 min.

Es indudable que la búsqueda de experiencias a la que aspira Albert Serra nos lleva por un desierto de aburrimiento en muchas ocasiones. La sensación de realismo que esto produce es muy genuina. Es mayúsculo el efecto si lo comparamos con las películas personalísimas que pueblan nuestro cine. Llenas de salones y conversaciones casuales.

Aunque durante la película no caemos en la cuenta de ello, queda como elemento totalmente icónico la figura de este Quijote, callado, andando, mirando y rompiendo la calma del monte para decir Sancho. Y es que estos momentos son la gran magia de la película: los discursos que Quijote le suela al pobre muchacho. Este eterno torrente que nunca transmite nada.

Es maravillosa la actitud paternal con la que le empieza a explicar a Sancho que mientras dormían ha llovido porque hay caracoles. Hay algo precioso en esta escena porque sabemos que obviamente en esa localización no ha llovido en los momentos anteriores al rodaje. Así Quijote señala unos caracoles que obviamente no están ahí. En la ficción de la película sí están, no hay motivo para dudar de ello. Pero es tal el realismo de la escena que verle señalar algo que no existe mientras le explica al pobre Sancho que está despistado y que está siempre dormido es muy bonito.

No quiero enumerar todos los diálogos pero lo mismo ocurre en la escena del río. Eso es una absoluta maravilla. Quijote hablando de lo cómodos que están, de lo buena que está el agua. Sancho ahí siguiéndolo. Si no tuviéramos la obra de Cervantes respaldándola, sería totalmente incomprensible qué hace ese hombre ahí. El caso es que en esta escena el delirio de Quijote es muy bonito de ver. Parece que tiene dos conceptos con los que jugar y los va soltando según decide juntarlos.

El tan admirado por Albert Serra cine digital está muy presente. Quizás el momento más heterodoxo sea cuando un zoom digital buscando sabe Dios qué movimiento entre las hiervas del monte. Ahí escuchamos el motor del objetivo al acercarse a lo que esté enfocando. El grano de las imágenes oscuras se lleva a unos límites absolutamente demenciales. Según cuánto rato lleve jugando con nuestra paciencia nos resultará más o menos interesantes. Por ejemplo cuando va una comitiva de hombres llevando a Quijote enjaulado nos interesa bastante poco. Porque aquí la película lleva mucho rato avanzada. Pero en el plano en el que las dos figuras están totalmente desdibujadas llega en un punto en el que nos sorprendemos de que se haya diseñado un plano para llegar a ver la luna moverse.

Cosas como la conversación con Albert Pla o la admiración de un roble sin ningún motivo pero con un aura de espiritualidad que no había tenido la película me sobran bastante.


viernes, 13 de diciembre de 2024

HOUSE

Dir.: Nobuhiko Ôbayashi
1977
88 min.

Antes de que haya necesidad de trucos para representar hechos sobrenaturales, ya tenemos un montaje extrañísimo. Se busca marcar una irrealidad todo el rato. Por supuesto todos los cielos que vemos son pintados, pero este hecho se vuelve innecesariamente explícito cuando se bajan de un autobús y vemos un bonito cielo con unas bonitas montañas. Al cambiar el valor del plano vemos que esto está dibujado en un muro que está en mitad del campo. ¡Lo absurdo es que el paisaje real en este momento es igual de artificial que el que está dibujado!

Hay transiciones de escenas muy locas. Por ejemplo, una chica abre la puerta y el plano anterior se rompe haciéndola aparecer tras él. La madrastra, a la que la chica odia, aparece por primera vez tras la cristalera de su terraza, con unos cristales ligeramente deformantes. Hay efectos de este estilo todo el rato, muchas veces muy inexplicables. En un alarde de virtuosismo veamos a una chica que sufre el ataque violento de unas sábanas rodada desde debajo del suelo. Éste se vuelve transparente y entre la chica y la cámara sólo vemos las teóricas marcas de los tablones de madera.

Para presentar a los personajes protagonistas tenemos una típica escena en la que se hablan las unas a las otras trazando sus personalidades a grandes rasgos. De esta manera sabemos qué caracteriza a cada una y sus nombres. Minutos después, más tarde de lo que ningún canon aceptaría vemos una secuencia en la que la cámara enfoca cada rostro y un letrero nos dice el nombre de cada una.

Hay decisiones incomprensibles constantemente. Por supuesto las escenas de lucha son absolutamente caóticas. Supongo que la violencia se intenta generar por mero aturullamiento. Mucho movimiento y poca precisión coreográfica. Digamos que esto lo admitimos como propio del género de arte marcial japonés. Pero se rompe el tono de muchas escenas. Tenemos elementos estimulantes en segundo término. Los momentos más truculentos están acompañados de efectos de todo tipo…

Siempre es de manera muy velada, pero hay un erotismo que aparece de vez en cuando proyectado sobre las adolescentes muy incómodo. Por ejemplo cuando llega la escena de psicodelia absoluta, en la que el croma alcanza su máximo esplendor, vemos un cuerpo femenino fragmentado. Uno de los cachos que vemos es un torso, suponemos que adolescente, desnudo.

Precisamente como me ha demostrado que la imprevisibilidad es parte de la película, los momentos más oscuros consiguen darme miedo. Cuando una niña mira frente a frente a una muñeca, me espero lo que sea. Es el mismo efecto que consigue Lynch. Hay un momento particularmente lynchiano en el que la chica protagonista se mira al espejo y toda su silueta y su reflejo se envuelven en llamas.


viernes, 6 de diciembre de 2024

FLOW

Dir.: Gints Zilbalodis
2024
83 min.

A no ser que se empatice con nuestro protagonista la película es una gozada. En caso contrario es un conjunto de penurias que tanto detesto. El tratamiento de los personajes se mantiene en una personificación algo leve. Sin duda no dotarles de lenguaje nos ayuda mucho a mantener una cierta distancia. Gracias a ello podemos soportar las relaciones de abuso interespecie que enfrentan a las aves zancudas o a los perros contra el gato protagonista. Es admirable que se consiga esta distancia a la vez que muestran habilidades tales como el manejo del timón de un barco. Hábilmente el guion se ocupa de que nunca enfrenten problemas que quedarían resueltos si tuvieran la precisión motora de un humano.

En cuanto al argumento me gusta que se nos plantee como objetivo unas altísimas columnas; casi celestiales. Tenemos claro que ahí queremos llegar, no sabemos muy bien por qué, pero tampoco es relevante. Estamos en un mundo asolado por las aguas, vayamos ahí. Se vuelve incluso un objetivo imperativo si pensamos en la querencia de los gatos a subir a sitios altos. Una vez que hemos llegado ahí y el ave patilarga ha ascendido a una suerte de plano trascendental a través de las auroras boreales nos quedamos sin una dirección a la que ir. Los pocos minutos desde aquí hasta que acabe, me pierden bastante. Incluso tenemos un momento en el que los animales deben trabajar en equipo para salvar a los perros y al capibara. Un conflicto que me parece fuera de la tónica de la película y que se resuelve con el único objetivo de pintar a los perros como una especie egoísta. Un retrato que me parece algo difícil de compartir porque lo que les hace olvidarse de sus compañeros de viaje es la persecución de un conejo, es decir algo puramente instintivo. Entiendo que la película busca con este acto de abandono caracterizar a los perros porque ya muchas veces antes se los ha pintado como personajes negativos; pero, insisto, recurrir a un impulso que el espectador percibe como inapelablemente irracional me parece muy desconcertante.

Obviando estos detalles que, sin duda, un público infantil pasa por alto fascinado por el despliegue visual, la película es una gozada. La cámara nunca para: siempre se mueve con muchísima fluidez. Aunque sea un tópico decirlo, los larguísimos planos pasan desapercibidos. Los contraplanos siempre aparecen con un giro de cámara. Esta suavidad al moverse dota a todas las escenas de gran calma. Incluso los momentos más violentos, en los que el ave queda con un ala malherida, no permiten que se tense la escena. El animal protagonista puede sentir miedo, como se espera de un gato, pero ni la música ni la cinemática se esfuerza en que los espectadores humanos sintamos el miedo visceral de un animal.

Nunca se explica en qué tipo de mundo estamos. Entendemos que en una etapa de nuestra Tierra postantrópica. Esa falta de descripción le permite desplegar una serie de recursos como le dé la gana. No diré que una ciudad sumergida sea algo original, pero se permite jugar con ello de forma muy libre. La imagen que sí parece más inédita es la de un enorme cetáceo con apéndices de aspecto mesozoico saltando majestuoso entre las ruinas de una ciudad renacentista inundada. Esta libertad en el diseño de escenario le permite evocar un pasado majestuoso que desapareció; con colosales esculturas de gatos y de personas. Igualmente es indócil la premisa; y tan pronto se inunda el mundo como se disipan las aguas para devolvernos a la normalidad.

La imagen que se reproduce en el plano del gato flotando entre peces de colores es ciertamente bella. Su creador lo sabe y se apela a ella un par de veces. Claramente el valor estético es el motivo principal para mostrar estos bancos de peces. Pero a nivel de guión resuelve un asunto que, en otras historias, podría ser una complicación cuya resolución no suele ser estimulante de ver: el problema de la manutención. Aquí nuestros protagonistas nunca pasan hambre porque siempre tienen peces disponibles para comer. A los peces se los asume como totalmente inhumanos y así la cadena trófica no pone en jaque la positividad del protagonista.

El nivel de la animación es brutal. Hay algún momento en el que la lengua del golden retriever es más bidimensional de lo que debería. Pero la textura del agua es perfecta. La cinemática es perfecta. El movimiento de la vegetación al paso de los animales es perfecto. Se renuncia a la textura de pelo que tanto asombraba en “Monstruos, S.A. (2001)”. Así no hay que enfrentarse al desafío de cuán mojado está el pelaje a cada momento.