viernes, 31 de enero de 2025

LA GUITARRA FLAMENCA DE YERAI CORTÉS

Dir.: C. Tangana
2024
91 min.

Me ha gustado mucho. Me he reído con los diálogos de los gitanos. Me ha emocionado la historia de un personaje que conocemos por destellos. El flamenco está rodado con una fuerza arrolladora. Los elementos narrativos funcionan muy bien, pero las escenas musicales son soberbias.

La puesta en escena es imaginativa. Incluso cuando la escenografía corre más riesgo de desbarrar, como es el momento en el que Yerai le canta a su madre subida en un altar, el momento más simbólico, ahí la estética sigue siendo muy llamativa. Esos zapatos brillantes golpeando el suelo, arrastrando la arena, qué forma de llenar el espacio sonoro. Es cierto que la cámara en mano en esta escena se mueve un poco errática. En particular me refiero a ese paseo que hace desde el maravilloso órgano de tubos que tan bien amalgama la música hasta Yerai. Este plano busca posicionar la cámara frente a su madre para construir el clímax con el que concluye la escena. Un clímax en el que percibimos claramente la mano de Raül Refree. Como digo, en algunos de los paseos de la cámara sobre la arena roja, vemos que el objetivo, más que caótico, parece perdido. Quiere mostrar ese deambular de las mujeres cubiertas con tejidos blancos, pero el resultado es un mareo.

Todos los momentos musicales funcionan genial. Es bonito que Yerai, siendo el protagonista del documental, nunca despliegue un virtuosismo que se coma las actuaciones. Al contrario: solemos fijarnos mucho más en quien esté cantando o bailando. El baile y las palmas de “La Plaza Argel” es una absoluta gozada. A lo largo de la actuación la cámara cambia de altura, gira desde dentro del círculo que forman los gitanos palmeros. Es una sensación muy inmersiva. Es la primera escena en la que vemos a tantos gitanos juntos. La estética de muchos de ellos nos resulta muy ajena. Unas tripas, unas barbas, unos tatuajes… Esta es la puerta de entrada a esta sociedad y por el resto de la película nos quedamos encandilados de ellos. Creo que hay algo hábil en la película a la hora de elegir qué cosas del mundo gitano, no digo esconder, porque no creo que se esconda nada, pero sí se elige hacia dónde dirigir el foco. Por ejemplo hay una charla maravillosa en el patio de una casa en la que se habla de cómo reaccionó el mundo gitano al enterarse de que Yerai tenía una novia paya. Aquí se habla de lo tóxico que son los hombres gitanos. Por la gracia que tienen todos ellos al hablar, se puede sacar este turbio tema sin que perdamos el cariño por ellos. El esperpento máximo se alcanza en la canción “Los gitanos sonamos así”. Se recrea en un río seco una vida gitana antigua. Con un patriarca que parece salido del sketch más ofensivo de Juan Muñoz. Un mero figurante Israel Fernández. Un teclista berbenero a más no poder. Es una delicia.

Narrativamente se busca que la historia no esté en primer plano todo el rato. Vamos oyendo conversaciones acerca de Tania. Descubrimos que Tania es su novia paya. Después oímos algo de una infidelidad. De repente Tania cambia de color de pelo, lo que por un momento, nos puede confundir acerca de quién es esa persona. Pero a la vez se habla de Tania como alguien que ha muerto y cuya tumba va a visitar Yerai… Es todo muy confuso. Pero nunca es críptico. No se trata de ir recogiendo las piezas de un puzzle. Se nos desorienta con una conversación y en la siguiente escena se nos revela de qué se estaba hablando.

Hay que ser muy hábil para conseguir emocionarnos de esa manera simplemente poniendo la cámara delante del nicho de esa chica muerta con 24 años. Esto es un documental, no hay forma de que nos creamos las supersticiones que todo el mundo da por ciertas al rededor de la muerte de esta chica. Toda esa poesía de que murió por haber tenido que guardar un secreto… No podemos creernos todo eso y sin embargo cuando Yerai llora delante de la lápida, todo aquello de lo que habíamos renegado desde la butaca, surte efecto y la lágrima aflora.

Los testimonios de los dos padres son muy divertidos. Me gusta esa incontinencia verbal que tiene la madre. Lo efímero de sus eso no se puede decir, que se traicionan en cuanto Antón sostiene la mirada un segundo más. Me gusta esa narración del padre, la de la persecución policial en coche, que revela el final, a lo Shyamalan, que todo le ocurrió con 12 años. Me encanta cuando el padre le dice a su hijo: ¿tú de esto estás pillando algo? Me encanta ese hombre persiguiendo a C. Tangana, Poncho, para que grabe algo con su hijo. Me gustan sus subjuntivos imposibles.


viernes, 24 de enero de 2025

NOSFERATU

Dir.: Robert Eggers
2024
132 min.

Me resulta un poco bochornoso que Nosferatu se presente como una alegoría del deseo sexual de la protagonista femenina. El diálogo que tienen ellos dos en la habitación me resulta un poco insoportable. Por un lado porque se le da al vampiro una explicación con la que uno entendería que es algo dentro de ella lo que ha traído la peste al pueblo. En general es imposible cogerle nada de cariño a este monstruo. La forma que tiene de hablar es hostil todo el rato. No hay rastro de esos modales exquisitos que veíamos en las anteriores películas. Entiendo que la idea es confrontarlo con el marido pusilánime, Thomas. Se intenta representar un juego a tres en el que la seducción, la entrega voluntaria de la chica, conlleva la pérdida total de la hombría de su esposo. Este personaje está muy maltratado en la película. Recordemos el juego perverso en el que Willem Dafoe incita a Thomas a hacerse el machote solo para que Ellen pueda pasar la noche sola en casa y recibir a su amante.

Una de las pocas cosas interesantes que se pueden rescatar del juego erótico es la reflexión de que si asumimos que chuparle la sangre a Ellen es una entrega carnal, chuparle la sangre a Thomas no tiene por qué ser distinto. Esto implica que cuando Nosferatu muerda a Thomas veremos un plano en el que evidentemente le está sometiendo sexualmente. A pesar de que esta lectura de la historia sea novedosa, lamento que esté ahí al servicio de unos valores tan toscos.

La historia de Nosferatu es más bien tonta. Se puede adornar dándole las lecturas que se quiera, pero al final es una historia de un monstruo. Si nos gusta “Nosferatu (1922)” y “Nosferatu, el vampiro de la noche (1979)” es porque ambas proponen estéticas muy fuertes. Aquí me cuesta simpatizar con la película porque todo tiene un aura de un gótico kitsch. Estéticamente vale muy poco. Pero además la historia me la están contando con unos aires de trascendencia que no puedo con ellos. La forma de hablar de Nosferatu es terrible, parece una parodia de quien intenta dar mucho, mucho miedo. Me resulta bochornoso el encuentro con la carroza embrujada. Casi a nivel de Tim Burton. Y es de una soberbia feroz que se apele a las sombras que hicieron mítica la obra de Murnau. No contento con tratar de remedar uno de los planos más famosos de la historia del cine, considera las sombras como algo a lo que se recurrirá siempre que más o menos cuadre. Lo tenemos nada más empezar, ese plano terrible de la mano acechante sobre la ciudad (más que a “Nosferatu (1922)” parece apelar a “Fausto (1926)”) y el plano que más explícitamente dialoga con la de Murnau, aquel en el que se suben las escaleras. Un plano que aparece sin potencia alguna, como un guiño travieso en el exordio del clímax de la película.

Si tenemos que reconocerle una invención estética a la película es el hecho de que Nosferatu luzca bigote. No solo bigote sino unos pelos mal puestos en la calva. Al contrario que Herzog y Murnau, que disfrutaban de mostrarnos a su lívido vampiro, aquí se trata de esconderlo el mayor tiempo posible. Esto permite a Robert Eggers crear hábilmente un susto muy efectivo. Cuando Nosferatu se acerca a morder por primera vez a Thomas, el vampiro se aparece desde las sombras y aproximándose al haz de luz nocturna que entra por la ventana: es la primera vez que vamos a ver el diseño de este personaje. Nuestra atención a la pantalla es máxima, entonces vemos la imagen de Hellen con la cara ensangrentada. El diseño de Nosferatu es prácticamente el punto fuerte del personaje frente a cualquier otro vampiro, que aproveche la revelación, la máxima concentración del espectador para aumentar la efectividad del susto me parece por lo menos sagaz.

La bodega del barco es, tanto en Nosferatu como en “Drácula (1931)”, un momento importante para entender el poder de este monstruo. Es decir: cuando se baja a la bodega es porque sabemos que Nosferatu va a salir de su caja. En ese sentido es también un buen momento para darnos un susto. Pero me parece que lo que se obtiene es bastante torpe.

El momento de la muerte de Nosferatu es otro de los momentos clave en la película. La transición en cortinilla horizontal es uno de los momentos estelares de “Nosferatu (1922)”. Su sucesora nos deja esa imagen tan ferozmente cómica de Klaus Kinski tirado en el suelo con los ojos en blanco, como si fuera una cucaracha muerta. Aquí el parguelas entra en la habitación a punto de descubrir a su amante. El contraplano de esa uva pasa, con las piernas de alambre es de un ridículo espantoso. No tengo pegas en que esto ocurra, insisto en que la historia de Nosferatu es una chorrada. Hace 100 años podemos entender que se la tomara en serio, hoy de ninguna de las maneras. Lo grave es que la película no parece darse cuenta del dislate que está narrando y no cede ni un segundo en la solemnidad que pretende insuflar a esa muerte.

También me parece un pastiche cuanto rodea a Willem Dafoe. Lo que en “Nosferatu (1922)” se resolvía con un librito que lee Thomas, aquí lo tiene que decir de viva voz este médico esotérico. Convencionalmente entendemos que no es elegante que se nos explique la trama por escrito. Pero es un recurso que está tan denostado que podría reivindicarse como algo estilístico. ¡Podría haber colado como un guiño a la obra original! Pero un personaje que viene a contarnos lo que pasa… Eso es terrible. Reconozco que quizás soy más duro con él de lo que se merece porque es el responsable de convertir la película de vampiros en una película de posesiones. Podemos ver a Hellen retorcerse en la cama con una corporalidad que dista muy poco de “El exorcista (1973)”.

La muerte de las dos niñas tiene el hoy en día típico momento de mirada de la violencia como algo anodino. Podemos reconocer en la forma en la que Nosferatu arroja al suelo con total falta de respeto a sus víctimas la misma posición soberbia que tenía la cámara ante el desagradable final de “Men (2022)”. Que muera su madre nos deja una escena de necrofilia muy innecesaria, aquí sí, sin ninguna solemnidad. Por lo gratuito y lo grave de la acción me ha parecido divertida. Antes de esto hemos visto los tres ataúdes bajar de la carroza fúnebre. Aquí creo que hay un golpe de efecto muy bueno: la cámara empieza mostrando la carroza; con un paneo horizontal recorremos todo lo largo que es el ataúd de la mujer adulta. Al terminar esta caja vemos los dos cofres mucho más cortos y, supongo que para hacerlo más evidente, absurdamente altos.


viernes, 17 de enero de 2025

INLAND EMPIRE

Dir.: David Lynch
2006
176 min.

Cuando arranca reconocemos los elementos de duplicidad de personajes y de evasión de la memoria ante los remordimientos que se proponían en “Carretera perdida (1997)” y en “Mulholland Drive (2001)”. Nos agarramos a los cambios de nombre. Después de haber visto las mencionadas películas y haber asimilado sus dinámicas nos sentimos preparados para seguir la historia buscando los paralelismos correspondientes. Esta empresa es un fracaso absoluto. Las versiones del personaje aumenta. Hay un diálogo entre realidad y ficción. Nuestra protagonista (sin tener muy claro en qué nivel de realidad) se abraza con su espectadora. Asistimos a una especie de harem en el que todas las mujeres maltratadas por su marido se reconocen. Este grupo de mujeres después aparecerá como un grupo de prostitutas… No podemos decir con seguridad qué plano es el real (si tal cosa existe), pero tratándose de Lynch yo me atrevería a apostar por el más decadente de todos ellos.

He terminado la película agotado. El primer diálogo con una mujer, interpretada por Grace Zabriskie, que le presagia lo que acontecerá, ya es desafiante para el espectador. Según Laura Dern aumenta su intranquilidad por lo que ella le relata la cámara va cerrando el plano de la siniestra mujer. Los contraplanos de Laura Dern se mantienen a una distancia normal. Nosotros nos acercamos más y más a la anciana mientras ella tensa todos los músculos de su cara. Un recurso de, por ejemplo, “Corazón salvaje (1990)” recrudecido.

Pero aquí aún nosotros podemos ver la escena con relativa calma. Aún no hemos entrado en la negrura que tendremos más adelante. Desde que empezamos a tratar con asesinatos y delirios la película no baja de intensidad nunca. No diré que el tiempo vuele, pero muy pocas veces tenemos ocasión de pensar en qué punto de la película estaremos. Andamos muy perdidos con el avance de la película. Muchas veces el personaje al cual estamos siguiendo cruza una puerta, sube unas escaleras. Entra en una estancia que ya habíamos visto habitada por otros personajes… Cada vez que se dirige a un nuevo pozo de oscuridad es un misterio. Ese momento en el que un plató se convierte en una casa real y desde la ventana que antes nos mostraba un oscuro estudio de cine, vemos ahora un brillante jardín conociendo las afinidades de Lynch, nos hace pensar en “El mago de Oz (1939)”.

Como es marca de la casa, gusta mucho de los interiores. De hecho aunque la película no se vuelva más luminosa yo siento mucha más calma cuando el escenario es un exterior. Si estamos en un salón, normalmente pintado con colores del todo desasosegantes, tendremos una puerta, un pasillo, una ventana… Un portal por el que cualquier terror puede aparecer en cualquier momento. Por las anteriores películas, tenía mis sospechas de que no suele ser así como Lynch nos asusta, pero Lynch ha conseguido romper tantas veces mis expectativas que ni siquiera podía dar esto por sentado.

Uno de los brincos que he pegado durante el visionado es ante una estancia en la que una mujer que acaba de ser amenazada por un hombre se queda de pie mirando el pasillo por el que él acaba de marcharse. Ella sola en ese inhóspito cuarto mirando el camino que ha seguido este hombre. Nuestra atención está puesta en ese pasillo. Dos mujeres cerquísima de la cámara miran el objetivo. Sus cabezas llenan casi por completo el plano. El recurso es muy curioso. No es lo repentino de su aparición lo que me hace saltar. Es algo parecido a lo que ocurría con Bob en “Twin Peaks: Fuego camina conmigo”. Ellas aparecen despacio. Es la certeza de que se nos mira a nosotros, en un momento de debilidad lo que resulta tan efectivo.

El discurso acerca del mal como ente abstracto que aparece en el primer diálogo nos evoca la manera en la que se habla de los villanos en las películas de Lynch. Cuando Laura Dern se ve a sí misma llegando al cine yo me acuerdo del plano de David Bowie en “Fuego camina conmigo”. Por algún motivo ella se confiesa de los actos de violencia que ha cometido en su vida contra sus maltratadores. Esta confesión la realiza ante un hombre gordo, con cara de pánfilo, mal afeitado,con gafas torcidas y con gesto aburrido. Me ha evocado al Señor croqueta al que habla Sherilyn Fenn en la tercera temporada de “Twin Peaks”.

En cuanto al digital, está presente siempre. Pero el impacto fuerte se da cuando lo vemos a la luz del día. De hecho la película arranca de día y lo que vemos casi parece un vídeo casero. Entiendo que el uso de estas cámaras le permite esos planos crudísimos en los que el rostro atemorizado del actor apenas puede respirar. No cabe nada más en el cuadro.

El tratamiento que recibe “Rabbits (2002)” es muy curioso. Da un poco sensación de inserto. Hay material que es calcado de aquella serie. En cierto sentido esto era de agradecer porque momentos terroríficos de esta serie están claramente identificados. Por supuesto se trae a colación la imagen de la madre conejo sujetando dos velas en referencia al grabado de Gustave Doré “La dance du Sabbat”. Pero por ejemplo vemos que los personajes de “Inland Empire” dialogan con los conejos a través del teléfono. En los preliminares de la película un conejo sale de su plató de televisión a un rococó palacio. Por algún motivo lo más desconcertante respecto a esta estancia es el ángulo de la cámara desde el que vemos a la familia no desde la posición habitual sino en un plano picado.

La película termina con una especie de reencuentro de una familia, como una vuelta a casa. Lo curioso es que a esta familia es la primera vez que la vemos. El hijo tiene una sonrisa muy incómoda de ver. Hay algo poco infantil en este niño. Aquí puedo entender una cierta ironía en Lynch. Esa música preciosista después de las terribles aberraciones contra las que Laura Dern ha abierto fuego. Este reencuentro no es bello del mismo modo que es mentira el pájaro final de “Terciopelo azul (1986)”. Sin embargo la mirada de este niño me ha recordado a la mirada del hijo de Laura Dern y Nicholas Cage en el final (hasta ahora entendía que no irónico) de “Corazón salvaje”.


viernes, 10 de enero de 2025

PARTHENOPE

Dir.: Paolo Sorrentino
2024
136 min.

Arranca con la belleza típica de las películas de Sorrentino. El primer plano de hecho es una imagen que me encanta: de la niebla acerćandose a la costa, una enorme y barroca carroza emerge flotando en una nave acompañada de un magnate gordo y presuntuoso. Lo cierto es que rápidamente la película se convierte en una pura adoración a su actriz principal: Celeste Dalla Porta. Es guapísima, es cierto. Las escenas en las que rebosa juventud luce un rostro, unos labios que generan un tipo de sensualidad como el de Sue en “La sustancia (2024)”. Por supuesto con una elegancia que aquella película no tenía.

Puedo entender que esta primera parte trate de mostrarnos lo bellísima que ella es en su juventud. Pero toda la mirada busca exprimir tanto la belleza y con tan poca sutilidad que la estética resultante es casi de anuncio. El uso de la cámara lenta a veces me resulta hasta bochornoso. Tampoco es lo más bonito que ella emerja de las aguas mediterráneas con el maquillaje impecable. Creo que en la parte final, cuando se debería recoger todo esto, tampoco se llega a sitios interesantes. De hecho me parece que la película se descalabra un poco. Me suena a un señor mayor diciendo a los jóvenes que aprovechen mientras puedan, que ya tendrán tiempo de convertirse en gente seria más adelante.

Todo lo que tiene que ver con la subtrama de convertirse en una actriz no me interesa demasiado. En particular el discurso que esa vieja gloria decadente ofrece delante de los habitantes de Nápoles. Puedo entender que para alguien de esa región escuchar esas palabras pueda servirle para generar una identidad, pero a mí es algo que narrativamente me da igual y en contenido me resulta demasiado ajeno. Además este negociado de convertirse en una diva tiene la rara escena de la ducha. Un momento en el que se genera un erotismo cuyo grado de ironía es difícil de calibrar: las siluetas de dos mujeres se dan un beso lésbico que tampoco entendemos del todo. Por el vapor de la ducha, por la belleza de la joven y por la promesa de la fealdad de la mayor podemos pensar de nuevo en el dúo de protagonistas de “La sustancia”.

Las fiestas sí me gustan bastante. Más la primera, que desencadenará el suicidio de su hermano, que la segunda, con el extraño encuentro con el cura. Me gusta mucho cómo ella se pasea por esos jardines llenos de gente rica, un jardín de las vanidades como el que se evocaba en “La gran belleza (2013)”, por transitividad la referencia es “La dolce vita (1960)”. Me encanta cómo las parejas de gente vestida con alta costura están casi tiradas por las esquinas. Esos abrazos que deambulan por esos mármoles. Hay algún momento hasta onírico casi: ese hombre joven trajeado, repeinado moviéndose por las estancias repitiendo: mamá, mamá, mamá… Hay un letargo en estas escenas que me recuerda a los pesados paseos de “El año pasado en Merienbad (1961)”.

Hay muchas cosas que se introducen sin saber muy bien a dónde vamos con ellas. Mi favorita es el tema del incesto. Me gusta que se sugiera una especie de amor platónico, que no va a ningún sitio. Se explica con poca profundidad. Se roza con la suficiente cercanía como para que no quepa lugar a dudas. Y encima se resuelve de forma trágica por lo que es ineludible.

En la segunda mitad se entretiene con el desagradable cura, deseoso por recibir las miradas de la gente cuando le piden un milagro a San Genaro en una escena que nos hace pensar en la iglesia de “Las noches de Cabiria (1957)”. Creo que lo peor de este juego sexual es que parece que Parthenope nunca actúa por deseo propio. Parece que los hombres se rinden a sus pies y que ella es casi una deidad que arbitrariamente decide a quién le concede su favor y a quién no. Un retrato totalmente despersonalizador. El escalabre total de la película llegará cuando aparezca el bebé amorfo. Aquí podemos ponernos a enumerar una ristra de monstruos con los que A24 acostumbra a cerrar sus películas.

El problema no solo es que la película se vaya de madre. Es que además las frases están todas escritas de una manera muy cargante. Se dice alguna vez que a Parthenope le gusta mucho tener siempre la respuesta precisa; como en las películas antiguas. Y es cierto que muchos diálogos parecen sacados de películas de los años 50. Lo entiendo como decisión estilística y me parece bien. Pero si la historia me la estás contando a través de ellos y no tiene un fuste propio, se me desmonta todo. Casi peor que el bebé me parece la despedida de ese novio de juventud. Es una despedida que se toma en serio a sí misma. Se da mucha importancia sin que todo sea lo suficientemente rimbombante como para poder verla con ojos irónicos.

Me gusta mucho la secuencia de la mafia. Es cierto que no soporto mucho el arranque porque nace de una conversación con un desconocido, al que ningún humano le dedicaría la más mínima atención. Es todo muy artificial. Pero cuando llegamos vemos unos bajos fondos con una serie de estampas que me encanta. Un paseo por esas calles sin apenas diálogos. Viendo las condiciones de vida de esas familias… Eso me gusta mucho. Me gusta incluso la sordidez con la que se graba la violación consentida necesaria para que dos familias de la mafia napolitana se unan. Hay un contacto visual entre las dos mujeres que, en cualquier otra película que tuviera una mirada menos masculina, resultaría reivindicativa; un canto a la sororidad. Tiene el mismo tono que ese roce de dedos en “Nunca, casi nunca, a veces, siempre (2020)”.

Musicalmente tampoco creo que esté particularmente acertada. Se usan mucho unas trompetas de notas sostenidas que parecen querer darle un ambiente etéreo a unas escenas cuyos textos no las permiten volar de ninguna de las maneras. Sí me gusta cuando suena ida de madre la canción italiana mientras Parthenope se enreda con su hermano y su amante. Pero cuando vuelva a aparecer esta canción casi al final de la película la banda sonora hace un fundido que parece salido del peor telefilme.


viernes, 3 de enero de 2025

TARDES DE SOLEDAD

Dir.: Albert Serra
2024
125 min.

La actividad del torero queda retratada con cierta rutina. Las escenas dentro de la furgoneta que le trasladan entre la plaza y el hotel podrían ser la clase de momentos que muestren lo anodino de un oficio. Sin embargo son escenas con verdadera tensión. Podemos notar que, por lo menos en la cabeza de Andrés Roca Rey, hay una actividad importante. Por el contrario en la plaza, quizás por tener las corridas con poca diferencia de tiempo, porque los planos son limitados, porque los elementos que aparecen en cuadro se reducen al toro y al torero; el hecho es que le vemos repetir los mismos movimientos. Los alardes de valentía y virilidad son siempre reconocibles.

Escuchamos continuamente las mismas voces. Cómo a cada pase el torero repite: toro. Cómo la cuadrilla insulta y llama de todo al animal. Hay un momento dado en el que dos toreros están mareando al animal; colocándolo al gusto del señorito para que pueda matarlo. La cámara no nos muestra aquí sus rostros. Lo que sí oímos, sin embargo, son los ruidos rudos y animales que los dos toreros emiten para llamar su atención. El cuestionamiento moral de la película evidente es el de la tortura animal, es claro. Sin embargo hay algunos momentos en los que el retrato que recibe esta gente es casi el de un señorito del mundo de la alta cultura, que ha bajado a la arena a extraer todo lo estético que le interesa.

Lo cual agradezco. Aparece muy poco, pero hay algún plano en el que se cuela el público. Toda la solemnidad que la película haya podido generar lo cierto es que se diluye al ver a esas personas. Lo más desagradable de ver sin duda es la muerte del toro, pero lo que tiene de espectáculo de masas tampoco es que deje a uno con una sensación placentera.

Los planos de la muerte del toro son crudos, sí. Pero es que además no llegan a mostrar una sublimación de esa imagen. El torero cuando entra a matar tiene unos ojos blancos, pero que en cualquier ficción estarían inyectados en sangre. Son ojos asesinos, su boca es salvaje. Es un personaje totalmente terrorífico. Ello además se ve favorecido por la fotografía rojísima que tan bellamente le sienta al amarillo de la arena. El resultado de este espadazo ni siquiera es una muerte rotunda. El animal, que lleva varios minutos con la lengua fuera, aún da unos pasos hasta que cae al suelo. Los ojos, la manera en la que las patas siguen rígidas… Todo ello es muy desagradable de ver. Ni siquiera cuando le dan la puntilla tenemos una imagen que podamos ver con poesía: es un sufrimiento que parece no tener fin. Este horror tiene como conclusión un trato de total desprecio hacia el animal que yace en la arena; sin que su cuerpo se haya relajado por completo. Unos caballos entran a la plaza y, como un procedimiento industrial, sacan al animal arrastrándolo por la plaza. Es una imagen desoladora.

Ver estas imágenes tan despiadadas de alguna manera nos anestesian. Así para cuando vemos otras estampas cruentas como el flujo de sangre cayendo por el lomo del más claro de los toros podemos apreciar la potencia estética de ese plano macabro.

Cuando en el cuadro no se cuela nada que esté fuera de la arena se genera un efecto bastante abstracto. El plano final en el que la música se vuelve etérea y Roca Rey cruza la plaza entera casi parece uno de los planos finales de “Solaris (1972)”. Casi lamento que llegue a verse la puerta por la que abandona el ruedo. Que oigamos al público aplaudir, silbar o gritar puede acompañar a las imágenes que vemos. Aunque tengan el mismo efecto que las risas enlatadas, sirven para marcar un ritmo a lo que vemos. Lo que resulta muy disruptivo es lo terrenal de los pasodobles. Toda la tensión que se está generando en la escena pareciera que la rompe alguien porque percibe que el público pudiera estar aburriéndose.

Supongo que la imagen que más ensalza la hombría del torero es aquella en la que queda de frente, entre los dos cuernos del animal. Al tener la sucesión de corridas no podemos obviar que los pasos cortos que realiza para llegar a esta posición son siempre los mismos. No quiero decir que para él sea una acción trivial y que se limite a efectuarla como un profesional. Creo que la actitud del torero es siempre de gran entrega y de mucho peso escénico. Pero como espectador seguro que le resta algo de heroísmo.

Si algo se repite es el peloteo de su cuadrilla. Entiendo que por un lado tendrán justificación técnica, en el sentido de que ese hombre necesitará una confianza ciega para reunir el valor de hacer lo que hace. Creo que sin embargo hay un elogio genuino. Hay una especie de veneración a la persona. Mientras que Roca Rey tiene un gran porte, una mirada atractiva y todo él es bello, el resto de miembros parecen sacados de una viñeta de Pedro Vera. Insisto en que creo que este es el motivo principal para que estemos oyendo todo el rato Ole tus huevos y demás adulaciones. Pero tampoco se nos puede escapar que son sus empleados. En el mundo del toreo hay algún tufo rancio de respeto a las jerarquías.

En el cine de Serra son habituales los planos que de repente dedican algunos minutos a mirar a un actor que no es el protagonista de la escena. Son típicas sus miradas perdidas. Sin sabe muy bien si estamos viendo a un personaje mostrar indiferencia hacia la acción principal, o si el actor no se sabe enfocado y, por tanto, puede relajarse. Ha sido muy sorprendente reconocer ese mismo tropo en los miembros de la cuadrilla. Tras informarle de que la plaza le está midiendo, dos banderilleros se quedan cerca del burladero, la cámara no sigue a Roca Rey mientras camina al encuentro del toro. Estos dos individuos miran con interés pero relajados. Se puede discutir si esta imagen puede tener algún mérito, pero desde luego no es nada común en una película.

En el toreo hay una especie de igualdad fingida entre víctima y verdugo. Obviamente no para todos es un deseo, pero que exista la posibilidad de una cogida fatal es lo que hace a ese espectáculo único. Sabiendo que es un documental y sabiendo que Roca Rey no ha salido en las esquelas del periódico no podemos esperar grandes sorpresas de la película.

Hay una escena que es una maravilla: aquella en la que se viste. Se puede ver y oír una tensión en las telas que me recordaban a las de Antonio Gades en “Bodas de sangre (1981)”. Cómo levantan a ese tío del suelo un palmo sólo para que entre en sus pantalones, cómo se debe usar una aguja para abrochar un recóndito botón. Esa elegancia tan histriónica del traje de luces se contrasta con unos blancos, unos ámbares y unos dorados terribles del Hotel Ritz de Madrid.