domingo, 13 de octubre de 2024

LA SUSTANCIA

Dir.: Coralie Fargeat
2024
140 min.

Digámoslo desde el principio: lynchiana. No en el sentido onírico habitual. El tema del doppelganger con mujeres en un mundo de fama, brillos, luces cámaras y palmeras remite inevitablemente a “Mulholland Drive (2001)”. Teniendo a Lynch como referente es difícil ver el monstruo deforme final, con esa boca torcida y esa cabeza abultada sin pensar en “El hombre elefante (1980)”. Aquel personaje nos generaba una compasión infinita. El ser que aquí vemos, a pesar de pecar de vanidad, no deja de percibirse como algo sintiente y, por tanto, doliente. Que reciba ese escarnio, no solo del público que le llama monstruo, sino también y principalmente, de la película resulta incómodo. No se puede perpetrar ese derroche de sangre y vísceras sin una mirada enormemente sádica a lo Ari Aster o Lanthimos.

El desnudo en esta película es una apuesta muy radical. Se permite mostrar dos cuerpos de un atractivo deslumbrante en escenas totalmente desagradables. Antes de que veamos a Demi Moore degradarse hemos podido ver su cuerpo llamativo ante una cámara que mira despacio, explícitamente. Mostrando cómo los detalles que ella considera que la afean no desmerecen ese cuerpo cuidado por cirujanos. En ese baño tan iluminado es difícil realzar las marcas en su piel. Será mucho más sencillo lograrlo en los pasillos oscuros y llenos de sombras.

Por narrativa cuando veamos el cuerpo de Margaret Qualley el deslumbramiento será total. Se muestran unos pechos esplendorosos, unos labios y dentadura perfectos, un culo de forma cincelada (ciertamente se perciben las poses forzadas de la actriz para realzar esta parte de su cuerpo). Es decir: antes de que nos adentremos en escenas sórdidas se nos convence de que estamos ante un cuerpo de diosa. Hay algo un poco tramposo aquí porque de alguna manera se nos trata de convencer de que recorremos su cuerpo entero. Sin embargo se evita mostrar lo que pueda llegar a evocar tejido cavernoso. Es decir: nunca se mostrarán explícitamente los genitales. Por la postura de una mujer de pie podría pasar relativamente desapercibido este truco, pero donde resulta bastante evidente es cuando ella se está retorciendo de dolor en el suelo. La cámara se pone a su altura, el punto de vista se arrastra. Sin embargo cámara y actriz tendrán mucho cuidado de colocarse para que nunca se llegue a ver su entrepierna.

Es valiente también que cuando el monstruo se presenta ante el público, haya mujeres hermosas a su alrededor con potencial erótico, mostrando los pechos. Sin embargo cuando la película se vuelve enormemente desagradable, con ese despertar casi de crustáceo, ahí se evita la desnudez. Siempre que ambos cuerpos se han intercambiado, estaban desnudas. Cuando la película busca escandalizar la apuesta se vuelca enteramente en lo gore, la sangre y la sordidez. Un desmadre así nos puede remitir a “Sangre en los labios (2024)”. Evidentemente los estándares de belleza que se manejaban en aquella están en las antípodas de esta. Pero es que la monstruosidad de aquella giganta buscaba aumentar su gloria. Aquí la arbitrariedad persigue ahondar en su degeneración.

La degeneración de Demi Moore al inicio es muy desagradable más que por la deformidad corporal, por la forma en la que debe arrastrarse. Una vez que se nos ha convencido de que ha perdido el cuerpo funcional, cuando la narrativa lo necesita, se podrá mover con ademanes de criaturilla, pero con una muestra de fuerza del todo inesperada para alguien de esa edad. He de decir que yo me alegro. Es decir: se plantea esa corporalidad para mostrar lo degradada que está y después pasa a convertirse casi en un abuelito entrañable. En el momento que la vemos calva y vestida, en vez de parecer una mujer totalmente demacrada, parece casi un hombre anciano casi diríamos hasta de buen ver.

No deja de ser interesante que la persona que busca una versión mejorada de sí misma realmente lo único que puede odiar de sí misma sea la edad. Ella sigue siendo bella. A la vez gracias y a pesar de las operaciones estéticas. Hay un componente edadista evidente en esta decisión. De hecho cuando la matriz se empieza a corromper a lo “El retrato de Dorian Gray” realmente lo que le ocurre, por lo menos al inicio, es que envejece.

Desde el primer momento que se explica la dinámica del juego ya nos vemos venir que se van a romper las reglas. Esto por un lado me da pereza, pero también agradezco que se haga rápidamente para entrar en el conflicto. En este juego de Doctor Jekyll y Mr. Hyde es un poco inverosímil que la joven, por muy encantada de sí misma que esté, desprecie a quien le permite mantenerse con vida.

La adicción que adquiere la chica joven por las agujas, la podredumbre y purulencia que aparece en la espalda de la matriz no puede sino recordarnos al brazo que veíamos en “Requiem por un sueño (2000)”. Película que ya habíamos evocado cuando vimos a la señora mayor, que espera 7 días para tener su dosis de juventud, pasarlos sentada delante del sofá. Esto nos resulta lamentable porque desperdicia su vida. Se ve expulsada de la vida pública. Su fama la henchía de orgullo. Al arrebatarle esto vemos que su vida es totalmente vacía. A la chica joven esto le escandaliza por los mismos motivos que le escandaliza todo: por vanidad. Se plantea la idea, que nunca se confirma, que el dejarse ir de la sexagenaria tendrá repercusiones en el físico de la joven. Esto tan solo ocurre en un desagradable sueño de la joven, pero, hasta donde sabemos, no es cierto. Entiendo que la chica joven puede sufrir los remordimientos de la mayor, pero por la información que recibimos, no debería tener mayores consecuencias. No puedo evitar sorprenderme de que una mujer estadounidense considere particularmente insana la cocina francesa.

En cuestión de género la película tiene una mirada misándrica. El personaje del productor es repulsivo. Esa forma de comer gambas es grotesca. No se trata solo de que la película sea explícita: es que la mirada de la cámara es muy directa. Mismamente la forma de morder el cigarro, cómo se consume el tabaco a lo “Carretera perdida (1997)” con el sonido muy intensificado, incluso cuando por fin lo apaga contra el cenicero de cristal. No es que cada una de estas acciones sea desagradable: es que la cámara lo mira directamente, con total claridad. Aunque no hay hombres estrictamente positivos, la relación de Sue con ellos será de objeto deseado. Ella está espectacular con su traje de cuero negro, se siente atractiva ante el motero que sube a su casa. Pero incluso ante el repulsivo vecino de enfrente ella disfruta su cara de atontado. Diría que el único momento en el que ella muestra algún tipo de reparo a un par de ojos masculinos que la devoren será cuando esté perdiendo los dientes y tema por su vida.

Es mirada imperturbable de la cámara la tenemos también en la escena en la que Sue cose la espalda de la matriz. No es algo particularmente desagradable. Antes de esta operación hemos visto agujas mucho más grandes. Lo que resulta desafiante es la claridad diáfana con la que se ve. El plano se alarga, se muestra cómo la carne se abulta al albergar la aguja. Eso se puede ver muy claramente en las primeras películas de Cronenberg como “Vinieron de dentro de… (1975)”. Ahí es claro que no hay cuerpos abiertos, que nada está bajo la piel. Según va perfeccionándose técnicamente y vemos más aberraciones se consiguen efectos más parecidos a los de esta película o “Titane (2021)”.

Hay un guiño a “El resplandor (1980)”, en la moqueta del estudio de grabación, que tiene algo de arbitraria. Tampoco es el único caso. Las luces y las llamas cuando se produce la activación son discordantes con la estética del resto de la película sin que obedezcan a nada.

Me gusta sin embargo cómo se permite crear ese espacio etéreo tras la pared del baño. Un rincón oscuro que me remite al lugar lleno de negrura que aparecía en “Under the skin (2013)”. Me gusta también cómo se permite deformar la ducha cuando la mujer mayor está asimilando su desgracia. Ahí la cámara asciende y asciende mostrando cuatro paredes de azulejo prescindiendo de la mampara de cristal para formar un profundo pozo.


viernes, 11 de octubre de 2024

EL FERROVIARIO

Dir.: Pietro Germi
1956
118 min.

No es la tónica general, pero hay algunos planos en los que el escenario queda en penumbra y los elementos iluminados hacen un juego de claroscuros muy impactante.

Me gustan mucho los primeros momentos de la película en los que vemos cómo se prepara el atropello que desencadenará la decadencia del protagonista. El tren avanza a gran velocidad. El montaje es rápido. El cigarro del maquinista echa humo. Es frenético. Es un poco llamativo que el atropello se mantenga como punto de partida de la trama, cuando realmente la muerte de su nieto es el punto donde arranca la película. Además, dado que se termina en un día de Navidad, un año justo después de que desatienda el parto de su hija, tendría sentido que fuera este el punto sobre el que pivota todo.

Quizás lo que más chirría es la redención. Creo que la única excusa que tiene es el espíritu navideño. Como que todos los conocidos de este hombre conmovidos por el calendario decidan hacer las paces con él el mismo día. Lo cierto es que, salvo la humildad de ir a visitarles al bar de la cooperativa no hace nada para reconstruir su vida. Él no pide perdón a nadie, no hace el esfuerzo por hablar con sus hijos…

Nada permitía presagiarlo, pero el niño no me ha caído mal. Creo que la voz en off con la que narra algunos fragmentos de la historia le aportan una cierta madurez que me hace simpatizar con él. Quizás en los momentos en los que las desgracias se acumulan, se tira de su visión inocente para apelar al tópico de que los mayores se meten en conflictos que los niños no entienden. En este caso se sostiene muy poco. Están muy claras las irresponsabilidades del padre, sus pretensiones de controlar todo lo que sucede en la familia.

A pesar de todo, el padre me ha caído muy simpático.


viernes, 4 de octubre de 2024

MEGALÓPOLIS

Dir.: Francis Ford Coppola
2024
138 min.

Es agotadora. Es un cúmulo de cosas. Eso da una sensación deslavazada. Pero además de eso tiene una estética muy fuerte estéticamente: unos colores dorados muy cansados y, quizás lo más fatigoso, el frenético montaje. Los cortes dentro de las escenas son rápidos, pero además hay escenas que se despachan con una duración arbitraria. Incluso en algún momento se rompe el eje de la cámara.

No hay un esfuerzo por hacer que las escenas por ordenador luzcan realistas. Hay una subida por un ascensor en la fachada de un edificio con un croma lamentable y con una iluminación terrorífica. Hay muchas escenas con luz de contra. Una iluminación que recuerda a la que tenían en “Barbie (2023)”. Ocurre que la película no es tan irreal como “Sin City (2005)”. No tiene esos filtros que amalgamen imagen real y por ordenador.

El paralelismo entre la Roma imperial y Estados Unidos es imposible de aceptar. Por ejemplo el discurso de la decadencia moral aparte de sonar manido, no parece que pronostique ninguna caída de ninguna época cuando el desenfreno que aquí se muestra remite a las orgías del Hollywood de hace más de un siglo que retrata “Babylon (2022)”. Establecer el vínculo entra ambas películas es muy inmediato aunque solo sea por los mismos colores dorados. Un poco en la misma línea de querer hacer películas epatantes podemos señalar las recientes entregas de Mad Max, especialmente “Mad Max: Furia en la carretera (2015)”.

El personaje de Adam Driver como utopista tecnológico nos puede recordar a Elon Musk. Su megalomanía es ciertamente difícil de percibir. Más que alguien con un proyecto gigantesco, parece una especie de mago. Alguien que ha accedido a una tecnología infinitamente superior. Esta idea está planteada con mucha inconcreción. Ha creado algo que para el tiempo, pero que controla el espacio… No hay Dios que lo entienda. Por ello digo que no parece tanto alguien que luche por conseguir sus objetivos. Nunca tenemos esa sensación de “Fitzcarraldo (1982)”.

En aquella película se enfrentaba violentamente la burla de alguien con grandes pulsiones de grandeza contra el hecho de que la producción cinematográfica de Herzog tenía que llevar a cabo los delirios de su protagonista para que se pudiera recrear ante la cámara. Pero esta película tiene tanto croma, es todo tan falso. Lo percibimos todo tan de plató, que esa grandeza no termina de epatar. Me refiero a la producción, porque la obra en sí misma sí tiene esta vocación de ir embalada y sin frenos. Una aceptación de cualquier idea o recurso que a Coppola se le haya ocurrido. Imagen partida, entiendo que con intención de ser proyectada en tres pantallas al estilo de Abel Gance en “Napoleón (1927)”. Pero, insisto, utilizada con una arbitrariedad pasmosa.

Del mismo modo que la famosa escena de Adam Driver hablando con una persona que se dirige a la pantalla. Obviamente en el pase al que yo asistí no hubo nadie leyendo ese texto. Pero si ese actor debe decir las palabras a las cuales contesta Adam Driver, es una propuesta formal radical al servicio de la nada más absoluta. El cuadro, sin sentido, se vuelve pequeño. Quizás solo sea para que podamos reconocer más fácilmente que algo raro está pasando ahí. La escena que tanto boato arrastra es ¡una rueda de prensa! Este es el hecho extraordinario para el que Coppola ha necesitado reinventar el lenguaje audiovisual.

Hay una ligera sensación de “Fellini, ocho y medio”. Se ha hecho traer un poco de todo. Una estética que puede recordar a “El gran Gatsby”, pero un futurismo que no nos deja nunca reconocer cuán lejano pretende ser. Por supuesto que vengan los romanos. No sólo la parte cortesana en la que hay traiciones, seducciones y asesinatos. Que vengan los romanos con sus carreras de cuádrigas. Antes he mencionado que la película tiene aspecto de plató. Las carreras de caballos son reales, pero hay algo tan artificial en lo que vemos que a pesar de percibir el gasto en la producción, ello no se traduce en las grandísimas imágenes de “Ben-Hur (1959)”.

En esta parte del circo será donde ocurran las locuras que más me interesan. Hay un elemento extrañísimo: unos payasos saltimbanquis. Es un delirio absoluto. Asistimos a este grupo de personas nosotros, pero bien pudiera ser que no fueran diegéticos. Nadie interactúa con ellos, no se recoge nunca este elemento que acontece sobre un croma obsceno. La película en este segmento no se decide a representar un circo: se decide a coinvertirse en uno. Es que toda esta locura desenfrenada después no tendrá elementos estéticos con que rimar cuando la acción se traslade a la calle, al mundo real.

Puede que el paralelismo se me haya ocurrido solo por el protagonista. Pero he pensado en “Annette (2021)”. Hay un gusto por explicitar la narración. Su chófer de repente es una voz en off... También hay una asunción de su propia espectacularidad cuando Adan Driver empieza a drogarse. Se abraza la pantomima. Desata un histrionismo que me resulta muy divertido de ver. Parece que Coppola quería reproducir lo que vio en “Doctor Extraño (2016)” o, con mejor reputación “Todo a la vez en todas partes (2022)”. Aquí el montaje endiablado sí está al servicio de la situación. Nunca será algo pesadillesco como “Climax (2018)”. Por no abandonar a Leos Carax, podemos señalar su despliegue de elementos deslabazados en “Holy Motors (2012)”. Pero aquella película no trataba de contarnos una trama tan intermitente como los enredos palaciegos de esta. Pero por ejemplo me ha gustado cómo se decide que las estatuas que representan los grandes mitos de la antigüedad de esa civilización cobren vida. Con unos efectos correctos, pero sin que sean apabullantes, se muestran agotados.

Ese diálogo con el pasado es una constante. El protagonista obsesionado con alguien de su pasado cuando tiene todas sus esperanzas puestas en el futuro no es una idea particularmente original y tampoco se la explota muy bien. Él tiene visiones del pasado de su exmujer. Digamos que es una relación con el pasado como la que podrían tener los protagonistas de “Interstellar (2014)” u “Origen (2010)”. Se remata con una especie de canto de esperanza en los niños nuevos que nacen. Este es el final de la película y es un momento muy torpe. No hay nada interesante en ese discurso y la imagen de todos los protagonistas en picado sobre un suelo transparente es feísima. Entiendo que se abandone la película con la sensación de que se ha asistido a un despropósito.

Mencionemos algún elemento más que me ha gustado. Cuando caen unas bombas, creo que procedentes de un satélite soviético, se proyecta sobre los edificios las sombras de los ciudadanos aterrorizados. Unas sombras gigantes e imposibles.

También me ha gustado una mención en un titular de periódico a Hitchcock. Bastante cogido con pinzas. En un momento en el que un personaje resulta que recopila recortes de prensa oportunamente para que se facilite la narración. Aquí de nuevo el problema: ¿qué clase de futuro es este en el que la gente aún compra periódicos? A Hitchcock lo volveremos a recordar cuando una figura femenina aparezca como cabeza giratoria, remitiendo a “Vértigo (1958)” o, por buscar un referente femenino, “Carretera perdida (1997)”.


viernes, 27 de septiembre de 2024

EL LUGAR SIN LÍMITES

Dir.: Arturo Ripstein
1978
110 min.

Aunque se le reconoce una potente estética a la travesti Manuela, su personaje es bastante simple en su relación con los hombres. Se deja arrastrar por la atracción que le produce Pancho. Es un ser bastante mequetrefe, infiel, incapaz de pagar sus deudas. Aún así a Manuela le gusta porque hace tiempo abusó de ella. Esa violencia es la que le interesa y la que le impide alejarse de este hombre. El baile con el que finalmente le seduce es muy entretenido de ver. No diré que sea excelso, pero dado la desnudez que todas las escenas, se le permite brillar mucho. Casi nunca vemos en pantalla algo que llame poderosamente la atención. Los dos grandes momentos son aquellos en los que baila Manuela.

Cuando suena “La leyenda del beso” me gusta mucho el poderío que ella tiene. La cámara la registra desde abajo. Un ángulo muy distinto al que se adoptaba cuando ella baila el día de la elección de Don Alejo. Ella se come la escena hasta tal punto que nos olvidamos del bobo que babea por ella sentado en una silla. Es difícil dejarse llevar por la estética de su baile cuando nos acordamos de que segundos antes Manuela ha presenciado cómo Pancho trataba de abusar de su hija, la Japonesita. Manuela seduce a Pancho, pero no lo hace con intenciones ocultas vengativas, es una seducción genuina. Supongo que simplemente es algo achacable a la antigüedad de la película. De hecho la actitud de la Japonesita también nos llama mucho la atención.

Es curiosa la relación que ese pueblo tiene con Manuela. Por algún motivo el cacique Alejo siente simpatía hacia ella. Hasta bromea con ella acerca de si se acostaría con él o no. Él asegura que no le gustan los hombres, pero le regala a la matrona del burdel la casa a cambio de que ella se acueste con Manuela. Espectáculo que él se dedica a vigilar a escondidas. Es curioso en esta escena que cuando Manuela termina su relación sexual ejerciendo de parte activa, de repente muestra una actitud masculina que no veremos en ningún otro momento de la película.

Es curiosa la sorpresa que se lleva el cuñado de Pancho cuando éste se deja besar por Manuela. Es evidente que Pancho está loco por ella. No sé por qué el otro tipo considera todo perfectamente aceptable hasta que se consuma lo inevitable.

Con respecto al resto de la película es algo lenta… Entiendo que algo de esto deberá ser buscado ya que toda la trama es la espera de las mujeres del prostíbulo a que esa noche llegue Pancho. Casi siempre lo único que me entretiene es el elegante amaneramiento de Manuela.

A Alejo también me gusta verle en pantalla. Me gusta cómo apenas se asoma entre su sombrero y su bigote. Una lástima que tanta parte del tiempo esté resolviendo su problema de las deudas con Pancho, una trama que me suscita tan poco interés.


viernes, 20 de septiembre de 2024

MONSTRUO

Dir.: Hirokazu Koreeda
2023
126 min.

Comienza insinuando cosas muy oscuras. Curiosamente al final, cuando la historia se vuelve totalmente trágica, la escena es luminosa y bucólica. Sabemos lo tétricos que son los japoneses en ocasiones y no me extrañaba nada que todas las locuras de Minato acabaran por confirmarse; sobre todo al acordarme de “Confessions (2010)”.

De alguna manera la parte oscura del personaje más ingenuo y cándido es la que permite una empatía. A Yori, el niño más pequeño de la clase le maltratan y siempre tiene un mundo interior en el que evadirse. En general me da mucha rabia verle. Es precisamente su piromanía y la extrema violencia doméstica que sufre lo que me permite no despreciarlo. Como un aura misteriosa que me permite comprender que Minato lo encuentre atractivo.

Hay alguna ocasión en la que me da mucha pereza volver a ver la misma historia en este juego a lo “Rashomon”. Pero no dura mucho. En general es muy interesante porque apenas se aporta información nueva. Quizás el detalle fundamental que cambia realmente nuestra percepción de lo que ocurrió fuera el golpe que el profesor da sin querer a Minato. El resto de cosas que se nos explican tiene que ver con la intencionalidad de los personajes; con entender su situación. 

La interpretación de todo el mundo en las entrevistas de Saori con el equipo directivo del colegio es muy interesante. Me gusta mucho cómo se acusa a la fría directora de ser inhumana y su respuesta la tiene que leer en unas notas que le han escrito para la ocasión. Me gusta mucho cómo la madre se enfrenta a un muro inquebrantable de personas que no parecen entender su preocupación, algo casi kafkiano.

La contraparte la vemos en la sala de profesores, con ajetreo, gente pensando en cómo salir de esa… La incomunicación es un tema muy interesante en este punto. Cómo lo que haya ocurrido no importa, sólo se busca no alarmar más a la madre. Igualmente aunque sus compañeros creen que el profesor es inocente, le repiten que no sonría porque parece inquietante. En esta parte la historia me recuerda un poco a “La caza (2012)”. Como tal, no me interesa demasiado.

Me gusta que los cambios de perspectiva que explican cosas que antes sólo se habían insinuado no se presentan como una gran revelación. Más bien como guiños a secuencias anteriores. Por ejemplo, la directora se ocupa de que la madre pueda ver la foto de sus nietos para que así ella parezca más humana con los niños. Esto después sabremos que tiene que ver con un accidente mortal que ella tuvo con el coche. Y también veremos que la madre tira sin querer esta foto al suelo. Pero nunca son piezas encajando como si fuera Nolan.

En este juego lo que más me gusta es la escena en la que el profesor sube descalzo al tejado de la escuela. Mirando al infinito se escuchan unos sonidos abstractos. En la siguiente iteración de la historia veremos a Minato y la directora soplando los secretos que les corroen en un trombón y una trompa. Me resulta mucho más evocadora la primera vez que la segunda, con explicación factual. Pero alabo que el punto de vista no se vuelva de nuevo al profesor para romper la magia de la escena que ya habíamos visto.

El título de la película nos mantiene siempre alerta acerca de quién será ese ser tan malo. Tiene la ambigüedad en la que monstruoso es todo aquel que la sociedad censura. Pero realmente creo que hay un ser al que nunca se concede nada de bondad: el padre de Yori. Pega a su hijo, lo insulta, es controlador y frecuenta locales de alterne.


viernes, 13 de septiembre de 2024

LA CASA LOBO

Dir.: Joaquín Cociña
2018
75 min.

La premisa es sugerente, sobre todo por el juego meta de convertir a los productores de la película en los restauradores de un ficticio metraje. Pero la técnica de la película es arrolladora. Se percibe una gran cantidad de trabajo y después un gran cuidado en el montaje. Hay un cuidado muy llamativo para los imperceptibles efectos que se consiguen. Por ejemplo a medida que las velas se consumen, crecen. No se sustituyen de un fotograma a otro, sino que, de la misma manera que se anima de manera natural su disminución de tamaño, su recuperación también está animada. Sólo que este proceso de regeneración entiendo que lleva infinitamente más trabajo.

La propia técnica adquiere protagonismo con el diseño de sonido. A veces escuchamos el papel del que están hechos los personajes. En otra ocasión en la que la diégesis es silenciosa, tan sólo se escucha ruido ambiente, escuchamos por encima un sonido líquido. Este sonido pretende acompañar a la pintura que se mueve por las paredes. En otra ocasión la cámara avanza a medida que aparece un camino de velas. Cada vez que aparece una de estas velas (y son muchas) un pequeño sonido la acompaña.

El hecho de que los seres animados estén hechos de papel maché los convierte en delicados: los muñecos se rompen. Podemos ver cómo su propia carne se regenera. La carne colabora entonces a generar la sordidez de la película. De nuevo no se trata simplemente de disimular los defectos de la técnica. Las roturas de los muñecos no se arreglan de un fotograma al siguiente, esta regeneración también está animada.

Cuando la animación se trata de pintura, no de stop motion, recuerda en cierto sentido a “Loving Vincent (2017)”. Aquella era mucho más pulcra en el estilo. Pero igualmente tenía un rasgo muy único de esta técnica: lo que está dibujado deja rastro al moverse. En esta ocasión además podemos percibir cómo pintar las paredes del estudio deja un reguero de churretones de pintura por el suelo. Cómo los ojos dejan caer gotas de pintura que colaboran en un aspecto tétrico. Quizás el momento en el que la pintura revela del todo su virtuosismo es aquel en el que la estancia está a oscuras: toda está pintada de negro menos un círculo que se desplaza emulando el haz de luz de una linterna. Esto es una maravilla porque este área iluminada va y viene. Es decir, la misma región del escenario se pinta de negro y de vuelta al color varias veces.

El trabajo con el papel maché nos deja la constatación de que las figuras se sujetan con celo mostrándolo sin pudor. La vibración de todo le da una vivacidad que nos hace pensar en los elogios que recibió la animación de “King Kong (1933)”. Me gusta que percibimos cómo el suelo ha sido pisado y recolocado. Esta técnica se permite las libertades de perder por completo las proporciones, hasta llegar a una imagen bastante poderosa en la que el personaje pierde su cuerpo y se convierte una cabeza, como tirada en el escenario. Algunas manos circunstanciales completan su corporeidad.

La voz narradora es extraña. La mayor parte de las veces no me interesa demasiado. Se repiten algunas frases con voz tenue, a veces a esta vos amable la dobla por encima alguna más inquietante. Entiendo el desasosiego que trata de transmitir la conjunción del acento alemán, chileno y los textos propios de las fábulas, pero creo que no llega a conseguir cosas interesantes.


viernes, 6 de septiembre de 2024

PRIMOS

Dir.: Daniel Sánchez Arévalo
2011
97 min.

Naíf, es cierto. Pero con unos diálogos muy bien escritos. La mayoría de personajes muy bien interpretados. Un guión con el típico punto de inflexión vital al reencontrarse con los recuerdos de cuando eran jóvenes. Pero se evitan los conflictos. No hay nada problematizado. Si el tipo aparece después de años sin dar señales de vida ella accede sin problema a retomar una relación carnal. Todo fluye. Ellos no tienen planes ingenuos que por su propia torpeza queden desbaratados.

Los tres primos parecen nacidos para esos papeles. Cuando vemos a Adrián Lastra, el tuerto con traumas de la Guerra de Irak no podemos evitar acordarnos de la persona drogadísima en “Un funeral de muerte (2007)”. Aunque solo sea por ese correr maníaco vestido con una chaqueta de frac. Pero lo cierto es que tanto la construcción del personaje como la interpretación son una maravilla. No nos reímos de él por estar desequilibrado. Es una persona que lo está pasando mal y este sufrimiento no es el motivo de burla. Sí hay escarnio hacia las frases que dice, pero creo que se le trata con mucho cariño. Me resulta muy emocionante cuando ese personaje apocado se ve en un video de hace diez años en el que se mueve con total desparpajo en un escenario en las fiestas del pueblo (—¡Pareces otro! —Es que era otro.)

Me gustan mucho también las frases cortadas y los derrumbes instantáneos de Quim Gutierrez. Creo que es un rasgo del personaje que no está exagerado, que no se abuse de ello, interpretado soberbiamente. Cómico pero sin que sea una tontería. Sí: el punto de presentación del personaje da un poco de rabia porque por culpa de su inmadurez hace que toda su familia, invitada a su truncada boda, tenga que tragarse un discurso quejicoso. Pero no es la tónica general de este personaje. Es responsable dentro de su indecisión.

La pareja que hacen Antonio de la Torre y Clara Lago es quizás lo que peor funciona de la película. Es una situación que me parece recrudecida artificialmente. Aparte de eso quizás sean los actores donde se percibe mayor diferencia a nivel interpretativo. No sé exactamente por qué, pero el alcohólico me funciona cada vez menos conforme avanza la película. El rasgo suyo de responder correcto cada vez me lo creo menos. Me parece que si bien cuando le vemos tirarse por primera vez al mar es muy cómico (—¿Dónde vives? —En el mar.), cada vez se usa este recurso de manera más gratuita. Casi como si se confiara en su repetición para hacer todo el trabajo.

Adherido a estos personajes está Raúl Arévalo. Quizás sea de los pocos personajes que puede caernos mal. De los primos, es el único que tiene intenciones dudosas. Claro, no puede nunca ser el blanco de los juicios morales de los espectadores porque está la terribilísimamente malvada Toña, quien tortura psicológicamente a su paciente. En cualquier caso aunque Raúl Arévalo nos resulte simpático durante casi toda la película la escena en el prostíbulo se convierte en alguien extremadamente casposo.

Inma Cuesta es una gozada verla en la pantalla. Está siempre guapísima. Se la ilumina para que así la veamos. Es un personaje de infinito cariño. Su rostro siempre recibe luces cálidas, luz blanda. Insisto, realiza muchas acciones gracias a que no se problematiza nada de lo que ocurre. Pero es de una finura la frase con la que se despide de su pretendiente: Las cosas que dije que no sentía no las sentía de verdad porque no me ha dado tiempo a sentirlas.